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Cuando no tienes otra opción más que huir

María siempre tuvo vergüenza de contar la relación que tuvo cuando era niña. A pesar de haber ido a varias terapias, mintió siempre sobre este tema. “Siempre que llegaba a hablar de esto, decía que solo eran besos". Pero sabía que no estaba diciendo la verdad.

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María siempre tuvo vergüenza de contar la relación que tuvo cuando era niña. A pesar de haber ido a varias terapias, mintió siempre sobre este tema. “Siempre que llegaba a hablar de esto, decía que solo eran besos”. Pero sabía que no estaba diciendo la verdad.

María tuvo una relación lésbica con su hermana mayor. “Me daba terror aceptar que mi hermana y yo solíamos masturbarnos una a la otra”.

María recuerda que un día su mamá las descubrió. Ella tenía 10 u 11 años. “Ingresó al cuarto y nos vio besándonos”, me cuenta con aún rastros de vergüenza. Vergüenza de quien no supo alzar la voz en su momento.

Su madre las cogió del brazo y las llevó de inmediato con su padre. Como era de suponer, este enfureció. Pero, luego de escuchar a Gianella, su hija consentida, se quedó conforme con la explicación. La palabra de María estaba muy desacreditada, era la hija que llevaba los problemas a casa. Su hermana, en cambio, era la niña perfecta. Quizás, esa fue la carga que hizo que no desmienta a su hermana.

María recuerda que aquella noche Gianella mintió. “Dijo que me estaba enseñando a besar porque yo quería tener enamorado. Nunca dijo que ya llevábamos varios meses en esos encuentros clandestinos”.

Años más tarde entendería que esa fue la primera vez que se sintió manipulada.

María no recuerda si sus padres tenían problemas, pues a pesar de vivir en un lugar pequeño, las habitaciones estaban en cada extremo de la casa. “Ni ellos ni nosotras sabíamos lo que pasaba en el otro cuarto”.

Cuando piensa en qué hubiese pasado si ella decía la verdad, sus ojos se llenan de lágrimas. Le duele no haber tenido la fuerza para hablar. Hacerlo le hubiese ahorrado muchas tristezas. “No sé si me hubiesen creído. Quizás mis padres me hubiesen llevado a un especialista o quizás, por su ignorancia, solo me hubiesen golpeado”.

Desde ese día su vida se convirtió en un infierno. Recién a sus casi 53 años, entendió que tuvo una relación de dependencia con su hermana mayor.

“Habían días en los que ella me botaba, no quería que la toque. Pero en los días que yo no quería nada, ella me obligaba. Luego me echaba de su cama”.

Al cumplir 15 años, Gianella dejó de buscar a María. Nunca más la volvió a tocar. Era la época en que las adolescentes empezaban a interesarse en los chicos y coincidió con el cambio de casa. Ahora cada una tenía su propia habitación.

Cuando María empezó a relacionarse con los chicos se dio cuenta que algo pasaba. No sabía qué era, pero no se sentía bien consigo misma a pesar de los halagos que recibía por su belleza. Ella, la joven de cabellos ondeados, esbelta como una gacela, siempre terminaba saboteándose. Buscaba repetir ese patrón de te quiero pero a la vez te alejo.

Cuando tuvo su primera relación sexual lloró. Su llanto fue porque se sentía sucia. Desde ese día hasta antes de conocer a su actual pareja, siempre que tenía relaciones sexuales ella quería empujar a su amante después de que este llegara. “Me tomó mucho tiempo poder aceptar que el suceso de mi infancia me destrozó. Fue como si me arrancaran una parte del corazón. Muchos amigos me decían que yo siempre lucia molesta. Era como un perro rabioso, no paraba de ladrar. Y era porque me sentía violada”.

Cansada de todo esto, a los 30 años dejó su país. “Quería empezar en un lugar donde nadie me conozca, donde nadie me pueda juzgar”. Aunque algunos digan que huir es no afrontar tus problemas, a veces huir es la única manera de sobrevivir.

No habló de esto con nadie hasta que conoció a Jeremy, su compañero desde hace 10 años y con quien tuvo una hija. En ese momento, solo le dijo que alguna vez tuvo una relación lésbica.

Tras la pérdida de su única hija (una pequeña que murió a las dos semanas de nacida por una insuficiencia cardíaca), regresó a terapia. Esta vez la terapia era a base de regresiones (una técnica que usan algunos psiquiatras para regresar a situaciones del pasado dolorosas y liberar el trauma de la emoción). En una sesión le pidió a Jeremy que estuviera presente y que no juzgue lo que escucharía. María sabía que quizás esta revelación podía ser el fin de su relación. “Pero, ¿qué más podía perder? Por mi edad ya no era posible engendrar y algo que tenía claro, era que quería tener una hija y ya no la tenía”.

Ese día ella habló del tema por primera vez. “Pasaron más de 20 años para poder liberarme. Para entender que no era un monstruo, que no era una mala persona, pues por mucho tiempo pensé que era mala, conflictiva y que no merecía ser feliz. Todo eso se lo dije a mi terapeuta y por primera vez, al recordarlo, no boté ni una sola lágrima”.

Días previos a la sesión psicológica, María había discutido con su hermana por WhatsApp, bastaron tres palabras para que los recuerdos la invadan y se llenara de rabia. Ese fue del detonante para decidir que debía hablar con un especialista.

Jeremy, quien trabaja en temas de trata de personas, entendía perfectamente por lo que había pasado su compañera. Lejos de criticarla decidió ayudarla en todo lo que podía. Así lo hizo. Y así lo hace.

María recién a sus 46 años empezó a conocerse de una manera real, disfrutó plenamente su sexualidad y decidió no quedarse callada nunca más. Se prometió que si algo no le gusta o no se siente cómoda lo dirá. Y si tenía que gritar lo haría hasta desgarrarse las cuerdas vocales, si es necesario. Una promesa que no ha dejado de cumplir.

Han pasado seis meses desde que María me contó esta historia. Seis meses en los que no sabía cómo abordar este tema, despojarme de los prejuicios y escribir sin adjetivos grotescos ni morbosos. Cuidando cada detalle para que su mensaje no se pierda y creo que lo he logrado. Lo último que me dijo María fue: “mi historia puede servir para que otras mujeres, niñas o adolescentes, incluso hombres, se animen a enfrentar y resolver sus traumas”.

[Conocí a María en un viaje a Brasil. Me quedé cautivada por su extrovertida personalidad y carisma, en ese entonces ella tenía 46 años y yo, 26. Ocho años después, al enterarme que estaría en Lima por unas horas, la invité a almorzar. Luego de pasar varias horas juntas y de hablar de los proyectos en los que cada una estaba, incluido este blog, me contó lo que vivió durante su niñez]

* Ilustración: Raúl Rodríguez

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