Corre, peruano, corre
Convencido de que juntar a diez personas para jugarse una ‘pichanguita’ de sabor nacional en Estados Unidos iba a ser más que complicado y cansado de no hacer mucho deporte, un peruano decidió decidió participar en una maratón. Esta es la crónica de su aventura.
Para muchos de los peruanos que vivimos en Estados Unidos, lograr adaptarse al clima, la comida, el idioma y el pensamiento de la gente no es suficiente. Hay quienes tenemos que adaptarnos también al deporte. El que disfrutamos por televisión o en los estadios y el que practicamos regularmente.

Conscientes de que el lunes por la mañana en el trabajo nadie hablará del clásico ‘U’ – Alianza, decidimos ver también un poco de fútbol americano o algún partido de béisbol o de la NBA. Convencidos de lo dificultoso que resultaría convocar a 10 personas que más o menos entiendan que una pichanguita es algo más que un frío partido de ‘soccer’, y que además, ese día las inclemencias del clima no se conviertan en una amenaza de muerte, optamos por distintas actividades deportivas. En mi caso, por ahora, es la maratón.
Mi primer contacto con este tipo de eventos fue hace más de diez años en Nueva York. La maratón literalmente se atravesó en mi camino cuando manejaba por la ciudad. A pesar del tráfico y los desvíos, me pareció simpática y hasta divertida la imagen de la ciudad rendida a los pies de miles de sacrificados corredores. En ese tiempo, mis tempranos 20, veía como una linda aventura re-correr 42 kilómetros de esa hermosa urbe.
Pero todo empezó realmente una década y muchos kilos más tarde. Instalado en Houston y con las dificultades de adaptación deportiva antes descritas, la maratón se atravesó otra vez en mi destino. Empecé con el típico intento de adelgazar para “estar en forma” hasta convertirlo, cinco meses más tarde, en un dolor muscular intenso y la satisfacción eterna que me dejó el terminar mi primera maratón.
Lo primero fue buscar una maratón en una ciudad cercana porque en la de la maratón de Houston ya no tenían plazas disponibles. La ciudad elegida fue Austin, la capital de Texas. Una ciudad maravillosa con una vida musical y nocturna más que tentadora. La cercanía jugó a su favor ya que se encuentra a menos de tres horas de Houston. Lo único intimidante fue ver su relieve tan escarpado que, pensaba yo mientras la recorría en auto, la hace mejor candidata para una prueba de ciclismo de montaña que para una maratón.
Son 42 kilómetros. 26 millas. Suena bien, pero hay que hacer el recorrido. Es igual a lo que me decían de la universidad: lo difícil no es ingresar, es mantenerse. En la maratón lo más difícil no es entrenar sino salir vivo de ella, llegar en una pieza, terminarla. Ya bastante sacrificios hacemos cuando entrenamos: la comida insípida, las noches cortas y sin alcohol, las ampollas, las rozaduras, los calambres, el dolor intenso, las rodillas quejumbrosas, el calor, el frío, la lluvia… Y pensaremos que cuando estemos ahí, en la verdadera prueba, no nos dará hambre, ni calor, y que el dolor no existirá. Pensaremos también que somos de acero y que tan solo se trata de correr un poco. Supondremos erróneamente que además del mítico Filípides nadie se ha muerto por correr grandes distancias; y que llegaremos con una gran sonrisa en el rostro a tomar cerveza con nuestros amigos en la meta.

La realidad de la competencia es distinta. Es emocionante partir con miles de corredores al lado, codo a codo, todos hacia el mismo destino y con diferentes sueños. La calidez de la gente, los aplausos y el escuchar tu nombre de un desconocido te ponen la piel de gallina. Los primeros kilómetros son de puro placer y se disfrutan mucho.
Pero hay una parte decisiva en la maratón que es lo que muchos llaman “el muro” o “la pared”. Es cuando, habiendo consumido nuestros depósitos de glucógeno, nuestro cuerpo empieza a usar su propia grasa como combustible. Es un golpe terrible que sentimos más los corredores con poca experiencia pero que afecta a todos en algún momento.
Generalmente se presenta por el kilometro 30 y sientes la necesidad inmediata de abandonarlo todo y volver a casa. No tienes ni idea de por qué corres como un obseso pudiendo estar aún durmiendo en una cama caliente y cómoda. Te asaltan las dudas y tus piernas no responden. Sientes náuseas y buscas algo blandito para desmayarte. Pero de pronto se despierta tu orgullo y decides intentarlo. Corres con el corazón, corres por tu gloria. Tus piernas empiezan a responder, resignadas. Es el momento en que uno mismo se demuestra de qué está hecho. Una vez pasado el muro, sientes que ya nada puede ser peor, el llegar a la meta dependerá de un esfuerzo más, el último.
Ya cerca al final, cuando sientes que el punto de llegada caprichosamente se mueve unos metros para atrás, es el calor humano (sí, calor humano es Estados Unidos) el que te lleva a la meta. Las zancadas finales son nuevamente emocionantes, es la culminación del trabajo de meses, una oda al esfuerzo, es tu premio y lo mereces tanto como el que llego primero.
Fue mi primera maratón y corrí durante 4 horas 19 minutos y 3 segundos para llegar a la meta. Sé que no es un tiempo para presumir pero tampoco es un mal tiempo y estoy orgulloso de haber llegado. Recuerdo cada uno de mis pasos y aún no termino de creerlo. No imaginé que sería tan duro y satisfactorio a la vez. Es un camino muy largo, pero cuando pase el dolor, estoy seguro, lo volveré a recorrer.
Una de las mayores alegrías que me dejó esta maratón de Austin es ver a una chica peruana llevando orgullosa nuestra bandera en la parte de atrás del short. Intenté decirle algo, saludarla o hacerle un gesto de compatriota cómplice pero la multitud no me lo permitió. Unos kilómetros más adelante, divisé a otro peruano orgulloso sosteniendo un cartel que decía algo así como: “Perú. Fuerza Karin. Estamos contigo”. Supuse que Karin es la chica de la bandera en el short pero también puede ser algún compatriota más. Mis saludos para ella y para todos los peruanos que hayan corrido conmigo esta maratón en Austin.
¿Y ustedes han corrido o asistido a alguna maratón en el extranjero?
Carlos Llontop, Houston –Texas
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