Aquel arbolito
Todos los que hemos emigrado hemos experimentado un cambio radical en todo sentido, desde lo más relevante hasta lo más cotidiano, y la Navidad en Estados Unidos, país al que me fui a residir cuando me casé, no es la excepción.

Empecemos por el clima. Llegué a Wilmington, Delaware, en pleno otoño. Vi a los árboles tornarse de un color ambarino y perder sus hojas hasta quedar desnudos en invierno. Pronto nevó. Era la primera vez que veía nevar. Para mí, la nieve es preciosa en tarjetas navideñas, pero no para verla caer desde mi ventana, lo cual convirtió a la ciudad en un escenario polar y a sus habitantes en esquimales ataviados en gruesas prendas. ¡Qué diferencia con las celebraciones en Lima! Quienes nunca habíamos ido a otras latitudes no éramos conscientes de que gozamos de un gran privilegio al celebrar la Navidad en pleno verano.
Acababa de llegar y mis papeles de residencia aún estaban en proceso de aprobación, así que imposibilitada de viajar ese año me resigné a pasar las fiestas lejos de los míos, hecho que me permitió ver las celebraciones en tierras gringas desde una inusitada perspectiva.
Si bien los estadounidenses también celebran Navidad, desde mi punto de vista, esta no tiene el brillo de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue ver que las luces que decoran las casas son en su mayoría blancas y estáticas. Si bien hay mucha decoración fantástica y novedosa, ¿por qué las luces no destellan? Yo siempre he pensado que una decoración iluminada y sin destellos es como una gema sin brillo. ¡Hasta las estrellas titilan en el firmamento! Qué diferencia con nuestras inquietas lucecillas navideñas: rojo, verde y ambar moviéndose en caprichosas formas, dándole un ambiente más animado al ornato urbano.
Pero lo más insólito fue saber que los estadounidenses no hacen nada en la víspera, vale decir, no esperan las doce para saludarse y cenar. Se la pasan en pijama viendo televisión, son unos verdaderos ‘party poopers’! Las familias se reúnen el día 25, ahí cenan e intercambian sus obsequios, así que esta advenediza tuvo que pasarse la Nochebuena viendo por televisión los fuegos artificiales en Nueva York y a Christina Aguilera dando de alaridos envuelta en un pesado abrigo en Time Square e intentando imaginar a mis parientes reunidos alrededor de la mesa familiar.
En cuanto a la cena navideña, muchas veces la estrella principal es el jamón glaseado (es que ya tuvieron suficiente pavo en Thanksgiving) acompañado de un sinfin de ‘sides’ y ‘caserole dishes’, que no son más que ensaladas frías o calientes. El puré de manzana y sobre todo el tradicional panetón simplemente no existen en estas mesas, y en su lugar puede haber salsa de cranberry, pastel de mazana, galletitas de gengibre y ‘egg nog’. Esa noche recordé el pavo al horno que mi mamá solía cocinar, acompañado de puré de manzana, ensalada rusa, arroz árabe, panetón y chocolate caliente. ¡Ah! y si nos alcanzaba el tiempo preparábamos unos deliciosos tamales de pollo, los que yo ayudaba a moler y a envolver.
Otra costumbre inaudita: si no eres católico, los nacimientos son casi inexistentes en almacenes, oficinas públicas y hogares; El protagonista estelar es sin duda el árbol navideño, en especial el pino, que ha sido plantado y cuidado solo para ese fin y que se expende al aire libre, se emperifolla con los cada vez más bizarros ornamentos y las inefables lucecitas blancas. Una vez terminadas las fiestas simplemente se bota a la basura sin el menor remordimiento, ya se comprará otro nuevo el próximo año. Esta costumbre fue la que más me conmovió, ver a los pobres pinos tirados en la basura como un traste viejo. Esa fría Navidad extrañé a mi artificial arbolito navideño, sí, aquél arbolito, ese que todos los años decoraba en compañía de mis hermanas con semanas de anticipación, con sus esferas de vivos colores, sus listones de terciopelo rojo, sus guirnaldas verdes y doradas, sus lucecillas de colores intermitentes y hasta musicales.
Llegada la medianoche no se oye el ruido ensordecedor de los artefactos pirotécnicos ni el cielo se ilumina de fuegos artificiales (salvo en alguna plaza pública y antes de la medianoche); en los suburbios solo se escucha el silbido del viento, ese que a veces nos estremece de pavor y las únicas esferas que se observan son los copos de nieve cayendo desde el cielo. Todo es silencio y soledad, nadie camina por las calles, no se escucha un villancico conocido, y yo que odiaba a los Toribianitos cuando estaba en Lima, cuánto hubiera dado por escuchar sus voces guturales entonando Noche de Paz, Noche de Amor o a José Feliciano y su Felíz Navidad y mas bien me felicité de no cruzarme con Luisito Aguilé y que me invitara a su casa esa Navidad.
Afortunadamente, meses después y ya repuesta del trauma de mi ‘primera vez ‘ navideña, obtuve mi residencia condicional y la primera decisión que tomé fue viajar con mi esposo a festejar en el Perú. Así pues, al año siguiente, aliste maletas y le dije bye bye a la Blanca Navidad.
María Reed, Estados Unidos
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