Mi propia Navidad
Hace unos días entre a la oficina a buscar a mi amiga Gi, y mientras esperaba en su escritorio me llegó un aroma del pasado. Al principio creí que era mi imaginación, pero cada vez que entraba el viento por la puerta me llegaba ese olor tan familiar… no me podía estar equivocando, era demasiado real. Comencé a mirar a mi alrededor y ahí estaba reposando hermosa la corona de adviento y hojas de pino, verdes y perfumadas hojas de pino.

¡Cómo explicarles que por muchos años, durante mi infancia, el olor de pino fresco era el olor de la Navidad! Crecí en Costa Rica y el lugar donde vivía con mi familia era un bosque de pinos y cipreses, no estoy exagerando. Había de todos los tamaños y formas y cada año salíamos a buscar nuestro árbol para decorarlo en casa. Recuerdo que hacía caminar a mis padres por mucho tiempo hasta encontrar el más hermoso y perfecto pino, luego en casa pasábamos la tarde colgando los adornos. No teníamos muchos en realidad, siendo una familia extranjera y viviendo de la Providencia y buena voluntad de nuestros amigos y vecinos no había mucho presupuesto para grandes decoraciones. Aún así era mágico ver ese arbolito encenderse e iluminar con luces de colores nuestra casita, pequeña y llena de muebles usados.
Recuerdo que ni mi hermana ni yo recibíamos toneladas de regalos como los niños de ahora, tal vez uno o dos regalos cada una, pero a pesar de esto éramos las más felices recibiendo esa muñeca o esa bici, herencia de algún niño que ya estaba muy grande para usarla. Aún así, Ma y Pa nos hacían pasar las Navidades más felices, llenas de canciones, sonrisas, oraciones y sobre todo recordando que el que recibía los honores ese día era el pequeño Jesús que llegaba al mundo, y este era el regalo perfecto.
Recuerdo también que de pequeñas nos gustaba mucho cantar, actuar y bailar y la Navidad siempre fue el mejor motivo para hacerlo en nuestra iglesia. Teníamos una maestra maravillosa, Sheilla Hall, una mujer llena de alegría que nos entrenaba en las artes del canto y la actuación. Bueno, no sé si éramos talentosas, pero cómo nos divertíamos ensayando para cantar en Nochebuena, qué paciencia, querida Sheilla, y qué amor para sacar a flote a ese grupo de pequeñas, revoltosas, descoordinadas y desafinadas criaturas. En verdad obraba milagros porque el día de Navidad sonábamos como ángeles. Gracias por tan hermosos días, querida maestra.
La cena de Navidad era un gran suceso, casi siempre nos reuníamos en la casa de algún vecino y cada familia llevaba algún platillo especial, casi siempre típico de su país. Recuerdo los tamales, frejoles negros, tortillas, picadillos, panes de todas las formas, carnes asadas, ensaladas de todos los colores, pasteles, galletas y chocolates. Cada uno ofrecía lo que podía. Así fuera poco o mucho, lo hacía con mucho cariño para darlo a sus amigos, seguramente este amor era el ingrediente principal. Este hacía de aquellas cenas sencillas unos banquetes memorables.
Vienen a mi mente tantos recuerdos hermosos de Navidades tan felices y tristes a la vez, estábamos lejos de casa y leer esa carta de los abuelos o las tarjetas de los tíos que viajaban por semanas hasta llegar a nosotros siempre nos ponían un poco tristes, pero el cariño es un lazo mucho más fuerte que traspasa miles de kilómetros y nos hace sentir ese calor en el pecho que nos daba la esperanza de volvernos a ver.
Las Navidades de mi infancia no tuvieron ni nieve, ni demasiados regalos, ni cenas elegantes o listas interminables de compras por hacer, todo lo contrario, fueron bastante frugales, pero estaban llenas del verdadero espíritu de Navidad, estar agradecido de tener a la gente que amas, a los amigos que recién conoces y se vuelven tu familia, en el regalo humilde pero ofrecido con amor, en una canción, en una comida preparada con dedicación y compartida a manos abiertas, en ese olor a pino que me llevo a tiempos felices.
Mi Navidad ahora la vivo pensando en qué voy a regalar, qué decoración vamos a cambiar, qué se va a cocinar. Muchas veces terminamos molestos porque la cena no salió como queríamos o porque no recibimos lo que esperábamos al abrir los regalos a las doce. Me veo a mi misma y me río. Si pude ser feliz con tan poco, por qué cada año siento la Navidad como un día más. Quiero que mi corazón vuelva a ser el de esa niña que corría sin zapatos bajo la lluvia, que trepaba a los árboles y peleaba casi o mejor que un niño. Quiero volver a tener la capacidad de ser feliz con cosas simples y valorar todas las bendiciones que me rodean: una familia algo peculiar pero maravillosa, amigos entrañables que atesoro aquí y en muchas partes del mundo, salud y un medio para subsistir. Quiero enfocar mi atención en la verdadera razón de esta celebración, un niño que nace en el lugar mas pobre y olvidado, quiero que ese pequeño viva en mi cada día. Quiero mantener este corazón inocente, transparente y libre de prejuicios.
Esta Navidad voy a hacer una oración por los que están lejos, los que están solos, enfermos, por los que quiero… voy a hacer una oración por mis amigos, los de cerca y los de lejos, una oración para recordar lo bendecida que soy, por la gracia que me ha sido regalada sin merecerla, una oración para que cada uno de ustedes encuentre su propia Navidad.
Lessly D. Estela, Estados Unidos
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