Pasa Peruano pasa
Nunca había visto a Cristian tan amargo y sino lo jalaba para el costado le hubiese propinado un golpe al carabinero. “¿No sabes llenar un simple formulario, y te haces llamar ingeniero? ¡Argentino tenías que ser!” Esa mezcla de frases despectivas había enfurecido al carismático y siempre relajado Cristian. Cuando el carabinero vio mi pasaporte guinda me llamó en forma más despectiva todavía. “¡Peruano!”, dijo. Revisó mis documentos y me dijo con un tono totalmente doloroso: “Pasa peruano pasa”.

Foto: Archivo El Comercio/ Rolly Reyna
El único alegre en la frontera era Juan Manuel. Los carabineros le sonreían y se tomaban fotos con él por ser colombiano y apellidarse Asprilla. “Nunca me sentí tan bien recibido, hasta en Venezuela me piden visa”, me dijo Juanma muy emocionado.
De allí seguimos nuestro rumbo hasta Punta Arenas. Una ciudad muy linda y colorida que se diferencia mucho de las ciudades de la Patagonia Argentina por su verde paisaje. Cristian había manejado desde Comodoro Rivadavia hasta Puerto Gallegos sin parar. No quería que toquemos su carro nuevo. Nos quedamos una noche en Puerto Gallegos, fuimos a unos boliches (discotecas) y al día siguiente zarpamos para el sur de Chile. Fue un viaje extenso y lo queríamos hacer todo en un fin de semana largo que teníamos.
Las chicas de Punta Arenas volteaban a mirar a Juan Manuel y a Cristian. No importaba que a veces estuvieran acompañadas de sus enamorados, torcían el cuello para ver a un rubio y un negro, cosa que no ven muy seguido por allá. Hay muchos inmigrantes Húngaros y Rumanos en esta ciudad, la generación actual debe ser las tercera o cuarta, entonces hay una mezcla en la que predomina la gente de pelo y ojos negros y de piel ni muy oscura ni muy clara. Esta cuestión genera una uniformidad total a la vista.
Unas chicas se presentaron en el patio de comidas de un centro comercial en el que se compra todo fuera de impuestos. Where are you from? Le dijeron a Juan Manuel pensando que era americano. El negro le contesto con su acento caleño: “Soy de Colombia”. Nos reímos y comenzamos a conversar con las chicas. Nos dieron un montón de información, nos ayudaron a conseguir un hotel bien ubicado y barato y pudimos comprar cámaras en una tienda con ofertas que ellas conocían. Además, nos dieron el dato de las discotecas a las que teníamos que ir. Les preguntamos por qué odiaban a los argentinos y nos dijeron que los chilenos los odiaban por ser pedantes, pero que las chilenas los odiaban porque eran tan guapos, que iban a Chile y enamoraban a una chica y después se iban dejándoles el corazón roto. Creo que en realidad ellas los amaban.
Al entrar a nuestro cuarto de hotel, Cristian se puso rojo de nuevo al ver avisos por todo el cuarto que decían que estaba prohibido tomar mate en clara alusión a los argentinos. Cristian comenzó a romper los avisos y a hablar mal los “chilotes”. Chilote es un termino despectivo que usan los argentinos para llamar a los chilenos. El chilote es nativo de la isla Chiloé, donde se dice que la gente tiene malformaciones debido al consumo excesivo de la papa. El termino “roto” que usamos los peruanos es también usado por los propios chilenos para referirse a los de Santiago y no es tan duro como “chilote”.
Luego salimos a explorar la ciudad. Era un lugar muy frío y la temperatura bordeaba el cero. Cristian compro un pisco chileno y preparó unos piscolas. La bebida era muy fea—más fea que el pisco bamba con etiqueta fotocopiada que compraba en Piñonate—pero por el frío nos terminamos la botella. Cristian, por ser de Mendoza, conocía el pisco, pero pensaba que era chileno. Le conté la historia del origen del pisco y cuando regresamos a Argentina le hice probar el peruano y me juró que nunca más tomaría uno chileno y que le contaría a todo el que conociera que el pisco es peruano y que el chileno es un fraude.
Mientras escuchábamos canciones argentinas en el auto frente de la plaza principal, una chica que pasó con una casaca negra muy abultada, una bufanda que le cubría la mitad de la cara y un cabello muy negro, lacio y largo, respondió a nuestro llamado. En esa ciudad la gente es muy confiada y no hay mucha malicia a pesar de que se trata de un puerto. La chica entró al auto invitada por nosotros y compartimos las piscolas con ella. Nos contó que se iba a una discoteca y nos invitó a ir. La dejamos que vaya sola y prometimos encontrarla allá con la condición de que busque un par de amigas para nosotros.
Caminamos como 3 cuadras hasta la disco. El frío era terrible, sacamos pesos chilenos del cajero y fuimos a conquistar la discoteca. Cuando entramos escuché unos comentarios fuertes y excitados de las chicas en la disco: “¡Mira un rubio!”, “¡Mira un negro!”, decían. Pero al verme pasar permanecieron en silencio.
Parecía que estaba en un boliche argentino. Todas las canciones eran rock argentino, cumbia argentina y por allí ponían unas canciones de Los Prisioneros. “No puede ser”, me dijo Cristian, “estos “chilotes” dicen que nos odian, pero mira como nos veneran. No hay nada que hacer, los “chilotes” quieren ser como nosotros”. Pero el punto del éxtasis total llegó a la discoteca cuando pusieron la canción “Maradona” del potro Rodrigo. Los chilenos saltaban en masa y gritaban en voz fuerte Marado, Marado, al ritmo de la canción. Diego, Diego, Diego, Diegooooo, decían exaltados y colerizados, las gargantas hinchadas y las mujeres desenfrenadas. No podía creerlo, eran las personas mas alienadas que había conocido en mi vida.
Allí Cristian le hizo la conversión a dos chilenitas muy lindas. Parecían modelos por su porte y vestimenta. Ellas solo querían mostrarse, porque no hablaban ni bailaban con nadie. Pero Cristian es un maestro de la labia y logró sacarles sonrisas y envolverlas en su conversación para engatusarlas y hasta bailar con ellas, por más que él mismo decía que tenía pata de palo. Nunca aprendí a poder chamullar como Cristian, pero el 1% que pude absorber me sirvió mucho en el futuro.
Mientras tanto, Juanma se desplazaba por la pista de baile como una gacela. Cuando pusieron merengues y salsas, las mujeres hacían ruedas y cola para bailar con él, yo por ser su amigo pude aprovechar esa locura colectiva y baile con un par de ellas. Luego me puse a bailar y compartir unos fernets con cola con una chilenita que conocí y cuando estábamos de lo más cariñosos se me ocurrió preguntarle qué le gustaba hacer, qué es lo que más detestaba en la vida y qué es lo que nunca haría. Me contó que le encantaba el cine y la lectura, que lo que más detestaba en la vida era a los peruanos y que lo que nunca haría sería salir con un peruano, porque eran cochinos, orinaban en la calle, no tenían dientes y eran muy feos. Sentí una mezcla de dolor y bronca y pensé: “Como no fuera hombre para reventarle la cara, tan bonita y tan ignorante”. Mirándola a los ojos mientras ella seguía acariciando mis manos, le comuniqué que su pesadilla se había hecho realidad, que yo era peruano y me fui al bar a comprar otro fernet.
Busqué al negro en la zona de los laberintos, donde solo tocaban cumbias. Allí lo encontré con la chica que habíamos conocido antes en la plaza. Bailamos con sus amigas hasta que no pudimos más y Cris nos vino a avisar que la discoteca cerraba y teníamos que irnos.
Nos levantamos al medio día y seguimos nuestro viaje por Chile. Llegamos a Puerto Natales y cruzamos a Argentina para ir a Calafate donde se encuentra el glaciar Perito Moreno. Cuando cruzamos la frontera el único con tristeza era Juama, en cambio Cristian agradecía haber nacido argentino.
Al llegar el martes al trabajo encontré un correo de la chilenita. En él me pedía disculpas por cómo se expresó de los peruanos y me dijo que yo le encantaba y que me daba una buena noticia: Tenía planeado ir a visitar una tía que tenia en Trelew, que iba a estar con ella por el verano y aunque no esta tan cerca de Comodoro (donde vivo), pensó que era una buena oportunidad para ser enamorados: “Me encanto el tiempo que pasamos juntos, me gustas mucho y quiero ser tu polola, no me importa que seas peruano…”
Omar Lisigurski, Argentina
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