De cómo nos volvemos duros
Toda la vida te dicen que tienes que ser algo, nadie te puede especificar que es ese algo del que hablan, pero así es es como son las cosas. Creces, y mientras lo haces sueñas con ser un policía, un militar o tal vez un doctor. De estas carreras, las dos primeras no son muy bien pagadas en el país y la última es rentable siempre y cuando la hayas estudiado en una universidad privada.

Foto: Reuters
Dejas la utopía y el idealismo atrás, mientras te quedas con una carrera sin terminar, sin poder comprarte libros o con la decepción de no encontrar trabajo, día tras día y semana tras semana. El corazón se te encoge cada vez que marcas un anuncio en el periódico y preparas un curriculum vitae que sabes que no te va a llevar a ningún lado. El cielo se te viene encima al ver que solo las caras bonitas o las buenas presencias tienen derecho a trabajar y que no hay otra opción que salir a la calle y tocar puerta tras puerta ofreciendo un producto que nadie necesita o que simplemente la economía destruida del país no les permite comprar.
Es entonces cuando se te abren dos caminos. El primero es el de la vida fácil, plagado de drogas o el alcohol; robando o simplemente quitándote la vida para no seguir pasando por más necesidades y sufrimientos. Pero también tienes el segundo camino. Este implica juntar un poco de dinero y mucho valor para dejar tu casa y emigrar hacia un país lejano. El modo de emigrar es el asunto divertido de esta vida. Puedes irte totalmente ilegal y ser uno más de los ¨mojados¨ de los que hablan en las noticias. La verdad del asunto es que esto no es tan divertido como parece, no es una aventura ni mucho menos. He tenido la pena de escuchar muchas historias de horror relacionadas con el cruce de una frontera. La otra opción, para muchos un tanto improbable, es tener la suerte de que te den la ansiada visa, llegar a otro país y luego quedarte ilegalmente.
El asunto es que te vuelves ilegal, el asunto es que te conviertes en un expatriado por necesidad, el asunto es que la vida no es tan fácil en otros países.
Y ahora trabajas y ganas dinero, pero sufres aún más por la lejanía, por la nostalgia, por la falta que te hacen las combis y las calles sucias de Lima, la familia y la comida. Y te alegras cada vez que vas a supermarket (o “marketa” como lo llaman acá) y encuentras productos peruanos, te alegras de tener la oportunidad de tomarte una Inka Kola o una Kola Inglesa, de encontrar un chocolate Sublime en algún estante o un restaurante peruano y entonces la mente vuelve a ese minuto en el que diste los últimos besos y abrazos en el aeropuerto, a ese minuto eterno en el que volteaste la cabeza y viste a tu familia y amigos llorando y haciéndote adiós con la mano.
Es duro ser inmigrante, pero es más duro ser un inmigrante ilegal y es aún más duro cuando se tiene una familia. Atrás, en tú país, queda la gente que uno quiere y toda esa demás gente que dice: ahí va fulanita que tiene un familiar por los Estados Unidos que le manda dinero todas las semanas. Ellos creen que para los que estamos en el otro hemisferio es fácil ganarnos este dinero. Lo que no saben es que los hispanos hacemos el trabajo que los americanos no quieren hacer, aunque como está la economía actualmente, ahora todos (inmigrantes o no) agradecen por tener cualquier clase de trabajo.
Y el corazón se te endurece y la nostalgia se te achica, porque es imposible sobrevivir y ver lo que se viene si uno tiene los ojos llenos de lágrimas constantemente. Y te vas secando de a pocos, aunque de vez en cuando no puedes evitar que las lágrimas se te escapen cuando al teléfono tratas de explicarle a tus hijos, padres o hermanos que por ahora no puedes volver al país, que por ahora solo les pides que recen por ti. Y así es como poco a poco nos volvemos duros, nos volvemos extraños hasta con nosotros mismos y así es como uno encuentra esa fuerza y ese valor sorprendente para sobrellevar el dolor y es así como uno se acostumbra al estilo de vida americano con sus comidas rápidas y el stress, con leyes que sí se hacen cumplir, con gente que es amable sin pedir nada a cambio, pero también uno se enfrenta al racismo y a la discriminación, especialmente si no hablas el inglés. Uno se enfrenta a los que dicen hasta con la mirada: “Ahí va uno más de esos hispanos”. Y muchos agachan la cabeza por vergüenza o por miedo, pero no yo, yo soy una mujer peruana muy orgullosa de serlo. Una mujer peruana que no tiene miedo de explicar el porqué de mi presencia en este país. Una mujer peruana que sabe cuáles son sus derechos y que ha aprendido a hacerse respetar por todos.
Muchos dicen que soy una hispana arrogante, pero el ser consciente de uno mismo y el sentirse orgullosa de lo que uno es, no es ser arrogante, es simplemente no dejarse pisotear. Si uno realmente sabe lo que vale, nadie te puede decir que eres menos o que vales menos. Y esa es otra característica de la dureza en el alma y el corazón. Pero también existe el miedo, ese miedo que hay a ser deportado, a acabar en la cárcel, a ser descubierto en tu ilegalidad y entonces te cuidas las espaldas constantemente y es entonces que te das cuenta que el sueño americano se te puede reventar en cualquier momento. Aprendes a hablar inglés a la fuerza. Empiezas con cómo ordenar comida y luego hablas como Tarzán en las películas, pero te dejas entender. Con el tiempo aprendes a hablar mucho mejor y eso te da ciertas ventajas dentro del trabajo.
Mi caso fue totalmente distinto. Yo llegue sabiendo inglés. Era capaz de comunicarme con quien quisiera, pero eso también te trae problemas porque la gente asume que eres legal solo porque puedes hablar el idioma. Sirves de traductora para los nuevos amigos que has hecho por acá, te encargas de las llamadas de teléfono, de las citas médicas y de tener que lidiar con cualquier persona en este país que brinde un servicio. Ayudas con las tareas de la escuela de hijos ajenos porque sabes que muchos de los padres hispanos (peruanos o no) no entienden los libros o las indicaciones de los profesores.
Pero la vida americana también te puede llenar de frustraciones porque sabes que puedes lograr más, pero las circunstancias te lo impiden, porque sabes que lo del sueño americano SÍ es posible y sí existe y es entonces cuando decides hacer algo por tu vida. Esto incluye caer en más ilegalidad con tal de lograr la ansiada residencia o una ciudadanía. Con esto me refiero a casarte con un “gringo” para ser legal, lo cual es bastante costoso por lo que he oído, o trabajar con un nombre falso. Por todo esto nos volvemos más duros, mas llenos de resentimiento y soledad, pero a veces uno se tiene que sacudir el miedo y se tiene que meter en la política de un país ajeno al tuyo no sólo por tu bienestar, sino por el bienestar de más de 12 millones de inmigrantes ilegales que como tú pasan por lo mismo. Si alguien me pregunta si vale la pena pasar por penurias, soledad y a veces hasta hambre, yo les respondería con otra pregunta: ¿tienes alguna oportunidad en tu país de poder desarrollarte y salir adelante? No me mal entiendan, no hago de menos al Perú, pero para mi y para muchos de los peruanos que están por acá, la necesidad nos hizo salir. Me encantaría volver al Perú y tener allá las oportunidades que he tenido por estos lares, pero la realidad peruana me pegó una bofetada muy dura y planté mis raíces aquí, formé una familia e hice de este país mi nuevo hogar.
Karla Trimmer, Estados Unidos
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