Nampag, el aguaruna artista
Breve historia de un aguaruna cantante y conversador que se quedó sin voz en la mitad de la selva del Alto Marañón.
Conocí a José Ayui Yampis, Nampag, hace 17 años, cuando llegué al Perú a vivir con los aguarunas. Residía en la comunidad de Pajacusa a orillas del río Marañón, muy cerca donde yo tenía mi casa. Unos años después, cuando lo acusaron de brujo y el día que lo iban a matar, tuvo que abandonar todo y trasladarse a Santa María de Nieva.
Me contó que una vez, tomando ayahuasca, tuvo la visión de que debía dedicarse a conservar la cultura aguaruna y huambisa, y las historias que le contaban sus viejos. De esa manera creó el grupo Nampag, y este hombre extremadamente flaco, chato y conversador en su rudimentario castellano, se dedicó a cantar, bailar, tejer prendas de algodón como hacían los nativos, construir instrumentos de música y hacer coronas de plumas de tucán con los que adornarse para las diferentes ceremonias.
Nampag también diseñó un albergue donde recibir a los amigos viajeros que quieren descubrir las selvas, su gente y su arte. En un destino como el Alto Marañón, a casi tres días de viaje de Lima, se trata de una experiencia no turística de inmersión en una cultura y una naturaleza con otra visión del mundo. Nampag ofrece un grupo de experiencias que tienen que ver con las plantas maestras, la pesca en los ríos, las caminatas en el selva y la artesanía.
Con Nampag tomé varias veces ayahuasca metidos en la espesura del bosque. Algunas veces tuve mucho miedo por las visiones y reacciones que me provocaba la planta. En otras ocasiones mi viaje era más placentero. Con él recorrí algunos ríos de ese territorio, donde viven los aguarunas y huambisas del grupo jíbaro, los que hace muchos años reducían las cabezas de sus enemigos, para amansar sus poderosas almas y homenajear al guerrero muerto. Como otros muchos amigos nativos, me habló de plantas medicinales, mitos y las costumbres para vivir en la Amazonía.
En esos mitos vi que la humanidad no es exclusiva del ser humano sino que es común a todos, porque plantas, animales y varios lugares tienen alma, poseen voluntad e intención sobre otros que les hace ser gente. Las diferencias vienen de la forma que cada uno de ellos ve y se relaciona con su mundo.
Nampag se quedó sin voz por un extraño hongo tropical que le afectó su aparato respiratorio y que le iba consumiendo por dentro. En la selva le recetaban panadol, casi lo único que se puede conseguir en las comunidades de los ríos. Durante mucho tiempo Nampag ya no cantaba ni bailaba, disolviéndose en su propio cuerpo como lo hacen las lágrimas bajo la lluvia. Pero un grupo de amigos suyos de Lima, con la entrega de Mónica y la generosidad de Doris, Pedro, Kike, Luisa Elvira, unieron sus fuerzas y corazones, y hoy, Nampag, después de dos años de silencio, vuelve a cantar. La humanidad no es exclusiva del ser humano. La humanidad pertenece a todos aquellos que saben mirar más allá de sí mismos para ver en el otro, en este caso un nativo de las cabeceras del río Cenepa, en la cordillera del Cóndor, un humano.

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