Quincemil y la primera mujer piloto de aviones del Perú
Fue la primera noche que estuve en Quincemil. Me encontraba realizando la guía de la Interoceánica Sur, la gran carretera que une el Pacífico con el Atlántico, para la empresa Odebrecht. Llovía torrencialmente. En medio de la espesura del bosque encontré una casa grande, como ninguna de las que había visto en este pueblo de extraño nombre ubicado en la selva alta, a unas seis horas del Cusco y a mitad de camino entre esta ciudad y Puerto Maldonado.
Quincemil me recordaba a los pueblitos que tantas veces había visto en la Amazonía. Lugares de migrantes provenientes de la sierra que viven en casas de madera y techos de calamina, y en los que la selva, por sus frutas, su vegetación, sus comidas o el ritmo psicológico que marca el ecosistema más rico del mundo, asoma por todos los rincones.
El lugar tuvo su época dorada en los años 20 y 30, cuando llegaron buscadores de oro y aventuras de casi todos los lugares del mundo. Era tal la cantidad que había del preciado mineral, que la gente celebraba los matrimonios y los bautizos no lanzando arroz o pétalos de flores, sino pepitas de oro.
La casa donde iba a pasar esa noche parecía anclada en el tiempo. Los muebles, las cortinas, las camas… pertenecían a otro siglo. Las estanterías estaban llenas de libros de ciencia ficción, novelas y diccionarios. Casi todos estaban subrayados, firmados y con apuntes en sus márgenes. En las mesas y estanterías había estampillas de santos y vírgenes, y todo era silencioso salvo el canto de los monos nocturnos.
Encontré unos viejos álbumes con fotos en blanco y negro. En todas aparecía una mujer guapa y orgullosa rodeada de hombres. En casi todas ellas se le veía subida a aviones de acrobacias, en ceremonias con pilotos o caminando por una pista de aterrizaje de tierra que después supe que se trataba de Collique. Era Rita de Barera, que llegó al Perú en los años 40 con su esposo Giovanni, contratado por el gobierno peruano para desarrollar la electrificación de Lima, y con quien tuvo una hija, Constanza, bailarina de ballet y especialista en plantas medicinales. Constanza fue la que me contó la historia de su familia.
En uno de sus muchos viajes por nuestro país, llegó a Quincemil, en una época en que, por sus pésimas carreteras, podías demorarte hasta 15 días. Vio el terreno lleno de árboles, le recordó al Dijon francés donde se crió, lo compró con un dinero que le había regalado su esposo con motivo de su santo y construyó una casa que a mí siempre me ha recordado a la película Memorias de África.
Vivió entre Lima y esta selva rica en orquídeas, aves y paisajes. En 1953 obtuvo su licencia para pilotar aviones y realizar acrobacias aéreas convirtiéndose en la primera mujer en lograrlo. Pasó los últimos años de su vida en Quincemil, en esta casa mágica, rodeada de árboles, luciérnagas y silencio.
Hoy está abierta para los que quieran viajar por esta bella ruta que atraviesa casi todos los ecosistemas imaginables entre los nevados y la selva amazónica, y recorre pueblos de emprendedores y aventureros como Rita de Barera.

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