Peligro, ¿niños voladores?
Hace unos días varios programas de TV mostraban el conflicto en torno a la patria potestad de una niña pequeña. En ellos, uno de los argumentos que se barajaba era que dicha niña, con su nueva familia, vivía en un ambiente de riesgo porque había sobrevolado los cerros de Santa Teresa en un zip line, o sistema de cables y poleas que te permite vivir la experiencia de ser un pájaro por unos instantes. ¿Qué son estas experiencias? ¿Dónde las podemos encontrar en el Perú?El canopy hace referencia al sistema de copas de los árboles y, por extensión, a las experiencias que se pueden vivir a esas alturas, como los puentes colgantes que hay en varios lodges de Madre de Dios y Loreto o los sistemas de cables galvanizados que unen cerros y montañas. En estos, el pasajero, amarrado con un arnés y un sistema de poleas, vuela a velocidades de entre los 50 y 60 kilómetros por hora sobre ríos, valles y bosques.

En el Perú el desarrollo de estos sistemas es relativamente reciente. El primero que conocí fue el que se encuentra en Santa Teresa en el 2008. El canopy Cola de Mono, que así se llama, está formado por seis recorridos aéreos de entre 320 y 400 metros de longitud, y alturas comprendidas entre los 35 y 150 metros, que une los cerros sobre el río Sacsara. En esa ocasión llegué con mi hija Nua que tenía tres años, y que decidió no volar. Otros niños se lanzaron, algunos en tándem con un guía especialista en alta montaña y otros solos, lo mismo que los adultos que se encontraban.

Después tuve la oportunidad de vivir la experiencia que ofrece Ario Ferri en Pachar, a escasos 10 minutos de Ollantaytambo, en el Valle Sagrado del Cusco. Primero fue una vía ferrata, es decir, un camino empotrado en las verticales paredes de los cerros y con los que asciendes a 300 metros de altura. Desde ese punto las vistas del río Urubamba son únicas y espectaculares. Ario, con experiencia en deportes de aventura en Huaraz, implementó después un zip line desde las partes altas de la vía ferrata hasta llegar al valle. Como en Santa Teresa, los tramos que recorres terminan en plataformas ancladas en las paredes de piedra.

En Máncora se encuentra un largo zip line que vuela sobre el bosque seco ecuatorial. En esta ocasión Nua, que ya tenía cinco años, decidió volar conmigo. A lo largo de tres tramos que terminan en plataformas verticales e incrustadas en la tierra, sobrevuelas los árboles de algarrobo y los cactus como una alfombra verde entre las arenas del desierto. Nua voló y hasta hoy recuerda la sensación de ser un pájaro, como lo deseo yo en este preciso instante para poder volar lejos de todo, aunque no creo que exista un canopy en el planeta que me lleve a las distancias en las que deseo estar.
Recientemente, Lucho Verau, otro especialista en el mundo de la aventura con muchos años de experiencia en Lunahuaná, ha desarrollado un zip line en ese valle pisquero cercano a Lima. Este canopy tiene una extensión de 2.500 metros distribuidos en seis tramos, uno de ellos, con 900 metros de longitud, es el más largo de Sudamérica.
La característica común a estos sistemas es la seguridad, la preparación técnica de sus guías y la larga experiencia de sus creadores, todos amigos y todos con largos recorridos en el mundo de la aventura. Con fuertes inversiones en material importado, están construidos con la mejor tecnología del mundo para deportes de aventura en la montaña. La seguridad está garantizada, el vivir una experiencia única, cargada de adrenalina y libertad, sentir que por un instante eres un pájaro que sobrevuela la hermosa naturaleza peruana, también. Al final es la decisión de uno, y del niño, si tu hijo se lanza a volar, solo o acompañado por un adulto. Al final es también nuestra decisión, en un conflicto por la patria potestad, si anteponemos nuestros intereses y mezquindades o la seguridad en la vida del hijo. El peligro no está en los canopy, el peligro está en cortar las alas y las sonrisas de los niños.


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