“Álvarez de Arenales era de origen español, pero llega tempranamente al Río de la Plata y se educa en Buenos Aires. Iba a ser clérigo, pero termina optando por las armas. Lucha desde el lado patriota, y recluta a la población indígena y a un componente importante, los llamados cholos, que ahora son invisibilizados, pero en la documentación de fines del siglo XVIII e inicios del XIX se vio notoriamente la presencia de este grupo social en todas estas movilizaciones”, comenta la historiadora Scarlett O’Phelan, quien ha estudiado la participación indígena en este período y ha publicado libros como La independencia en los Andes. Una historia conectada.
Sobre la actuación de Arenales, el historiador Cristóbal Aljovín en Caudillos y Constituciones, Perú: 1821-1845, escribe: “Arenales abolió el tributo para así ganar adeptos entre los indígenas, y, de otro lado, estableció parámetros más democráticos en la relación entre el Estado y ellos. Tenía también claros límites sobre la cuestión democrática, ya que era respetuoso de las jerarquías sociales en los pueblos, y ordenó, por ello, que los nombramientos de cabos y sargentos fueran de acuerdo a la jerarquía social preestablecida”.
Al respecto, O’Phelan destaca que esta guerra de guerrillas encumbró a varios líderes, entre ellos, al famoso cacique Ignacio Quispe Ninavilca, “quien va a llevar adelante la guerrilla de Huarochirí, coordinada por Álvarez de Arenales”.
“Los espacios que cubren estas montoneras son todas las zonas aledañas a Lima, Huarochirí, Canta, Yauyos, para impedir que el ejército realista ingrese a la capital. En ese sentido, San Martín se sentía resguardado por estas guerrillas indígenas”, explica O’Phelan.
Esta táctica de sorprender al enemigo, atacar y replegarse no era nueva. Ya había sido usada durante las guerras napoleónicas en la península ibérica y, como recuerda la historiadora, uno de los que lucharon en esas contiendas, el inglés Guillermo Miller, también aplicó esa estrategia en el ejército libertador.
“La guerrilla es más estable que la montonera”, aclara O’Phelan. “En el primer caso, son individuos medianamente entrenados, con cierta disciplina; en cambio, la montonera es mucho más informal. Está formada por campesinos que participan esporádicamente de los enfrentamientos, pues también tienen que ir a cultivar o cosechar las tierras. Lo que hicieron los caudillos fue convocar a esta población y ponerla en el mapa de la guerra; le dieron una razón de ser”. Y aquí la participación de las mujeres también fue importante. “Las mujeres iban detrás de estos soldados lavándoles la ropa, cocinando, tendiendo las esteras para que descansen, curándolos cuando caían heridos. Y no solo iban las amantes —las rabonas, como peyorativamente se las ha llamado—, sino que iban también las esposas, las hijas, las hermanas. Estas guerrillas movilizaron a todo un núcleo familiar”, sostiene O’Phelan.
La acción más notoria de las guerrillas comandadas por Arenales se dio en Cerro de Pasco, en diciembre de 1820, cuando bloquearon las entradas a las minas a los realistas; sin embargo, esta estrategia también tuvo un lado negativo. O’Phelan lo explica así: “Al depender tanto de las guerrillas, San Martín no fue capaz de orquestar un gran enfrentamiento, una batalla final que consolidara la independencia. Por eso, a su partida, en 1822, esta quedó inconclusa”.
Cuando San Martín se marchó, Álvarez de Arenales —después de participar en las independencias de Argentina, Chile y Perú— decidió retirarse de la vida militar y partió a Salta, donde fue elegido gobernador en 1824. Falleció en 1831, a los 61 años, pero el espíritu de sus montoneras perduró en los Andes y se puso de manifiesto, décadas después, con Andrés Avelino Cáceres, durante la guerra del Pacífico.