:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/OLY5NANPVNCUVBZC6NTT3V2ITM.jpg)
Cumplí 50 y, con eso, asumía que pocas cosas me iban a costar o dar miedo… pero tenía que encontrar algo que me retara, que me incomodara y que, a su vez, me permitiera crecer, expandir mi mente.
Hace unos días me metí a un curso de inteligencia artificial. OMG.
Y mientras escuchaba conceptos nuevos, palabras que nunca había usado, ventanas abiertas por todos lados y un mundo entero avanzando rapidísimo frente a mis ojos… sentí algo inesperado: la emoción de volver a ser principiante.
Y pensé: qué raro es crecer…
Porque de niños vivíamos aprendiendo. Todo era nuevo. Todo era descubrimiento. Todo era curiosidad.
Nos caíamos sin vergüenza. Preguntábamos todo. Jugábamos a probar. Todo era ilusión.
Pero, de adultos, pareciera que tenemos que ser “pro” en todo, y lo que no te sale o no sabes hasta vergüenza te da. Qué triste.
Como si cada cosa que hacemos tuviera que venir acompañada de perfección inmediata. Como si equivocarnos estuviera mal. Como si no saber nos quitara valor.
Y, claro… a mí también me encanta perseguir mi máximo potencial. Quiero encontrar mi mejor versión como mujer, como jefa, como líder, como empresaria, como ser humano. Me fascina crecer, pero me ha costado amistarme con la vulnerabilidad de “no saber”.
Pero ese día entendí algo importante:
No quiero perder nunca la ilusión del principiante. Esa sensación tan viva de entrar a un lugar donde todavía no sabes, donde tienes que observar más, escuchar más, respirar más.
Porque justamente ahí aparece algo hermoso: la humildad del aprendiz.
Y quizás eso sea lo que mantiene joven al alma. No la edad. No la apariencia.
No cuántas cosas lograste. Sino la capacidad de seguir descubriendo mundos nuevos dentro y fuera de ti.
Buda dijo: “El mejor momento para plantar un árbol fue hace 25 años. El segundo mejor momento es hoy”.
Y creo que crecer se parece mucho a eso. A atreverte a plantar nuevas versiones tuyas constantemente. Aunque el mundo vaya rápido. Aunque al inicio todo parezca abrumador. Aunque no entiendas todo todavía.
Porque la calma no viene de dominar algo de inmediato; viene de confiar en tu capacidad de aprender. De volver al centro, de aceptar y enamorarte del proceso. De recordar que todo aquello que hoy haces bien… un día también fue desconocido.
Y ahí está la magia.
En no endurecernos. En no convertirnos en personas que solo habitan lo que ya dominan. Seguir siendo movimiento. Energía. Curiosidad.
Seguir sintiendo esa chispa infantil de descubrir algo por primera vez.
Porque quizá la verdadera evolución no es llegar a ser experto en todo. Quizá la verdadera evolución es nunca perder las ganas de seguir aprendiendo.
Anda, descubre.
Ale.


:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/GK375PYT6FEE5J7BFMZZ2FOKKM.jpg)
:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/3AATIR72NNCM7HLO6FFYEV64BM.png)
:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/QMNDTMBWZRAWZL6ECQ7JVM74XE.jpg)