La resaca del Mundial: cuándo las apuestas deportivas dejan de ser un juego y se convierten en un problema

No hace falta quedar en bancarrota para tener un problema con las apuestas. La pérdida de control puede aparecer mucho antes, cuando el juego comienza a afectar las emociones, el tiempo y las relaciones.
La omnipresencia del juego en el fútbol normalizó una adicción invisible. ¿En qué momento la diversión cruza la línea? (Foto: Difusión)

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Una de las imágenes más marcadas que dejó el último fue la omnipresencia de las en cada transmisión. Si bien esta industria opera desde hace décadas, su exposición —especialmente en el — alcanzó una visibilidad sin precedentes durante esta edición.

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Aunque el gran evento de la FIFA terminó hace más de un mes, las apuestas deportivas no desaparecieron con la final entre Argentina y España. Hoy continúan plenamente integradas en las transmisiones cotidianas de La Liga de España, la Copa Libertadores o la Champions League.

Y es que el y las grandes citas deportivas constituyen, sin duda, un terreno fértil para el juego. Para Alejandro Passuni, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur, esto responde a una combinación de varios elementos que pueden generar una experiencia bastante intensa: emoción, incertidumbre, identificación grupal, competencia, expectativa y recompensa.

“El cerebro humano tiende a prestar mayor atención a aquello que no puede predecir. Antes y durante un partido surgen dudas constantes sobre quién ganará, si habrá goles o qué ocurrirá en el segundo tiempo. Es justamente esa incertidumbre la que mantiene el sistema emocional en alerta. Al sumar una apuesta, la persona deja de ser un simple espectador para involucrarse económica y emocionalmente en cada jugada”, explicó a

Aquí surge, sin embargo, una paradoja psicológica importante: mientras la incertidumbre del juego es la que estimula y engancha al , el conocimiento deportivo le hace creer a la persona que puede dominarla. Para alguien que sabe de fútbol, apostar suele sentirse como una decisión lógica basada en datos: conoce a los jugadores, analiza las estadísticas y sabe cómo viene un equipo, por lo que cree que puede anticipar lo que sucederá. No obstante, como advirtió Passuni, saber de fútbol no otorga control sobre el azar. Una lesión fortuita, una decisión arbitral o un error individual pueden cambiar el rumbo de un partido en segundos.

Por eso, el riesgo no radica en disfrutar del fútbol ni en apostar de manera ocasional, sino en lo que puede ocurrir cuando esa emoción deja de estar vinculada al deporte y se convierte en un vehículo permanente de búsqueda de excitación, o regulación emocional a través del dinero.

Creer que saber de fútbol garantiza ganar es la gran ilusión del apostador. Por más estadísticas que se analicen, al azar no se le puede ganar con lógica.

Cuando apostar deja de ser parte del juego

Al principio, apostar puede parecer una extensión del entretenimiento: poner una pequeña cantidad, disfrutar del partido y aceptar que se puede perder. Sin embargo, la frontera comienza a desdibujarse cuando la persona empieza a perder el control.

Según Juan Pablo Castro, psicólogo de Mapfre, el problema surge cuando el juego ocupa cada vez más espacio en sus , emociones y incluso a pesar de los estragos que genera. Ese patrón es una clara señal de alerta que, al volverse persistente y causar un deterioro significativo en la vida cotidiana, deriva en un trastorno como la .

Generalmente, el ciclo suele comenzar con una victoria. Como señaló el psicólogo Eder Bautista, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), ganar produce una intensa descarga de dopamina asociada a una sensación de placer, validación y euforia.

“El cerebro registra esta experiencia como un éxito satisfactorio y graba el circuito “apostar equivale a recompensa rápida”. Bajo esta premisa, este condicionamiento neurobiológico distorsiona la evaluación del riesgo, impulsando a la persona a buscar de inmediato una nueva inyección de ”.

Pero cuando el resultado no acompaña, aparece la trampa de querer recuperar lo perdido. Al respecto, Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic, precisó que “perseguir las pérdidas” responde al intento desesperado por aliviar la , la decepción o la ansiedad. Así, apostar de nuevo se percibe como un atajo para revertir el malestar, aunque termina por detonar decisiones impulsivas y pérdidas aún mayores.

Es entonces cuando la apuesta escala en intensidad y frecuencia. La psicóloga Aída Arakaki, de Clínica Internacional advirtió que las señales de alerta van más allá del juego en sí: abarcan la rumiación mental sobre la próxima apuesta, la incapacidad de respetar los límites de tiempo fijados y el desvío de recursos destinados a cubrir otras necesidades.

“Por lo general, se piensa que el problema aparece cuando hay una gran pérdida Lo cierto es que una persona puede seguir pagando sus gastos y, aun así, estar desarrollando una conducta problemática si oculta las apuestas, se irrita cuando no puede jugar, descuida sus responsabilidades o lo utiliza para escapar de la ansiedad, la culpa u otras dificultades emocionales”.

La dinámica se torna problemática cuando la persona entra en un bucle inevitable: ganar despierta el deseo de repetir; perder, la urgencia de recuperar y esa espiral empuja a apostar cada vez más hasta perder el control. Por ello, el verdadero riesgo no radica únicamente en cuánto se ha perdido, sino en el momento en el que la persona deja de decidir cuándo apostar y empieza a sentir que necesita hacerlo.

Más allá del dinero perdido, la adicción al juego fractura familias y desgasta la salud mental. El verdadero costo empieza cuando apostar deja de ser una elección.

El problema no empieza necesariamente cuando falta dinero

Asumir que la ludopatía solo se manifiesta cuando la cuenta bancaria queda en cero resulta engañoso. El deterioro suele comenzar mucho antes, en áreas menos visibles como la estabilidad emocional, las dinámicas familiares y la propia estructura de la personalidad.

Detrás de cada apuesta problemática rara vez hay solo un deseo de ganar dinero; suele haber también un terreno fértil de vulnerabilidad. Según Manuel Roca, psicólogo y docente del Instituto de Educación Superior CERTUS, aunque no existe un único perfil, sí hay ciertos factores de riesgo a considerar. La impulsividad y la búsqueda constante de sensaciones fuertes, por ejemplo, juegan un rol clave, ya que para ciertas personas, la tensión y la incertidumbre del juego resultan biológicamente estimulantes.

Sin embargo, el factor más recurrente es la “Una persona que pasa rápidamente de un estado emocional a otro, que no tolera la frustración o que tiene dificultades para manejar la , la soledad, la o sus problemas personales puede encontrar en la apuesta un refugio anestésico”.

Cuando el juego se convierte en esa vía de escape, el costo en la salud mental puede ser severo y progresivo. Y es que los cambios bruscos entre la euforia y la pérdida constante someten al sistema nervioso a un , disparando cuadros de ansiedad e insomnio. Con el tiempo, a medida que las pérdidas se acumulan, surgen la culpa y la vergüenza, estados emocionales que pueden alimentar episodios de tristeza profunda ante la sensación de haber caído en una trampa sin salida.

Asimismo, ese colapso interno puede terminar por fracturar el entorno. Como destacó Cecilia Chau, docente y psicóloga de la Pontificia Universidad Católica del Perú, el impacto social se despliega en cadena, pues la persona empieza a ocultar los gastos, pide préstamos, utiliza el dinero de la canasta familiar, a la par que descuida horas de trabajo o estudio para seguir los partidos en directo. De ahí que la coincida en que los daños no son solo financieros, sino sistémicos: destruyen parejas, distancian a la familia y deterioran el o académico.

Pero ¿por qué, si el daño es tan evidente, cuesta tanto pedir ayuda? El psicólogo Alejandro Passuni explicó que el camino hacia la recuperación se frena por una serie de mecanismos psicológicos. En este proceso operan la negación (“no es para tanto”), la minimización (“solo apuesto lo que me sobra”) y la racionalización (“yo sé de fútbol, sé lo que hago” o “puedo dejarlo cuando quiera”).

Salir del bucle de las apuestas requiere aceptar que se perdió el control. Mapear las emociones y buscar apoyo profesional permite rehacer la vida.

¿Qué puedes hacer cuando la apuesta ya no se siente como una elección?

En este proceso, el objetivo no es simplemente conseguir que la persona “deje de apostar”, sino que recupere la capacidad de autocontrol, desarrolle estrategias saludables de regulación emocional y reconstruya las áreas afectadas de su vida.

Algunas pautas de prevención si eres jugador ocasional

No todas las personas que apuestan desarrollan un trastorno por juego. Sin embargo, incluso cuando la actividad es ocasional, establecer límites puede ayudarte a evitar que la apuesta empiece a ocupar un lugar cada vez mayor en tu vida.

Por eso, los especialistas recomendaron seguir estas pautas:

Al final, la idea no es satanizar el entrenamiento ni ignorar la pasión por deporte, sino visibilizar la delgada línea donde el entusiasmo se convierte en dependencia. Ya sea como una actividad ocasional que exige límites claros o como una señal de alerta que demanda ayuda profesional, comprender la es la única herramienta para evitar que la afición termine decidiendo por nosotros. Y es que mantener el control siempre será la jugada más inteligente.

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