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"El acoso callejero: llegó la hora de erradicar una penosa 'tradición'", por Renato Cisneros

"Durante siglos la idea de que la mujer ‘debe quedarse en casa’ se normalizó como consecuencia de una tácita certeza patriarcal: la calle es un territorio masculino inviolable". La columna de Renato Cisneros

Renato Cisneros

"El acoso callejero: llegó la hora de erradicar una penosa 'tradición'", por Renato Cisneros. ILUSTRACIÓN: Gustavo Gamboa.

En mi barrio, uno de los pasatiempos de los chicos de catorce y quince era ‘meter mano’ en bicicleta. Salían en manada con dirección al estadio de Barranco y en el camino sorprendían por la retaguardia, con enérgicos palmazos, a cuanta mujer se cruzara; los más avezados incluso atacaban a las incautas por delante para sobar sus pechos fugazmente. La dinámica duraba lo mismo que un asalto (no dudo que tuviera el mismo efecto) y podía repetirse a lo largo de cuadras hasta que la jauría saciara su apetito.

Al regreso de la incursión, los menores –que ya montábamos bici, pero aún no podíamos o no nos atrevíamos a pedalear más allá de Armendáriz– los escuchábamos relatar la experiencia y nos preguntábamos cuándo tendríamos edad suficiente para ir por ahí, en dos ruedas, repartiendo nalgadas y pellizcones como quien reparte volantes o hamburguesas. Lo importante, advertían los mayores, era alejarse lo más posible y actuar rápido para no ser identificado por algún vecino. De las mujeres afectadas no se hablaba, salvo para comentar sus atributos físicos o sus reacciones, que por lo general no pasaban de un insulto o un carterazo. Nadie las consideraba víctimas de nuestra ‘mataperrada’, y digo nuestra porque aunque no todos la ejecutábamos, la aplaudíamos sin dudar.

Muchos años más tarde, cuando leí las crónicas de Hunter S. Thompson sobre ‘Los Ángeles del Infierno’ –forajidos moteros estadounidenses de los años sesenta que, borrachos, drogados, causaban destrozos, armaban pleitos y violaban chicas en su paso por las carreteras–, no pude evitar sentir que esos viejos vándalos eran algo así como el reflejo hiperbólico, grotesco y llevado al extremos de la collera de machistas adolescentes miraflorinos que fue mi criadero. Claro que esos tipos eran igual de temibles subidos o no a sus Harley-Davidson, mientras que nosotros, sin el blindaje de las BMX, éramos unos míseros palomillas de ventana.

Durante siglos la idea de que la mujer ‘debe quedarse en casa’ se normalizó como consecuencia de una tácita certeza patriarcal: la calle es un territorio masculino inviolable. Sin embargo, desde que dejó de serlo, ciertos hombres que no evolucionaron han intentado reapropiárselo usando distintos mecanismos, unos más violentos, otros más sutiles. El piropo –esa invasiva adulación del cuerpo ajeno– es uno de esos mecanismos. Lo que busca, me parece, es sancionar a la mujer por ‘abandonar el hogar’, haciéndola sentir extraña, advenediza o, peor, falsamente cómoda, y poco a poco replegarla para así restablecer el ‘orden’ que ella ha puesto en peligro al independizarse. Si nos ponemos serios, tendríamos que admitirlo: no hay absolutamente nada que justifique la necesidad de un piropo. Es un exabrupto y, por muy galante que pretenda ser, lo único que denota es incontinencia, si es que no frustración: el desfogue público de un idiota cuya vida íntima está muy lejos de ser plena.

Recuerdo a un pariente, parado en una esquina, silbando a distintas muchachas, gritándoles frases del tipo “cómo no soy jubilado para estar en esa cola”, “quisiera ser virolo para verte dos veces” o “dime cómo te llamas para pedirte por Navidad”. Todos los testigos, incluyéndome, celebrábamos su supuesto ingenio. Nunca vi a ese pariente enamorado. Nunca lo vi querer, solo lo vi piropear.
Creo que empecé a detestar los piropos el día en que me vi afectado por uno. No estaba dirigido a mí, por cierto, sino a mi novia de ese momento. Paseábamos por una avenida principal cuando un auto se detuvo a nuestro lado; el piloto bajó el vidrio y, con voz lasciva y mirada desorbitada, lanzó dos palabras que no he olvidado: “¡Mamacita, déjalo!”. No sé cuál de las dos me indignó más.

Que empiece a sancionarse el acoso callejero por norma municipal es un avance; sin embargo, hay formas paralelas de ir neutralizándolo que deberíamos cultivar: defender hasta el cansancio la igualdad de género, conversar abiertamente de nuestra sexualidad y luchar para que la calle, como ocurre en tantas otras ciudades del mundo, sea un lugar donde estar en paz, no donde estar alerta. //


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