"Cuando la selección juega, resucitamos, volvemos a emocionarnos, a abrazarnos, a ser o creer que somos parte de algo más grande". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Cuando la selección juega, resucitamos, volvemos a emocionarnos, a abrazarnos, a ser o creer que somos parte de algo más grande". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Por Renato Cisneros

Salgo de casa peleado con mi esposa: no le ha gustado nada la idea de que me vaya a ver el partido de la selección a la casa de un amigo a la una de la mañana sabiendo que al día siguiente tendré que levantarme temprano para llevar a nuestra hija al colegio. “Ojalá pierda Perú”, me grita, de puro molesta, antes de cerrar la puerta. Salgo a la calle y de la nada empieza a llover. Parece la mala noche perfecta, la noche en que quedaremos fuera del repechaje. Sin embargo, el guion va corrigiéndose a medida que pasan los minutos. Llego a casa de mi amigo, se va la lluvia, empieza el partido, Perú le gana a Paraguay, destapamos una cerveza.

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