Un equipo de médicos traslada a un paciente de COVID-19 en Francia. (Foto: SEBASTIEN BOZON / AFP)
Un equipo de médicos traslada a un paciente de COVID-19 en Francia. (Foto: SEBASTIEN BOZON / AFP)

Hace seis meses, una enfermedad desconocida surgió en China. Desde entonces, ese mal, que luego se conoció como , ha matado a más de medio millón de personas en lo que se ha convertido en la mayor pandemia en 100 años.

Cuando se reportaron los primeros casos, pocos sabían el efecto que tendría sobre la salud global y la economía. Pero un grupo de investigadores conocía desde hace tiempo que una crisis de salud como esta ocurriría tarde o temprano: las condiciones necesarias para que una enfermedad emergiera en cualquier parte del mundo estaban dadas.

Ahora, luego de que más de 11 millones de personas se contagiaran de COVID-19, los científicos que investigan las enfermedades nuevas y reemergentes consideran que una nueva pandemia puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar del planeta, y aseguran que nuestra forma de vida es el principal factor que facilita este surgimiento.

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Una alarma no escuchada

Hace dos años, en 2018, una fue dada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero desde entonces los esfuerzos para prepararnos ante una eventual pandemia han sido insuficientes, y en muchos casos inexistente, según los expertos.

“Una epidemia devastadora puede comenzar en cualquier país y en cualquier momento, y matar a millones de personas, porque no estamos preparados, porque aún somos vulnerables”, dijo entonces el director general de la OMS, Tedros Adhanom, en referencia a lo que la entidad llamó “enfermedad X”, un hipotético mal con un potencial pandémico tan grande que podría causar estragos en todo el mundo.

Un año después, a fines de 2019, el SARS-CoV-2, un virus que comparte gran parte del código genético del coronavirus que causó una epidemia en 2003, comenzó a afectar a la ciudad china de Wuhan. Hoy los investigadores creen que el mal producido por este patógeno es una enfermedad zoonótica, es decir, que en algún momento el virus saltó de un animal huésped a un humano. Un estudio publicado en dio cuenta de un coronavirus de murciélago (RaTG13) que comparte el 96% de su genoma con este. Otros investigadores apuntan al pangolín, un mamífero ampliamente traficado en Asia. Pero aún no se sabe cuál de ellos fue el animal huésped, o si pasó primero por uno y luego llegó a la otra especie hasta terminar en los humanos.

Los investigadores apuntas a los murciélagos como los posibles reservorios del nuevo coronavirus. (Foto: Pixabay)
Los investigadores apuntas a los murciélagos como los posibles reservorios del nuevo coronavirus. (Foto: Pixabay)

Marcela Uhart, veterinaria de la Universidad de California Davis y quien dirige la rama latinoamericana de , un proyecto global que ha identificado más de 1.200 virus capaces de pasar de animales a humanos, asegura que “con el SARS-CoV-2 hubo una tormenta perfecta”, pues todo lo necesario para que surja un virus pandémico se dio: el virus adquirió la capacidad para infectar personas y existió una cercanía entre el animal huésped y un humano.

Oscar Burrone, virólogo jefe del Laboratorio de Inmunología Molecular en ICGEB Trieste, Italia, le dice a El Comercio que en los últimos años los científicos alertaban sobre el surgimiento de un virus que causaría una epidemia e incluso una pandemia, pues ya había ocurrido antes, pero se hizo poco.

“Respecto al coronavirus habíamos tenido dos casos anteriores: el SARS (Síndrome respiratorio agudo grave) y el MERS (Síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio). Las cosas quedaron allí. Como desapareció el problema, su impacto era muy bajo, se dejó de prestar atención. De alguna manera nos estaban diciendo ‘atención con los coronavirus’, porque si en dos ocasiones en el periodo de 20 años sucedió, entonces puede ocurrir otra vez”, explica el investigador argentino.

Un artículo publicado en en 2008 resume cómo los patógenos causaron enfermedades que afectaron a los humanos en la últimas décadas: de los 400 eventos de enfermedades infecciosas emergentes registrados desde 1940, las bacterias representan el 54%, mientras que los virus o priónicos el 25%; le siguen los protozoos (11%), los hongos (6%) y los helmintos (3%). De todo ello, los investigadores creen que son los virus los que tienen mayor potencial pandémico.

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Nuestra relación con la naturaleza es fundamental

Los científicos que investigan las enfermedades emergentes coinciden en que la condición necesaria para que un virus pase de un animal a un humano es el contacto constante entre ambos. Y esta interacción se debe, principalmente, a diversas actividades humanas que han ganado terreno en el último siglo: la deforestación, el tráfico de especies y la excesiva explotación de hábitats. Todas ellas crean las condiciones ideales para que surjan las enfermedades zoonóticas.

Ello explica que un 70% de las enfermedades nuevas que afectan a los humanos en las últimas décadas sean de origen animal, lo cual está ligado, entre otras cosas, a la búsqueda de más alimentos de origen animal por parte del hombre, según un de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Además, es clave incluir en esta ecuación al cambio climático, cuyos efectos están relacionados con la propagación de enfermedades transmitidas por vectores como el dengue, así como los males producidos por el virus del Nilo, el virus Nipah, etc.

Consultada sobre la posibilidad de que surja una zoonosis con potencial pandémico en América Latina, Erika Alandia Robles, investigadora de enfermedades en fauna silvestre y coordinadora de PREDICT en Bolivia, dice:

“Estamos expuesto [a cualquier nueva enfermedad]. Puede ocurrir en cualquier momento, y más aún teniendo en cuenta los cambios que hay en la Amazonía, por ejemplo: grandes áreas deforestadas en los últimos años que pueden favorecer el surgimiento de nuevas zoonosis. Además, la minería en Perú, Brasil y Bolivia está creciendo y producen cambios que pueden favorecer en gran medida la aparición de estos patógenos. Es una lotería y estamos comprando muchos billetes para ganarla”.

Madre de Dios es una de las regiones afectadas por la deforestación. (Imagen referencial/Archivo)
Madre de Dios es una de las regiones afectadas por la deforestación. (Imagen referencial/Archivo)

Alandia Robles afirma que el problema no es que surjan nuevas enfermedades zoonóticas, pues esto ha sucedido siempre, “lo preocupante es que están apareciendo [nuevos patógenos] con mayor frecuencia. Estamos reduciendo el tiempo de aparición de nuevos patógenos que ponen en gran medida en peligro a las poblaciones humanas”.

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¿Qué puede hacer la gente para evitar que esto suceda?

Si bien los expertos consultados por El Comercio apuntan a la responsabilidad de los gobiernos y entidades internacionales respecto a la detección de enfermedades emergentes y reemergentes, también consideran que hay muchas decisiones que están en manos de las personas.

“Hay que evitar los contactos frecuentes [con los animales]. Hay mucha gente que vive con los animales como si fueran seres humanos. Y depende, por otra parte, qué animales son: hay especies que han evolucionado junto con nosotros y prácticamente hay pocas enfermedades de los perros o de los gatos, por ejemplo, que nos afectan. Con otros animales, si uno empieza a interactuar con ellos, hay más posibilidades de que estos virus salten e infecten a los humanos”, detalla Burrone.

En esa línea la experta en fauna Alandia Robles reflexiona sobre el papel de las personas en la cadena de tráfico de especies silvestres, tanto en el consumo de su carne como en la práctica de convertirlos en mascotas.

El tráfico de especies silvestres no se ha detenido durante la emergencia global por el COVID-19. La imagen muestra la piel de un tigre decomisada por autoridades en Indonesia. (Foto: CHAIDEER MAHYUDDIN / AFP)
El tráfico de especies silvestres no se ha detenido durante la emergencia global por el COVID-19. La imagen muestra la piel de un tigre decomisada por autoridades en Indonesia. (Foto: CHAIDEER MAHYUDDIN / AFP)

“Muchas veces las personas solo señalan a los políticos y nos libramos de nuestras responsabilidades, que son muy grandes -advierte-. En el tráfico de fauna silvestre ¿quién compra? Son los ciudadanos los que buscan un animal silvestre para tenerlo de mascota o para comer carne del monte. Ese animal llega hasta mi casa porque lo estoy buscando y estoy pagando un precio para que me lo traigan. El animal no va a llegar solo, va a venir con sus patógenos”.

“Esos animales silvestres no solamente mueren en el proceso, porque por cada animal que llega al mercado han muerto nueve. Y ese que logró sobrevivir, vino en condiciones de alto estrés que hacen que estén eliminando más patógenos”, abunda la experta.

Para Uhart y Alandia es determinante que las personas se vuelvan consumidores más responsables, que comencemos a entender que muchos de los productos que compramos a diario han requerido que se deforesten vastas regiones de la Amazonía, por ejemplo.

En el Perú, según , desde el 2001 se ha perdido unos 2,3 millones de hectáreas de bosques por causas relacionadas a la agricultura, la tala ilegal, la minería ilegal y el narcotráfico. Esta es una superficie superior a la de El Salvador.

Ambas investigadoras coinciden en que debemos poner el foco en nuestros hábitos y no pensar que los animales son nuestros enemigos: “Por el COVID-19 se ha comenzado a atacar y matar a los murciélagos creyendo que ellos son los culpables de la enfermedad, pero sin tener en cuenta que no son los culpables porque el virus se transmite de humano a humano. Además, los murciélagos son vitales para controlar las poblaciones de mosquitos, ellos consumen grandes cantidades de mosquitos por noche. Pero eso no se está teniendo en cuenta y se los ataca supuestamente para protegernos, pero en realidad lo que estamos haciendo es exponernos más a las enfermedades transmitidas por mosquitos”, dice Alandia.

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Actuar más allá de las crisis

En cuanto al rol de la ciencia para detectar enfermedades emergentes, los especialistas consideran que la investigación no debe restringirse a los períodos de crisis, como la que se vive hoy con el COVID-19, y como sucedió con las epidemias de SARS (2002) y MERS (2012).

“Estamos reaccionando [a las crisis] y no nos estamos adelantando, y cuando se pierde interés [en la nueva enfermedad], el financiamiento para investigación se corta”, afirma Uhart, quien hace referencia a lo sucedido tras la epidemia del SARS, cuando se dejó de auspiciar el desarrollo de una vacuna contra dicho coronavirus, una vacuna que pudo usarse o modificarse para el COVID-19.

Una científica en un laboratorio de Bélgica que investiga el COVID-19. (Foto: DIRK WAEM / various sources / AFP) / Belgium OUT
Una científica en un laboratorio de Bélgica que investiga el COVID-19. (Foto: DIRK WAEM / various sources / AFP) / Belgium OUT

Burrone coincide en ello y agrega que en este momento el conocimiento que se produce sobre el SARS-CoV-2 y el COVID-19 se debe a lo que se avanzó con las dos epidemias previas de coronavirus: “Se está trabajando tan rápido por el SARS y por el MERS, y gracias a la tecnología que hay ahora”.

El trabajo de identificación de patógenos, afirman, debe continuar, incrementarse y fortalecerse, enfocándose principalmente en aquellos virus que históricamente han afectado más a los humanos:

“Eventualmente van a aparecer otras enfermedades -abunda Burrone-. Una de las características que uno debe tomar en cuenta para investigar es cuán difundidos están estos virus en determina especie animal. Hay virus que soy muy frecuentes en mamíferos, eso es señal de que es un virus adaptable a los mamíferos y nosotros somos uno de ellos. Después se pueden identificar los virus de especies parecidas [genéticamente] a nosotros, como los primates. Como sucedió con el VIH y el ébola, que son endémicos en esas especies y cada tanto pasan al hombre. Además sabemos que algunos virus son particularmente peligrosos para los humanos, entonces debemos tener al menos la lista de potenciales virus peligrosos: ébola, coronavirus, influenza”.

En esa línea, la Organización Mundial de Sanidad Animal que “la rapidez de la detección de las enfermedades emergentes y reemergentes y de la consiguiente reacción es decisiva. El lapso transcurrido entre la aparición de una nueva enfermedad y el momento en que se la detecta es determinante. Por lo tanto, la detección veloz de ese nuevo acontecimiento epidemiológico constituye un elemento clave para todas las políticas que habrá de formularse”.

Contar con un plan de acción ante una emergencia de salud como la pandemia del COVID-19 es fundamental, por lo cual es necesario que la inversión en investigación y prevención se realice antes de que la siguiente epidemia surja, para “acelerar la disponibilidad de contramedidas médicas durante una pandemia”, concluye un estudio publicado en

Más inversión en investigación en Latinoamérica

A nivel regional, apuntan las expertas, se necesita que la inversión en investigación en detección de amenazas pandémicas se incremente, pues ahora esta es “mínima”. El mayor esfuerzo al respecto se dio en 2009 con el proyecto PREDICT, que era financiado por EE.UU. y cuyo período de acción en Latinoamérica ha culminado.

Las aves exóticas son, de acuerdo con Serfor, los animales más afectados por el tráfico de fauna silvestre en el Perú. Los venden como mascotas en el mercado nacional e internacional (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio).
Las aves exóticas son, de acuerdo con Serfor, los animales más afectados por el tráfico de fauna silvestre en el Perú. Los venden como mascotas en el mercado nacional e internacional (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio).

“Ahora somos varios científicos que estamos tratando de hacer investigación, pero los recursos son muy limitados, nuestros gobiernos desgraciadamente no están interesados -refiere Alandia-. Y los recursos externos para Latinoamérica también son insuficientes, debido a que la mayoría de pandemias han surgido en África y Asía. Latinoamérica está dejada de lado pese a que tenemos regiones muy biodiversas, donde sin duda podrían estarse ‘cocinando’ nuevas epidemias”.

Además de la participación de biólogos, médicos, veterinarios, infectólogos y virólogos, los expertos consultados por este Diario aseguran que es fundamental que en los proyectos de investigación de amenazas pandémicas se incluyan profesionales de ciencias sociales y humanidades que puedan ayudar a entender las dinámicas sociales detrás de la interacción entre las personas y los animales, así como sus implicancias económicas y culturales.

Las científicas de PREDICT, asimismo, abogan por la inclusión del enfoque “Una Salud/One Health” en las políticas públicas e investigación científica. Esta idea señala que la salud humana depende de la salud de los animales domésticos y silvestres, y de la salud del hábitat.

“Tenemos que aprender a ver a la naturaleza desde el lado de todo lo que nos ofrece y no como un enemigo, concluye Uhart.

*El Comercio mantendrá con acceso libre todo su contenido esencial sobre el coronavirus

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¿Cuáles son los síntomas del nuevo coronavirus?

Entre los síntomas más comunes del COVID-19 están: fiebre, cansancio y tos seca, aunque en algunos pacientes se ha detectado dolor corporal, congestión nasal, rinorrea, dolor de garganta y diarrea. Estos malestares pueden ser leves o presentarse de forma gradual; sin embargo, existen casos en los que la gente se infecta, pero no desarrolla ningún síntoma, precisó la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Además, la entidad dio a conocer que el 80 % de personas que adquieren la enfermedad se recupera sin llevar un tratamiento especial, 1 de cada 6 casos desarrolla una enfermedad grave y tiene dificultad para respirar, la gente mayor y quienes padecen afecciones médicas subyacentes (hipertensión arterial, problemas cardiacos o diabetes) tienen más probabilidades de desarrollar una enfermedad grave y que solo el 2 % de los que contrajeron el virus murieron.

¿Quiénes son las personas que corren más riesgo por el coronavirus?

Debido a que el COVID-19 es un nuevo coronavirus, de acuerdo con los reportes que se tienen a nivel mundial, las personas mayores y quienes padecen afecciones médicas preexistentes como hipertensión arterial, enfermedades cardiacas o diabetes son las que desarrollan casos graves de la enfermedad con más frecuencia que otras.

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