Cuando pienses en volver...
¿Al momento de regresar a tu país encontrarás todo como era al momento de tu partida? ¿Tus amigos se siguen juntando los fines de semana o ya dejaron esa costumbre para dedicarse a sus respectivas familias? ¿Tú eres el mismo joven que se fue o también has cambiado?

Foto: Sebastián Castañeda / Archivo
Hace unos días estaba con el ‘Chato’ (dícese del individuo cuya estatura es irrisoriamente liliputiense), un paisano e inmigrante como yo, conversando sobre el tema que nos une: vivir en un país extranjero. Él acaba de llegar, terminó la Escuela Diplomática en el Perú y muy pronto fungirá de Agregado de Economía de nuestra insigne Embajada en España. Este humilde servidor considera que semejante investidura le quedará grande al mencionado abyecto, pero supongo que ese no es un tema a tratar en este momento.
Verdades aparte, ambos conversábamos sobre los pros y los contras que arrastra consigo el hecho de vivir en un país extranjero. Los latinoamericanos normalmente somos ‘puro sentimiento’, añoramos bastante el terruño y si bien por una parte nos gusta el lugar que nos recibe, a la almohada le contamos lo mucho que extrañamos nuestro país, con sus defectos, imperfecciones y, en el caso del Perú, su criollada.
Sin embargo, a algunos nos pasa que torcemos la mandíbula cuando la idea de regresar se cruza por nuestra mente. Justamente le contaba al ‘Enano’ que en ocasiones (ahora mucho menos y felizmente más contadas que antes) las rumias mentales hacían añicos mi voluntad. A veces, la adaptación es un proceso irónico y complicado.
Entonces me contó un testimonio que escuchó en radio Nedeerland, una emisora holandesa dirigida al público latinoamericano y, para ser más exactos, a los más aislados del nuevo continente. Este era un argentino que había migrado a España, en el año 2002, durante la debacle de la economía en su país. El ‘che’ las vio negras, verdes y marrones en Madrid. No se adaptaba, ni bien se bajó del avión quería regresar, no comía, dormía de día y se desvelaba de noche. Era un niñato más engreído que yo. Un día, decidido y obnubilado, llamó a su madre:
- Mamá, ché, ¿Vos sabés? Mañana en el primer vuelo me enrumbo para Buenos Aires.
- Hijo, ¡No seas pelotudo che! ¿Cómo te vas a venir? Las cosas no están bien aquí.
- ¡No aguanto mamá, extraño mi barrio, mi gente, a los pibes!
- ¡Que no, boludo, que no! Aquí las cosas no están bien, ¿viste? Quédate y aguanta.
- No mamá, mañana mismo te toco la puerta.
- Pues a ver quien te abre, pelotudo. Si vos regresas, yo no te abro. Andáte a buscar a los pibes…
- ¡Pero mamá : S ¡
- Tururu, tururu, el número que usted ha marcado no existe, tururu, tururu (con la voz de la madre….)
El personaje finaliza su historia contando que regresó a Buenos Aires una vez arreglada su situación y que siguió el consejo materno. Además, cuando vio a sus ‘pibes’, se dio cuenta que todo era igual pero distinto, y se sentía un viejo desconocido en la urbe bonaerense.
Cuando piensas en volver, sientes que tu familia y todos aquellos que dejaste están ansiosos por verte regresar. Y es así, pero cuando te fuiste no es que hayas puesto en ‘pause’ la película de tu propia vida y, por lo tanto, cuando regreses y aprietes ‘play’ de nuevo, las cosas no comenzarán donde se quedaron. Tu familia adquirió su propia rutina y se adaptó a tu ausencia. El barrio, la yunta de toda la vida hizo lo propio. El negro, el chino, el cojo y toda esa sarta de desadaptados (toda ciudad tiene sus estereotipos) siguen siendo los mismos en teoría pero distintos en la práctica. En mi caso, el ‘Negro’ o el ‘Chutreca’ ya no vive en Lima y por fin consiguió novia en Santiago de Chile. El ‘Panza de rata’ sigue teniendo la misma panza pero menos pelo y ahora le dicen ‘Jack Bauer’, el de la serie ‘24’ (aunque el actor en mención no tiene la prominente e imponente barriga cervecera que mi colega exhibe orgulloso, tengo que reconocer que guardan un cierto parecido). El ‘Albino’ dejó de ser un mujeriego empedernido para devenir en un novio leal y loco (snif, ya lo perdimos…). El ‘Chino’, la ‘gianputa’, ahora pulula por Cusco, asumo que ‘bricheando’ (del verbo brichear: acción de ligar con extranjeras), pues no da noticias sobre su existencia. Y finalmente, el ‘Narizón’ creo que el único que no ha cambiado en nada. Ese monumento al moco es inconfundible y entrañable. ¡Grande, pana!
Iguales en esencia, ellos ya no son los mismos. Y uno tampoco lo es…
Este es un video de Pedro Suárez-Vértiz. La canción está dedicada a todos los peruanos que estamos en el extranjero.
Ricardo Granda, España
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