Adaptación extrema
Trabajar por casi 4 años en el área de ventas de una concesionaria de autos me ha dado la oportunidad de conocer gente de diferentes países y culturas, así como de tener muy buenos amigos, entre ellos una pareja de colombianos y una pareja de peruanos con los que encontramos cualquier excusa para hacer una parrillada o intercambiar platos del Perú y Colombia los fines de semana.

Sin embargo, este trabajo me ha dado también la oportunidad de conocer algunos personajes realmente “interesantes” como musulmanes ortodoxos, para quienes el hecho de extender la mano para saludar a su mujer, hija o acompañante femenina es una clara señal de querer violarlas; o aquellos evangelistas recalcitrantes que no pierden oportunidad para difundir “la palabra” a toda costa. Aprendí algunas palabras en hindi y urdú que me ayudan mucho con los hindúes y pakistaníes y tuve que leer algo de psicología para poder entender mejor el comportamiento de las personas, así como libros que dan consejos para negociar con personas de diferentes culturas.
Pensé haber visto casi todo, hasta que conocí a Peter Jaamen (lo escribí así, como sonaba).
Recibí una llamada telefónica de una persona interesada en un vehículo usado. Esta persona al otro lado de la línea tenía un fuerte acento al hablar y sin temor a equivocarme le pregunte si hablaba español. “Joder, hombre, pues claro!”, me dijo. Desde ahí la conversación fluyó en español, su acento tan marcado y sus expresiones muy subidas de tono, propias de todos los españoles, me causaban mucha gracia. Quedamos en que me visitaría el siguiente fin de semana para que le mostrase algunos vehículos.
El sábado a las 10.15 me avisa la recepcionista que el señor Jaamen me estaba esperando.
Era un tipo de casi de mi tamaño, quizá un poco más bajo y más delgado, de unos cuarenta años y peinaba algunas canas. “¡Pues hombre! que estos coches están muy majos”, dijo con una sonrisa enorme que dejaba ver sus dientes chuecos. Empezamos a conversar un poco y al rato le pregunté si sus padres eran latinoamericanos, pensando que él había nacido en España o había sido llevado a España de muy niño; ya que, digamos, sus rasgos étnicos eran bien definidos.
Me dijo que dejó Huancayo y se fue a vivir a España por casi dos años de manera ilegal, donde logró obtener visa de trabajo para Canadá. Tenía ya cerca de 3 meses de vivir aquí… casi dos años y su acento era el de un español de pura casta y cepa.
Al preguntarle por el origen de su apellido, pues Jaamen no era para nada peruano, se rió y me entregó su licencia de conducir. Lo había adaptado para que “los gringos lo pronunciaran mejor”, decía. Su verdadero nombre era Píter Huamán.
El día de la entrega del auto vino con su mujer y su hijo, ambos hablaban sin el acento español de Píter, pero hablaban entre ellos en inglés (paupérrimo, dicho sea de paso).
De vez en cuando lo llamo a su celular para saber cómo va todo con su auto. Siempre pregunto por el señor Pedro Huamán, ya en plan de joda, y él me corrige diciéndome: “Coño!, ¿es que acaso no te dije que era Jaamen? Qué ganas de joder, ¿eh?”, con su españolísimo acento.
¿A ustedes les ha ocurrido algo similar?
Carlos Somocurcio, Canadá
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