El Camino de mi viejo
El sábado es mi cumpleaños y me tomo el placer de hacer un homenaje a mi padre por ese día, a quien, a medida que pasa el tiempo, admiro más. Tiene 72 años y desde hace 40 camina todos los días cuatro horas, hace yoga y bicicleta estática, nunca le he escuchado levantar la voz, quizá tenga la biblioteca más completa del País Vasco sobre autoestima, comida orgánica, terapias alternativas, meditación, energía positiva y un largo etcétera de temas similares, y además no fuma, no toma una gota de alcohol y es medio vegetariano, algo que a mis hermanos y a mí nos desesperaba un poco porque era toda una logística diferente. Mi padre es totalmente dependiente de mi madre, quien es el motor de alto caballaje de la familia. Salvo barrer la cocina, no se desenvuelve más en lo doméstico ni en logísticas de viaje, y, en el fondo, sufre si siente que se impone a alguien o que alguien se quiere imponer a él.
Pero desde hace años tenía un reto: realizar el Camino de Santiago, la larga ruta que proviene de la baja Edad Media, cuando los peregrinos de todo Europa iban caminando hasta Santiago de Compostela, una hermosa ciudad de Galicia, al norte de España. Las rutas nacían desde diferentes lugares de España, del centro de Europa, de Inglaterra… hoy se ha institucionalizado de alguna manera, habiendo un Camino ‘convencional’ que nace en Roncesvalles, un pequeño pueblo de montaña en Navarra, fronterizo con Francia, y que llega a Santiago.
Ese Camino dura unos 30 días a una media de 30 a 35 kilómetros diarios caminando. Se atraviesa Navarra, Logroño, los grandes campos de Castilla y, por supuesto Galicia, el lugar donde quizá se coma el mejor pescado y marisco en el mundo. Un recorrido donde se junta lo mejor de la historia de Europa, el arte románico, el visigodo y el celta, el barroco, las influencias árabes y una naturaleza diversa y, en ocasiones, árida, fría o extremadamente calurosa, y exigente. Y siempre la buena comida.
Hoy el Camino es recorrido por miles de personas todos los años. Mi padre me contaba que algunos venían de Asia, que otros habían salido de Polonia para, también regresarse caminando en un largo viaje de 6 meses. Se cruzaba con gente profundamente religiosa, otros que lo hacían en bicicleta, algunos por deporte y muchos por turismo. Había algunos con tremendos rollos personales, otros que viajaban amargados y casi todo el mundo lo hacía en grupo y feliz.
Mi padre siempre decía que ‘vida solo hay una, y que si tenemos que vivir hay que hacerlo con pensamientos positivos, viviendo sano y, lo más importante, estando feliz con uno mismo’. Durante mucho tiempo su sueño era hacer el Camino. Él se define como agnóstico, aunque en el fondo abierto a una espiritualidad libre de tipo oriental. Cuando se lanzó a caminar lo intentó con algún amigo y lo dejó. Luego empezó a hacer alguna de las etapas con mi hermano. Hasta que al final agarró su mochila y se lanzó a caminar solo.
Como cae bien a la gente, muchos con los que se cruzaba en las posadas, albergues o en los campos, lo invitaban a unirse a sus grupos para que viajase acompañado. Nunca quiso. Su sueño era hacer el Camino solo, y lo logró. Llegó a la plaza de la Catedral de Santiago, levantó los brazos y gritó de alegría mientras el resto del mundo que andaba por ahí le miraba con extrañeza. Le dio igual. Hizo lo que quiso. Me lo dijo cuando hablé por teléfono, quizá la conversación más larga que he tenido nunca con mi padre: ‘logré lo que quería, viajé solo, disfrutando de mí y nunca tuve miedo’.
La vida con miedo, no es vida. La vida se vuelve plena, cuando uno logra sus sueños y cuando sabemos estar simplemente solos.

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