Los gusanos de seda de Yaka
Antes no había visto gusanos de seda. Sabía que se alimentaban de las hojas de un árbol que se llama morera y que producen una de las fibras más finas que existen sobre la faz de la tierra. Fue en Yaka, un pequeño pueblo, que se encuentra en el kilómetro 426 en dirección al Cusco, pocos kilómetros antes de llegar a Abancay, donde me encontré con ellos.Si uno viaja rápido puede tener la sensación de que Yaka es un pueblo más de esa carretera. Un lugar junto a un amplio valle, donde hace calor y donde los cultivos y los frutales asoman en cada esquina. Si uno viaja con ganas de descubrir cosas nuevas en Yaka se lleva dos buenas sorpresas, una viene de fines del siglo XVI y otra nos espera en un sencillo y silencioso local en cuyas sombras trabajan, día y noche, miles de gusanos ingiriendo sin parar hojas de morera. Ambas, la hacienda del XVI y los gusanos tejedores se miran de frente.

Hacia fines del siglo XVI había grupos de españoles asentados en estos valles dedicados a la caña de azúcar. La calidad de lo que se producía era tal que se exportaba, desde este rincón de Apurímac, a Europa. La hacienda conserva una iglesia de tipo gótico con su plazuela, habitaciones y depósitos medio derruidos, caminitos, herramientas, ventanales con unas rejas únicas, lavandería, un lugar que conserva una pizarra que podría haber sido destinado a la escuela, armarios y un sin fin de cosas que quedaron suspendidas en el tiempo. No hay guías, ni señalética, ni información en el lugar. Pero nada mejor que preguntar y escuchar las historias que la gente te cuenta sobre este sitio.
Frente a la hacienda se encuentra el Centro Serícola Yaka. Las veces que he pasado por este lugar he buscado a la gente y he entrado a observar la infatigable labor de los gusanos. La idea nació de la familia Peralta en 1998. Consiguieron apoyo de la cooperación italiana y desde entonces se dedican a producir seda fina participando de la Red Andina de la Seda, asociación que agrupa a varios productores peruanos, elaboran un boletín de información y ayudan a formar a los interesados que comienzan esta aventura.

Los Peralta me explican cómo funciona el negocio. Me dicen que en cada caja hay unos 20 mil gusanos que producen unos 4 kilos de seda, y en el local donde estamos cuento como 10 cajas. La seda la vienen a recoger los mayoristas pagando un precio entre los 80 y 120 dólares el kilo, según el mercado. La clave del negocio está fuera, en el campo, para que funcione es necesario tener espacio suficiente para poder sembrar miles de árboles de morena de los que cosechar la hoja y alimentar a los gusanos.

Los Peralta viven contentos. Quieren seguir sembrando árboles para hacer crecer su negocio. Me enseñan algunas prendas que varias mujeres han tejido con el hilo mágico. Son suaves y parece que no pesan. Además de los gusanos, quizá hasta que consigan sembrar todos los árboles que quieren, se dedican a preparar cuy asado, gallina de corral y trucha. Les digo que sí, que me preparen todo eso para el grupo que estamos viajando. Mientras cocinan, regresamos a la hacienda que está al frente y volvemos, nuevamente, al siglo XVI.


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