Antonio Gálvez Ronceros, tierra adentro
Antonio Gálvez Ronceros, tierra adentro
Dante Trujillo

La escena provoca extrañamiento: ocurre en un camino rural del ya rural pueblo de El Carmen, al sureste de Chincha, cuando un campesino negro apellidado Guadalupe llega de los camotales montado en una burra (llamada Yolanda). El hombre es viejo pero vigoroso, risueño hasta la pendencia, algo extravagante. La burra solo es vieja. Guadalupe, recorriendo ese tramo solitario y polvoriento entre la luz que atraviesa vertical las copas de los ficus un día de semana —tan, pero tan lejos de la histérica modernidad de la capital— parece, es, habla como un personaje salido de los relatos de

 

Parece, es, habla por ejemplo como don Andrés, el protagonista del cuento “¡Miera!”, un clásico. Este don Andrés, enterado de que un caporal lo estaba difamando, monta su burro a toda prisa para llegar a casa y pedirle a su hija Pastora que le escriba una carta de reclamo. El final se ha convertido en un chascarrillo popular: 

“—Ponle ahi, Patora —dijo don Andrés—, que su boca esuna miera, que su diente esota miera, su palaibra un montón de miera… Miera esa mula que monta. Miera su epuela. Miera su rebenque. Miera el sombreiro con quianda. Miera esa cotumbe e miera diandá mirando tabajo ajeno… Léemela, Patora, a ve qué fartra.
Cuando la hija acabó de leer, don Andrés tenía un gesto de duda como si ya no confiara del todo en sus propias palabras.
—Oye, Patora —dijo finalmente—, quítale un poco e miera a ese papé”.

Hasta ahí, vaya y pase, el paisano y su burra forman una estampa bucólica. Lo raro sucede cuando Guadalupe y Yolanda se encuentran ahí mismo con un hombre más bien bajo, compacto, también viejo, vestido con camisa hawaiana, pantalón blanco, sandalias, lentes de sol marca Ray-Ban y, para redondear el outfit, sombrero panamá. Es Antonio Gálvez Ronceros. Se encuentran el campesino negro proveniente de un tiempo sin tiempo, casi mítico; y el escritor, llegado en una camioneta 4x4 desde Lima. La persona y quien lo convierte en personaje, la base real que sustenta la ficción y el que la emplea para producir un artefacto artístico. 

Para completar esta recreación imprevista, aparecen dos perros —tan comunes en los relatos del escritor—, pero por más que este los invita a acercarse (¡“Juan, Juan”!, los llama, un truco que supuestamente funciona) los perros ni caso. No importa. Lo que importa es constatar el real vínculo que, luego de tanta vida, sigue uniendo a Gálvez Ronceros con esta tierra, con esta gente, con su dura realidad, sus maneras de hablar y de relacionarse, su cosmovisión, que lo inspiraron desde su primer libro, publicado hace ya 55 años; hasta el último, aparecido hace solo unos meses. Y, entre ellos, un volumen formidable llamado “Monólogo desde las tinieblas”, un conjunto de relatos que lograron como ningún otro comprender, asir, transformar en piezas de gran belleza y poder sugestivo, y por último divulgar el sentir de los campesinos negros de los latifundios. “Monólogo”, publicado por primera vez en 1975, tras algunas reediciones acaba de dar con su versión definitiva. Y eso es una buena noticia. 

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Nació hace 84 años muy cerca de ahí, en una esquina de la placita de El Carmen, donde su padre, un médico proveniente de la provincia huancavelicana de Castrovirreyna, se había asentado para abrir una botica, con su mujer y sus once hijos. Doce con Antonio Leoncio. Fuera que las oportunidades raleasen por entonces, fuera que con 14 miembros el hogar se desbordaba, la cosa es que a los tres meses los Gálvez Ronceros se trasladaron a Chincha Alta, en los límites difusos entre urbe y campo. Ahí Antonio fue a un colegio donde estudiaban los hijos de los hacendados y los de algunos agricultores, los de los comerciantes y los de los obreros. Los conflictos de la realidad social de una provincia eminentemente agropecuaria de mediados del siglo pasado eran evidentes y comunes, como los árboles, las casas bajas, el olor a tierra. 

Dos cuestiones complementarias se dieron en su infancia y adolescencia para definir, al menos parcialmente, su poética. Una fue su fascinación por escuchar las conversaciones de los agricultores mestizos —de la campiña próxima— y negros —de los latifundios de tierra adentro—, quienes sobre todo los fines de semana, con el jornal en el bolsillo, se acercaban a los tambos a tomarse un copetín de pisco o de vino dulce. O varios, para alivianar las desdichas. Y hablaban y hablaban, y Antonio el joven escuchaba y escuchaba, alucinado con las historias simples, tristes, surrealistas o desopilantes que se contaban, pero también con el lenguaje mismo. “Su falta de ilustración —explica siete décadas después a bordo de la 4x4— se presenta cuando, en lugar de usar una palabra específica para denotar algo que ven, deben describirlo, recurriendo a metáforas o figuras, incluso como mecanismo de reforzamiento. Tienen imaginación para no quedarse mudos”. Entonces a uno le viene a la mente ese otro relato, brevísimo, en el que al final un negro le dice a otro:

“—Y te juro que me diuna cólera, ay peruna cólera que no se me pasaba.
—Oye, ¿y cómo e la colera? —dijo el otro.
—La cólera e como mascá piera, como mascá arena…”.

“A fuerza de oír este modo de hablar, yo creo haberlo llegado a conocer a fondo —continúa—. Digo ‘creo’, porque si no lo creyese, no me metería a usarlo. Creo que conozco el espíritu del habla de los personajes. Eso me permite utilizar formas que nunca he oído, pero que están dentro de su virtualidad”. Que ese oído tan fino haya terminado en una semisordera —que lo obliga a acercarse a su interlocutor y a llevar audífonos en las dos orejas— resulta una paradoja.

Referirse al otro factor formativo le provoca más pudor, y es tan simple como que, desde pequeño, sintió afecto por la gente humilde, por los que no tienen oportunidades, los que sufren abuso. Los invisibles. Le cuesta decirla, pero la palabra que define ese sentimiento es conmiseración. Con los años, esa afinidad lo acercaría a las ideologías de izquierda.

Pero otra costumbre caló: mientras los muchachos del barrio pasaban la vida mataperreando, el joven Antonio acudía cada noche (menos los domingos, aclara) a la biblioteca municipal de Chincha Alta. Además de clásicos y novelas policiales, se hizo muy aficionado a leer biografías de grandes artistas, sobre todo del Renacimiento. Ello porque tenía el sueño de convertirse en pintor. (La nueva edición de “Monólogo” está salpicada de dibujos hechos por él mismo en los tiempos previos de su primera publicación). Sin embargo, el anhelo artístico quedó relegado cuando llegó Lima en 1955 para formarse en la entonces Escuela Normal Superior Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta: había decidido ser maestro. Y lo fue, en colegios y universidades, entre 1959 y el 2005. Se le nota aún en su manera de hablar, pausada y clara; en la forma en que mueve las manos.

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En La Cantuta tuvo por maestros a gente como el poeta vanguardista Manuel Moreno Jimeno, el académico Luis Alberto Ratto, y acaso quien determinaría su destino: el crítico Abelardo Oquendo. Fue para los ejercicios narrativos de sus clases de Lengua cuando Gálvez Ronceros comenzó a aprovechar sus recuerdos chinchanos. Y fue también Oquendo quien publicó por primera vez un texto de su autoría: el relato se titula “De perros”, y apareció en El Dominical de este Diario el 8 de julio de 1956.

Seis años después, entregó su primer libro: “Los ermitaños”, un cuentario cuyas historias están ambientadas en la campiña de su tierra; es decir, están pobladas de personajes mestizos, con sus circunstancias y peculiaridades: se prefiguraba el estilo. Persistió en la escritura, con el tiempo se unió y se desunió por razones ideológicas del legendario grupo Narración y, en 1975, publicó “Monólogo desde las tinieblas”. 

(Una curiosidad: Gálvez Ronceros ha publicado seis libros en 65 años de carrera literaria: “Los ermitaños” (1962), “Monólogo desde las tinieblas” (1975), “Historias para reunir a los hombres” (1988)… y fue entonces que alguien le hizo caer en la cuenta de que publicaba cada trece años, una cuestión simplemente azarosa que quiso quebrar en 1989 con “Aventuras con el candor”, una reunión de apuntes y crónicas. Luego vinieron “Cuadernos de agravios y lamentaciones” (2003, catorce años), y “La casa apartada” (2016, volviendo a los trece años de intervalo. Publica cada tanto porque no tiene prisa. No comprende a quienes se apuran).

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Contra lo que muchos creen, aunque calce, el hermoso título no hace referencia a la soledad y las penurias de los campesinos negros (“afrodescendientes”, en el políticamente pulquérrimo lenguaje verbal de Gálvez Ronceros). Proviene de un cuento que nunca llegó a escribir, uno que narraría una serie de eventos reales en boca de una mujer pobre y enloquecida. Pero el nombre quedó, y de hecho existió antes que el libro mismo. 

Desde su aparición gozó, cosa rara, del aprecio de lectores y críticos. Tras siglos de presencia afro, hasta entonces y guardando las distancias, salvo “Matalaché”, de Enrique López Albujar; y las “Estampas mulatas”, de José Diez Canseco, la negritud no había sido materia narrativa en nuestra literatura. Uno de los detalles que llamó la atención es la esencia de sus personajes: los negros de “Monólogo” no bailan zamacuecas, no son quimbosos ni festivos, no sirven para el turismo. Aquí no hay más música que la de sus palabras. Y por ahí va el aspecto más resaltante: como se ha adelantado líneas arriba, Gálvez Ronceros se apropió como nunca nadie del habla de los campesinos de las haciendas, y la reelabora con audacia a lo largo de los relatos, en un afán por alcanzar la máxima verosimilitud posible para, desde el centro mismo de esa “realidad”, representar la vida cotidiana de los hombres, mujeres y niños de los campos, su pobreza, su ingenio, sus formas de relacionarse, de apechugar ante la adversidad. El escritor Roberto Reyes Tarazona, también miembro de Narración, dice: “Su tratamiento de la oralidad de alguna manera sigue la senda de Arguedas cuando este crea un castellano que integra elementos de la estructura y el ritmo del quechua”. Por eso cuesta trabajo imaginar algunos de sus cuentos traducidos al inglés, al griego, al alemán, al griego o al sueco. Pero ha sucedido. 

Esto, aunque estéticamente valioso en sí mismo y capaz de componer estampas divertidísimas que disfrutan por igual adultos y escolares, tenía también un propósito ético: según el escritor y catedrático Jorge Valenzuela, quien compartió por una década con Gálvez Ronceros la dirección del Taller de Narrativa en San Marcos, “para los de grupo Narración, al que perteneció en su segunda etapa, el realismo se constituyó en el método de creación artística más adecuado a los objetivos de índole política que se habían trazado, vinculados a la praxis revolucionaria y el cambio social”. 

Gregorio Martínez, otro compañero de Narración y quien, también en 1975, iniciara su propia exploración de la realidad negra rural con “Tierra de caléndula”, explica desde Estados Unidos el carácter de sus afinidades y diferencias: “Fuimos muy cercanos en la preocupación literaria, tanto que conocí primero oralmente los cuentos. Antonio me los contaba una y otra vez, y después los leí en los tarjetones de cartulina blanca en que los escribió a mano. Pero entre nosotros no había posibilidad de influencia mutua. Antonio cree a rajatabla en la formalidad de la escritura. No tolera ambigüedades ni anacolutos, y mi escritura está plagada de eso. ‘Monologo’ es una obra de ruptura; pero su formalidad es impecable”. Dicho sea de paso, aparte de ambos autores, son pocos más quienes han trabajo luego la temática negra en la narrativa. Acaso el ejemplo más notable sea la novela “Malambo” (2001), de Lucía Charún-Illescas. 

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Desde hace doce años, Antonio Gálvez Ronceros disfruta su jubilación laboral. Pasa los días leyendo, coloreando viejos dibujos y tratando de darle forma a la que sería su primera novela, que lleva, provisionalmente, el título de “Marleny era el prostíbulo”. Añade una frase preciosa: “La compañía de mi familia pone un gran relieve a mis días”.
El arte verdadero aspira a conmover, a denunciar, a poner luz en las sombras, a entretener. Y en el mejor de los casos, a todo ello. Como ocurre con “Monólogo desde las tinieblas”, con su perfecta sencillez, con su gracia. 

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