icono te lo cuento
00:0000:00
Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Un incendio en el ayuntamiento de Limoges tras la entrada forzada de un grupo de personas durante las protestas contra el elevado coste de la vida en Francia, el 17 de octubre de 2026. (Foto de Pascal LACHENAUD / AFP).
Un incendio en el ayuntamiento de Limoges tras la entrada forzada de un grupo de personas durante las protestas contra el elevado coste de la vida en Francia, el 17 de octubre de 2026. (Foto de Pascal LACHENAUD / AFP).
/ PASCAL LACHENAUD
Por Rodrigo Murillo

El último sábado, a las seis menos cuarto de la tarde, una columna de manifestantes desembocó en la plaza del ayuntamiento de Limoges, en el corazón de Francia. Primero fueron los patrulleros: dos, volcados como escarabajos y entregados al fuego. Después, las ventanas. Las llamas entraron en el palacio que la ciudad había inaugurado en 1883 como un monumento a la República. Pronto el humo escapaba por debajo de las tejas. Los bomberos dieron por perdida una de las alas. A las ocho y media de la noche, ante cientos de curiosos, el campanario que durante casi siglo y medio había presidido la ciudad se vino abajo. Entre las brasas que todavía ardían sobre la plaza, el alcalde buscó palabras para tranquilizar a sus vecinos: ardía un monumento, dijo, no la República. Sin proponérselo, acababa de formular una pregunta bastante más inquietante: ¿cuánto tiene que arder Francia antes de que la República decida defenderse? Francia no carece de fuerza. Tiene policías, leyes y uno de los aparatos estatales más poderosos de Europa. Lo que parece haber perdido es la disposición a ejercer esa autoridad cuando hacerlo exige imponerla. Acaso porque desde hace dos siglos educa al poder para desconfiar de sí mismo; acaso porque cada gobernante sabe que gobierna bajo el horizonte de la próxima elección. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Francia imaginaba el poder de otra manera: no para la próxima legislatura, sino para la siguiente generación. Ese principio de continuidad desapareció en una torre medieval de París, cuando la Revolución decidió acabar no solo con el rey, sino también con su heredero.