Nuestro recordado profesor José Antonio del Busto nos recordaba una de las ironías más interesantes de la historia. El Equus, como ancestro de los caballos, se paseaba en su tierra de origen, lo que es ahora nuestro continente, y a partir de ahí migró hacia Europa y Asia de manera opuesta a como lo harían milenios después los humanos que poblarían América. El encuentro de los primeros habitantes humanos en América y los equinos primitivos fue una mala noticia para los segundos. No sería sino 10.000 años después que aquellos seres regresarían evolucionados, mucho más grandes, sin dedos y con un conquistador español encima. Esta vez la noticia sería muy mala para los pobladores del nuevo mundo, pues se convirtió en un arma decisiva para la conquista. Debió ser aterrador para la población andina ver un animal con esa capacidad de carga, cuyas herraduras sacaban chispas en los caminos de piedra y que en un principio parecían ser una unidad con el jinete.
Este año se celebra el Año del Caballo, un animal cuya domesticación permitió superar al ser humano sus propios límites biológicos; es decir, tener solo dos piernas y una limitada capacidad de resistencia frente a los extensos territorios que parecían inabarcables.
Plutarco narra un episodio interesantísimo donde un jovencísimo Alejandro ve que, entre las propiedades de su padre, destacaba un caballo indomable y bastante agresivo, que respondía al llamado de Bucéfalo. El futuro incansable conquistador notó que el hermoso animal se ponía nervioso al observar su propia sombra. Alejandro lo cogió de la cabeza y lo hizo ver el sol, tranquilizándolo y permitiendo ser montado. Una interpretación de esta historia mítica es la que identifica a Bucéfalo con el mismísimo Alejandro, temiendo ser la sombra de su padre, y para evitarlo siempre cabalgó hacia la salida del sol, conquistando el este del mundo.
Sin embargo, existe un caballo aún más célebre: el Quijote sostiene que su equino es superior a Bucéfalo y también a Babieca, el querido caballo del Cid Campeador y no era para menos. Antes de autobautizarse como Quijote, el entonces Alonso Quijano bautiza a su corcel: “Al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo”.
Como mencioné antes, el caballo prácticamente ‘regresó’ a las Américas, transformado en arma de guerra, y lo siguió siendo durante la campaña de la independencia. Hoy en día es parte importante de la economía rural y tiene un lugar destacado en el arte popular. Incluso tenemos una raza caballar propia de nuestro territorio fruto de una adaptación de siglos que logra que el potro tenga un paso que parece lateral, coordinando las patas de los costados en un movimiento suave que permite avanzar en la arena peruana. El caballo de paso peruano pareciera que danza cuando camina, coincidiendo con la descripción poética que Chabuca Granda le dio en un vals: “Ya no levanta las manos / para luchar con la arena / quedó plasmado en el tiempo / su andar de paso peruano”.
Leal pero impulsivo, aventurero y libre, así es el caballo según la cosmovisión china para este año. Nos espera un año de mucho movimiento y cambios audaces, pero eso ya lo sabemos los peruanos. Este año es un regalo y no le miremos el diente.
Una metáfora recurrente es la de identificar nuestras emociones con un caballo y nuestra razón con un jinete. El caballo en solitario avanza, pero se pierde; el jinete en solitario, avanza, pero no llega lejos. El ideal es cabalgar juntos.
¡Feliz Año del Caballo!
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