El 2026 no será un año cualquiera. En él convergen varias efemérides claves para Lima. Se cumplirán 35 años desde su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco y empezaremos a mirar de manera más concreta hacia un hito decisivo de su historia: en el 2035 alcanzará los 500 años de fundación. A todo ello se suma que fue galardonada como Capital Iberoamericana de la Cultura por la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas.
No se trata solo de una fecha simbólica, sino de un horizonte que obliga a pensar la ciudad con perspectiva histórica y responsabilidad urbana. A menos de una década de ese aniversario y a poco de cumplir 10 años liderando Prolima, por encargo de la Municipalidad Metropolitana de Lima, el reto no será conmemorar, sino preparar a Lima para llegar a su quinto centenario como una ciudad más habitable, integrada y consciente de su patrimonio. La ciudad que todos queremos.
Esa reflexión nos involucra a todos. No solo a las instituciones públicas y a la empresa privada, sino a toda la ciudadanía: ¿qué estamos haciendo hoy para llegar a esos 500 años como realmente queremos? En ese desafío, el Centro Histórico de Lima ocupa un lugar central. El corazón de la ciudad concentra valores arquitectónicos, urbanos y culturales excepcionales, pero también arrastra décadas de deterioro, fragmentación institucional y pérdida de calidad urbana. Recuperarlo no es un gesto nostálgico ni una mirada al pasado, sino una condición indispensable para proyectar el futuro de Lima.
En estos últimos 10 años, la ciudad ha iniciado un proceso distinto. La aprobación del plan maestro del Centro Histórico de Lima, con visión al 2035, permitió ordenar las intervenciones y establecer una hoja de ruta clara. A partir de este instrumento, la recuperación dejó de depender de acciones aisladas y accidentales para convertirse en una política urbana sostenida, capaz de articular restauración patrimonial, espacio público, movilidad, vivienda y actividad económica bajo una visión común.
Ese cambio de enfoque empieza a reflejarse en el territorio. La restauración de iglesias emblemáticas, la recuperación de plazas y calles, la puesta en valor de monumentos y la mejora progresiva del paisaje urbano no solo devuelven imagen y dignidad al Centro Histórico. También reactivan su vida cotidiana, fortalecen el turismo cultural y generan nuevas oportunidades para vecinos, comerciantes e inversionistas, devolviéndole al centro su condición de espacio vivo.
Un componente clave de este proceso ha sido la consolidación de un marco legal especial para el Centro Histórico, que reconoce su complejidad y singularidad. La Ley 31980 introduce herramientas concretas para asegurar financiamiento, agilizar procedimientos y promover una inversión compatible con los valores patrimoniales. Más que una norma, representa un cambio de lógica: entender que el patrimonio necesita reglas claras, continuidad institucional y recursos sostenibles para ser revitalizado.
Prepararse para los 500 años de Lima implica, además, asumir que el Centro Histórico no es un enclave aislado. Su recuperación debe dialogar con los barrios que lo rodean, con el río Rímac, con los sistemas de movilidad y con las dinámicas económicas de la ciudad contemporánea. Solo así podrá consolidarse como un espacio vivo, donde la historia conviva con nuevas formas de habitar y hacer ciudad.
El camino hacia el 2035 no está exento de desafíos. Revertir la tugurización, mejorar la seguridad, fortalecer la vivienda y garantizar la convivencia de usos requiere decisiones técnicas, políticas y sociales sostenidas en el tiempo. Pero también abre una oportunidad inédita en el Perú: demostrar que una ciudad con casi cinco siglos de historia puede renovarse sin renunciar a su identidad.
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