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Cuando Sandra cocina

No veía a mi hermana desde hace un año. La extrañaba constantemente y pensaba en ella en todo momento. Especialmente en la mesa. No porque seamos unas comelonas -bueno, no necesariamente, porque sí lo somos- sino porque es ahí donde ambas encontramos las piezas con las que armamos nuestra historia. Un solo plato, un olor, nos puede trasladar a una época. Y con Sandra fueron muchas las compartidas hasta que cada una tomase un camino distinto. Nuestros primeros años de vida en casa de mi abuela materna se traducen en sopas, cau caus, hígados con fideos verdes y humitas. Los años de temprana adolescencia, en brownies duros y sopas de cebolla (la puerta de entrada al mundo de las dietas, o al menos el intento). Nuestra juventud, ya lejos del Perú, en los sabores que aprendimos a querer de la tierra que nos acogió: Barcelona. Años más tarde, yo volví; ella se quedó.

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Sandra supo abrazar cada uno de los platos -caseros, poderosos- de esa mesa catalana para hacerlos suyos. Mucho más de lo que hice yo. El que trae hoy es uno de ellos.

Una historia de familia no siempre es una historia sencilla. Tampoco lo es una receta. Me gusta pensar que después de todos estos años de subidas y bajadas, estamos ahora a mitad del menú. En esa parte en la que sabes que estás próxima al postre, pero todavía disfrutas del plato principal. Eso siento con mi hermana; mi hermana chiquita, mi compañera de cuarto, mi primera amiga. Aquella que tiene los rulos más bonitos que he visto, quien heredó la  piel radiante y la mejor dentadura. Prueba de ello es que sonríe con frecuencia. Que sus manos fueron diminutas hasta que cumplió 10 años es algo que solo sé yo. Que por su culpa –¡acuseta!- me castigaron incontables veces, lo sabe ella.

En unos días Sandra regresa a España. Nos deja dos cosas: las ganas de verla pronto (lo digo así por no hablar de la inmensa pena que me causa su partida) y el plato que se ha convertido en su sello.

Hazlo, te lo pido.  Vale cada fideo.

Macarrones gratinados

Para 6 personas

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Necesitas:

-1 ½ cebolla blanca.

-Salsa de tomate frito.  (Aquí seré absolutamente sincera: si quieres prepararlo de cero, adelante. Deberás rallar algunos cuantos tomates sin cáscara ni pepas, cocinarlos en aceite de oliva, sal, ajo y pimienta, y luego licuar la mezcla. Pero -como hicimos nosotras- puedes comprar la salsa ya preparada y no sentirte culpable. Utilizamos entre 5 y 6 bolsas de Salsati. La proporción va en función de la pasta).

-1 bolsa grande de crema de leche.

-5 o 6 bolsas de pasta tipo penne (en España los llaman ‘macarrones’, de ahí el nombre del plato). La cantidad depende del apetito. En todo caso, siempre sobrará para el recalentado. Créeme.

-Chorizo italiano. Es más delgado que el parrillero. Reemplaza a la butifarra catalana de la receta original. Si no lo encuentras, cualquiera funcionará, no te compliques.

-1 bola (al menos) de queso mozzarella.

-1 rectángulo (suelen venderlo así) de queso emmental.

-Parmesano abundante y al gusto.

 

Empieza por lo básico. Dora la cebolla, cocina la pasta y ralla los quesos.

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Una vez lista la pasta y puesta en un recipiente, añade mozzarella rallada con generosidad. Mezcla todo muy bien con mantequilla y resérvalo.

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Haz bolitas medianas de chorizo con la carne (te será muy fácil una vez que retires el envoltorio que lo cubre) y llévalas a la sartén.

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No te olvides de salpimentar.

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Y dejar que se cocine con cariño.

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Cuando el chorizo esté a punto de cocción, añade la salsa de tomate. Mucha salsa de tomate.

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Deja que llegue a hervir, solo por un momento. Prueba la sal y retira la sartén del fuego.

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El siguiente paso es mi favorito. Baña de salsa la fuente, mezclando suavemente para que no se rompa la pasta.

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Y ahora, sin miedo, vuelca la crema de leche. Mezcla nuevamente.

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A continuación, cubre todo con el emmental rallado (es clave para gratinar) y finalmente con el parmesano. Lleva la fuente al horno por 10 minutos (15 máximo) a 200° C.  Es importante que lo vayas revisando.

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Sabrás que está listo cuando una costra, crocante y doradita, se haya formado sobre la pasta. Eso se traduce en tres palabras: hilos-de-queso. Importa poco si el plato se mancha. La comida más rica no conoce de orden, ¿no?.

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Mesa servida. Asegúrate que tus invitados sean comelones: este plato no es para tímidos.

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Disfruta. Y repite.

Las fotos -una vez más- son del genial Jano Lavalle (@tahuano). Otro comelón.

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