Made in Gamarra
Un sábado cualquiera de un fin de semana cualquiera. Me levanto asustado de un profundo letargo por los gritos hostiles de la cobradora de combi que anuncia la llegada al último paradero.

-Baja, baja –digo asustado, saltando de mi asiento.
-No se puede, hay “tombo” cerca. Baja la otra esquina –sentencia la cobradora y pide que le pague el sol que debo.
Estoy en la avenida Aviación, a dos cuadras del emporio comercial de Gamarra, ubicado entre los límites más movidos de la “Rica Vicky”. Mientras me dirijo a esta selva de cemento inundada de telas, divago sobre la cantidad de peruanos que gastan un huevo de plata y otro de oro en comprar ropa de marca en centros comerciales foráneos. ¿Por qué no apreciar un poco de lo nuestro?
Gamarra es el conglomerado textil más grande del Perú y uno de las más importantes en Latinoamérica. Una tumultuosa ciudadela rodeada de telas y gentes por doquier dedicada exclusivamente a la producción y venta de productos textiles. Un fuerte proveedor de grandes tiendas extranjeras donde trabajan alrededor de 10 mil empresarios que en conjunto ocupan 17 mil tiendas distribuidas en 144 galerías comerciales que se agrupan en 20 manzanas.
Mientras pienso en todo lo citado, una jaladora me saca de mis cavilaciones y me hace ingresar a la fuerza –o tal vez por voluntad propia– a una de las muchas tiendas ubicadas en el estómago de Gamarra.
-Pasa amiguito, ¿qué estas buscando?- dice ella con una mirada coqueta, jalándome de la mano.
Al ingresar a su establecimiento me quedo “lelo” por la innumerable cantidad de ropa que uno puede encontrar aquí: bermudas, polos, camisas, casacas, pantalones rectos, pantalones pitillo (que son los saca pompis y enseña raya, como dice la jaladora), minifaldas, buzos, poleras, ternos, bóxers y medias. Ropa casual, ropa deportiva, ropa para emos, ropa elegante y ropa atrevida para las gorditas sexys.
Salgo ruborizado y presuroso de la tienda. No he llevado dinero. La jaladora, atenta y muy coqueta ella, sin faltar al dicho “el cliente siempre tiene la razón”, me dice:
-No te preocupes, yo te puedo regalar toditito… vuelve cuando quieras.
Yo huyo agradeciendo el gesto con una venia febril y voy a comprar una botella de agua para borrar el susto.
Gamarra es una impresionante factoría, con edificios que alcanzan 10 pisos, con ventanas desbordando ropa y esqueletos de avisos luminosos pegados a ellos.
No solo puedes encontrar ropa, sino también restaurantes, bancos, gente ofreciendo servicio telefónico, ambulantes vociferando el precio de sus productos, cabinas de Internet, bodegas y puestos de música que le da un ambiente festivo a todo Gamarra.
Me detengo en una tienda de gorras, una de las más grandes que he visto hasta hoy, llamo al vendedor y le pido que me alcance una que se encuentra en la parte más alta del lugar. El comerciante, con una agilidad sorpréndete, se trepa de las mayas superando a Peter Parker (El hombre araña), baja sin problema el sombrero y me lo entrega. Le pido un espejo al hombre y éste dócilmente me dice: “Sin compromiso hijo, pruébatelo nomás”.
Mientras coloco el espejo frente a mis narices para probarme el sombrero se enciende un sonido y observo ofuscado cómo una señora de buen porte, cabellos ensortijados y perfilado cuerpo suelta a su pequeña hija y se pone a bailar frente a un ambulante y a medio Gamarra. La niña empieza a reír y, bailando este sonido electrónico magnético, recoge las propinas de los transeúntes sorprendidos que se ganaron con el espectáculo humorístico.
Eso no es todo, volteando la esquina y nadando entre ese mar de gente encuentro a Oliver, un jovenzuelo que domina la pelota como los dioses, un astro iluminado en camino a una apoteosis. La pelota no cae al suelo en ningún momento, baila con esta, la pasa del pie al hombro, del hombro a la cabeza, de la cabeza a la rodilla, de la rodilla a la espalda, danza junto al balón un pegajoso baile de Beyoncé a todo volumen robándose el show en todo Gamarra.
Observar marcas como Yol, Brujhas, Chikokos, Chiemsee, New Wave y muchas otras son motivo de orgullo y alegría nacional, y me doy cuenta que el Perú no solo podría diferenciarse en la gastronomía, también podría competir en lo textil y en trabajos creativos, como los Oliver y la señora danzarina.
Las marcas del mercado gamarrino compiten de igual a igual con las extranjeras. De hecho, si hoy vemos un Gamarra distinto al de los 90 es, por sobre todas las cosas, por la perseverancia de un grupo de líderes empresariales que supieron resistir los afanes de destrucción institucional, no emigraron a diferentes países y pusieron confianza plena en el Perú y en esta zona. Poco a poco se está reconstruyendo la confianza entre las gentes y creando una visión compartida de ella, pero es necesario comprender que, como ha sido la historia de todos los gremios empresariales en el país, es fundamental alentar y auspiciar la tarea del fortalecimiento institucional de Gamarra.
Robo esté pedazo de frase de un amigo de la universidad al definir a Gamarra como “el lugar de los sueños improbables hechos realidad, un gran pedazo de concreto que vale un Perú”.
Joel Antonio Maldonado Pizarro
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