Extravagancias del Perú
Un viaje por un Perú diferente, original y estrambótico donde encontramos monumentos, esculturas y fenómenos decorativos que harían las delicias de cualquier urbanista. Acá, unos ejemplos.

Si viajamos por el Valle Sagrado, en la entrada a Huayllabamba hay una escultura de un parapente de metal y, unos metros más adelante, otra de dos campesinos de piedra con mazorcas de maíz en sus manos alzadas. Si seguimos nuestro viaje hacia Pisaq, en la entrada a Calca nos recibe una escultura dorada de un inca musculoso y calato. Lo más llamativo es que este personaje se encuentra circuncidado. Poco después, a la salida de Calca, un gigantesco puma con sus fauces abiertas, nos despide en nuestro recorrido hacia el Valle Sur, la carretera en dirección a Puno.

En el centro de la plaza de Oropesa, capital cusqueña del pan, hay una escultura de una mujer campesina agarrando a un niño de la mano. Fue el homenaje del alcalde a las recias mujeres de la sierra. Pero además la escultura venía con yapa. El niño es el alcalde, cuando era niño, y la mujer su madre. Extravagancia es sinónimo de peculiar, fuera de lo común y original. Por eso, como todo arte, lleva el sello bien marcado de quien lo hace.
Los italianos llegan a Lampa
En Puno he pasado por pueblitos construidos con piedra y adobe junto al Titicaca, cuya municipalidad es una gigantesca mole de cemento y vidrio polarizado que parece caída de otro planeta, como ocurre en Moho. Lampa quizá sea la mejor extravagancia de todas. Es el único lugar en el mundo donde existen dos réplicas idénticas de La Pietá de Miguel Ángel. Cuando la original, que está en el Vaticano, sufrió un atentado a martillazos, los restauradores italianos cruzaron el Atlántico hasta Lampa para obtener las medidas exactas con las que recuperar la obra de Miguel Ángel.

El artífice de que La Pietá también esté en el altiplano, fue el ingeniero y devoto lampeño Enrique Torres Bellón. Su cuerpo se encuentra en una sepultura de mármol dentro de la Iglesia de Lampa, esa sepultura que parece un sol de luto, penetra el suelo como 8 metros y en sus paredes circulares cuelgan varias cientos de calaveras y esqueletos mirando la tumba.

Gracias a las buenas relaciones de Torres Bellón con Juan XXIII, logró que el Vaticano le prestase el molde de La Pietá original para hacer la primera de las réplicas, la de yeso, que llegaría al Perú en barco en 1961. Esta réplica se iba a ubicar en la iglesia, pero el domo construido para soportarla no tenía la resistencia suficiente para aguantar su peso. Por ello, se solicitó una nueva réplica, más liviana, en aluminio, con el compromiso de destruir la primera que se hizo. Esto último no se cumplió y la escultura de yeso se puede ver en una de las salas de la Municipalidad. La de aluminio corona la bóveda de mármol que forma parte del panteón donde descansa Torres Bellón.
La historia de la evolución y la ojota gigante
En Pacasmayo, el alcalde decidió hacer un enorme mural en el que se describía la historia de la vida, desde los primeros seres unicelulares hasta los primates y el ser humano. Este último como cénit de una evolución de millones de años. El final de esa larga y compleja línea evolutiva que aparece en el mural, es el propio alcalde agarrado de la mano de Claudia Schiffer. En Huacho hay un monumento a la caracola y en la entrada de la universidad de Chivay, en el Colca, adorna una enorme ojota. En la carretera principal que cruza Huaral hay una escultura a la fruta, y en Barrios Altos, Lima, una plaza dedicada a los dinosaurios.

Celendín es un bonito pueblo de ganaderos y agricultores en la carretera que une Cajamarca con Chachapoyas. La carretera es una buena experiencia de viaje por lo paisajes y valles que te cruzas. Además, en Celendín, hay una amplia plaza donde los paisanos se reúnen a pasar las tardes, cubierta por un gigantesco sobrero cajamarquino hecho en cemento. Sombra, no va a faltar nunca. Más adelante, hay un destartalado edificio con un letrero de ‘Peluquería’ en el primer piso y de ‘Clínica dental’, en el segundo. Su azotea remata con una enorme boca abierta y llena de dientes que pareciera hecha de papel o de tela.

El edificio más alto de Puerto Maldonado es una larga torre de cemento, lunas negras y esculturas con escenas de trabajos selváticos. La torre es el monumento a la biodiversidad y desde su cima puedes ver la selva baja, sus ríos y toda la ciudad. Esta torre costó a la capital del turismo selvático, donde habrá como máximo unas seis calles asfaltadas, más de 5 millones de soles. A la semana de inaugurarse, unos jóvenes metieron una nuez de castaña en el engranaje del ascensor, y desde entonces, todo el que quiera disfrutar de esas vistas tiene que subir (y bajar) 235 escaleras.
La extravagancia, el arte de hacerte único. Para bien o para mal.

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