El viaje en que se me malogró el carro y terminé en una isla solitaria
Fue un viaje al Altiplano, en el 2007, cuando vivía en el Valle Sagrado del Cusco. Tenía que ir a Puno, a la isla Suasi, a Arequipa y al Colca. Iba con mi familia y el viaje iba a durar 15 días. Pero circunstancias de la vida, la camioneta se malogró en Juliaca, después de unos días en Suasi, y no existía el repuesto para arreglarla. Me decían que sí, que mañana, que bueno, dentro de tres días, cinco, 10… así hasta un mes que estuvo en la capital mundial del contrabando y la informalidad.Al mal tiempo buena cara dicen. No estuvimos un mes allá, pero sí unos días para recorrer Chucuito, Juli, el bosque de rocas de Tinajani, Tarukani, Lampa y un sinfìn de lugares de un Altiplano que no se reduce al lago, a la isla de los Uros y a Taquile. La belleza del Altiplano es inagotable y desde estas líneas solo te puedo decir que entres en ella. Sus bosques de roca son mágicos. Sus petroglifos y pinturas rupestres inundan extensiones enormes de piedras. Sus iglesias están cargadas de historias y extravagancias. Sus cielos quizá sean los más hermosos del Perú, y los atardeceres en mitad del Titicaca son un espectáculo único de colores y formas caprichosas. El Altiplano es el lugar en el que el cielo es más tuyo que en ningún otro sitio.
Uno de los viajes, mientras esperábamos el repuesto de la camioneta, fue a las chullpas de Sillustani. Un lugar que forma parte del circuito turístico y que se encuentra muy accesible, a mitad de camino entre Puno y Juliaca, a unos 25 minutos del desvío por una buena carretera. Para llegar a este lugar, de imponentes chullpas de piedra, pasas varias comunidades collas que elaboran coloridos tejidos y donde te ofrecen papas, queso y otros productos combinados con arcilla. Sabemos que la arcilla tiene extraordinarias propiedades medicinales, rica en minerales y en elementos que limpian la toxicidad del cuerpo, infinidad de animales acuden a los lugares ricos en arcilla para rascar las paredes y alimentarse de este producto: guacamayos, ronsocos, venados, sachavacas… y gente.
Al llegar a Sillustani me llamaron la atención las chullpas pero sobre todo el lago que se encuentra junto a ellas y en cuyo centro se levanta una isla con una larga y amplia meseta. Una vez más, los colores y la luz eran espectaculares. Me encontré con una señora que vendía productos artesanos y le pregunté qué isla era esa. Si vivía alguien y si se podía visitar. Nos dijo que sí, que la isla como el lago se llaman Umayo, que hace miles de años estaba unido al Titicaca y que ella vive ahí. Nos dijo que si deseábamos nos fuésemos a dormir a su casa. Mi hija Nua, que entonces tenía 2 años y medio, ya había congeniado con un grupo de niñas que jugaba con unas alpacas.

Al día siguiente regresamos con nuestras mochilas y esperamos a que la mujer terminase su jornada de venta. Nos embarcamos en su bote y en la mitad de la noche recorrimos el lago. Solo se veían nuestras caras y la de una vicuña que viajaba con nosotros, y siempre las estrellas acompañándonos.
La isla Umayo es un espectáculo de playas, colibríes, cormoranes, choccas, patillos y cientos de vicuñas y vizcachas que corren libres entre las rocas y el ichu. Recorrimos la isla, nos bañamos en sus playas y comimos las papas que cultivan en las pequeñas chacras que tienen en las partes más soleadas junto a la casa.

Si el carro no se hubiese malogrado quizá nunca hubiésemos ido a este lugar encantado al que nadie va, a pesar de encontrarse junto a las chullpas milenarias de Sillustani, uno de los principales destinos de Puno. No hay más que preguntar a alguna de las mujeres artesanas, que te den razón y pedir que te lleven en barca a la isla solitaria que se levanta en la mitad del lago de colores. La aventura, al final, la haces tú.


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