La protagonista de 'La Cautiva' y su mensaje reconciliador
La protagonista de 'La Cautiva' y su mensaje reconciliador
Redacción EC

Nidia Bermejo protagonizó una de las obras teatrales más exitosas del año: “La cautiva”. Dio vida a María Josefa, una ayacuchana de 14 años que fue asesinada en los años del terrorismo.  Ella se volvió la carnada una tropa militar. La violaron muerta. 


"La cautiva" (Foto: Frank Krajnik)

(Foto: Frank Krajnik)

A Nidia, este personaje la cambió. Se le quedó en la piel y probablemente no se le vaya nunca. Los padres de María Josefa fueron acusados de ser senderistas y eso le costó los sueños y la vida. Ella no eligió si quería o no esta guerra. De pronto, se encontró en una morgue, frágil al destino que otros le trazaron.

— ¿Qué sentiste cuando representaste a “La Cautiva”? 
Me he preguntado eso desde hace meses. Mi vida no ha sido la misma desde que María Josefa llegó. ¿Sabes? Cada presentación era una entrada a un pequeño trance y llegaba un punto donde ya no sentía un límite.  Sentía que no era mi voz, sino que era la de todos. Al llegar a Ayacucho para investigar, las palabras ya no fueron mías, sino de ellos. Yo vibré a su ritmo. Cada uno sumó su experiencia, sólo he sido un instrumento al que han ido afinando y se dejó llevar por la corriente. Nunca dije “no”. De alguna manera, siempre sentí la presencia de todos y eso es lo que siente una cautiva. 

— ¿En qué momento de tu vida llegó este personaje? 
Antes pensaba: ‘¿Cuándo llegará mi hora? ¡Cuándo!’ Sucedió en el momento en el que tenía que ser. Estoy más fuerte emocionalmente. Mi vida está equilibrada y eso ayudó mucho. Me encontraba preparada para aplicar todo lo aprendido en el camino.


Soy la actriz que nunca dice su edad.  Me encantaba ver  la televisión cuando era niña. Miraba los personajes y decía: “Yo puedo hacerlo”. Desde entonces, sabía que quería actuar. (Foto: Frank Krajnik)

(Foto: Frank Krajnik)

— ¿Qué recuerdas de tu experiencia  en los años del conflicto?
Yo me acuerdo cuando ya no hubo más terrorismo, cuando capturaron a Abimael Guzmán y nos preguntábamos ¿Ya no habrá más coches bomba? ¿Cómo será? ¡Ya no se irá la luz! Yo vivía en el Centro de Lima. Recuerdo que cuando era niña, encendí la televisión a medio día y vi que azotaron a un alcalde.  En ese momento, me fui debajo de la escalera, sola, chiquita, recé y prometí que de grande nunca iba a pasar eso porque yo me encargaría de que no se repita. Nadie hablaba. Yo tampoco preguntaba.

 — ¿Hemos preferido olvidar la época sangrienta? 
Sí, cuando vinieron y nos dijeron que eso había llegado a su fin, la gente no volvió a pensar en ello, quería vivir una nueva vida, olvidar el dolor. Nadie resolvió nada. Vivimos sobre huecos y nos construimos así emocionalmente. 

— ¿Qué nos conectó con esta chica de 14 años, muerta en una guerra en la que no pidió participar? 
María Josefa es como nuestro núcleo, nuestro centrito que habíamos enterrado. La gente sintió mucha empatía con ella porque todos llevan una María Josefa dentro y les dio mucha pena que esté muerta. Ella existe en otros lugares, es real, tiene magia, sueña, tiene ilusiones y eso nos unió. Ahora, hay que ayudarla para que trascienda. 


Durante los veranos, me inscribía en las vacaciones útiles de la fábrica Paramonga, donde mi papá trabajaba. Elegía el taller de teatro. Mis padres aún se preguntan de dónde lo heredé. Pero no cabe duda que viene de familia, ellos son de Puno y esa región es teatral indudablemente. Todos bailan, tocan instrumentos y cantan. (Foto: Frank Krajnik)

(Foto: Frank Krajnik)

— ¿Qué es lo más impactante que viviste al  investigar? 
Ir a Ayacucho y darme cuenta que todos eran María Josefa.  Todos fueron afectados de alguna manera. La paranoia aún se vive en esa ciudad. Es hermosa, pero se respira tristeza. El aire carga el recuerdo de los muertos; los rostros desconfían. 

— ¿Algo cambió en ti?
Esto ha sido necesario porque yo me encierro mucho en mi burbuja. No veo televisión ni periódicos. Hoy, estoy convencida que tengo que hacer y decir lo que pienso. Hay una Nidia más consecuente. Pienso que tengo que hacer más caso a mis impulsos, hablar con la verdad. He aprendido a escuchar más a la vida y estoy convencida de que somos lo que buscamos.

– ¿Cómo se hace para revivir un personaje con la misma intensidad función tras función?
En el camino surgen los recuerdos cotidianos y estos suman emociones que van haciendo que el personaje cobre vida. Uno retoma esos recuerdos para remover las fibras emocionales y dejar que todo fluya.

— ¿Qué fue lo más disfrutaste? 
Una de las cosas que más me gustó en la obra teatral fue el quechua, porque viene de adentro, uno siente algo, nos acerca a nuestro pasado. Mis papás hablan aimara y estoy orgullosa de ello, pero me acuerdo que cuando era pequeña ellos decían “A mí me miran raro porque hablo el aimara, para qué les voy a enseñar a mis hijos, ¿para que los miren raro también?”, creo que intentaban protegernos y al mismo tiempo anularon la posibilidad de aprender de nuestras raíces. Es tiempo de dejar de vernos diferentes para empezar a latir juntos. 

— ¿Lo más complicado?
Confieso que no puedo festejar que la obra haya sido un éxito. No puedo salir, bailar y brindar por todas las coberturas que nos han hecho en medios por respeto a lo que estoy viviendo. Siento como si cargara con un duelo. Las personas, cuando terminaba la función, se acercaban como si fueran a darme el pésame y pude sentir cómo se despojaron de todo. Entonces los abracé y los hallé sensibles, endebles y me di cuenta que valió la pena.

— ¿Crees que estamos en el borde del olvido a punto de caer en lo mismo?
Sí, aún el terrorismo está en el interior. Tenemos niños secuestrados, gente moviéndose a favor de esa atroz causa. La única forma de frenar su regreso es creando conciencia. La discriminación tiene que desterrarse de nuestra manera de concebir el mundo. Insisto en que hay que dejar de mirarnos como si fuéramos lejanos. Y si crecimos creyéndonos mejores, no es tarde para  darnos cuenta que podemos desligarnos y romper con la herencia del “prejuicio”.

— ¿Cuál sería tu mensaje a todas las “María Josefa” sobrevivientes?
Todos los días hay una oportunidad. Todos los días morimos y nacemos. Morimos cuando estamos viajando entre los sueños y al amanecer, hay el chance de hacer las cosas distintas, mejores y dejar lo que nos dolió en el pasado. No hay que dejar que nos arrastren las pérdidas. Siempre existe la posibilidad de recuperar la esperanza cuando uno se lo propone.


Pasé varios años viajando por Sudamérica, actuando en grupos teatrales, viviendo de festivales y de pasadas de sombrero en las plazas, en las calles.(Foto: Frank Krajnik)

(Foto: Frank Krajnik)

 ¿Qué les dirías a las autoridades?
No imagino estar en su lugar, creo que tienen que dejar de ser menos egoístas y mirar a quienes están adentro, quienes fueron los que los eligieron. Basta de llenarse los bolsillos, hay que pensar en los pueblos que fueron asolados por el terrorismo y disculparse, hacer reparaciones. Estos pueblos olvidados no tienen pistas decentes ni servicios básicos. ¿Eso es posible? Empiecen haciendo cosas pequeñas para que la gente se sienta más protegida y acompañada.

—Es imprescindible recordar esto a los que vienen detrás…
En Ayacucho, conocí a una mujer que se me acercó y me dijo “Mi hija me preguntó quién era Abimael Guzmán y yo le quise pegar, pero ahora, ha visto la obra y ha llegado el momento de que sepa quién fue”. Pensé que esa señora era la mamá de todo el Perú, ya los padres nos han dejado de proteger del pasado. Es hora de mostrar lo que sucedió. Esa es la misión de los adultos, decir a las nuevas generaciones lo que hemos hecho, lo bueno y lo malo. Tenemos que construir mejor a nuestros hijos, hijas, decirles de lo que somos capaces de hacer los seres humanos para no repetir la historia.

— ¿María Josefa se llevó algo de ti? 
No. Yo me quedé con María Josefa. “¿A dónde voy? Toco, toco y los vecinos no salen a ver”, dice ella y a mí la frase se me introduce en el alma porque pienso en todas las víctimas del conflicto interno que han pedido ayuda y no les han tomado importancia necesaria. Es un dolor que se queda conmigo. Creo que la empatía que siento con ella, va a vivir eternamente.