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RODRIGO BEDOYA FORNO
No me gusta “La naranja mecánica”. Es más: le tengo tirria. La considero una película que utiliza los mismos elementos que crítica: repite una tesis una y otra y otra vez con la intención de quebrar al espectador, y no de convencerlo. Claro, la primera parte, cuando la cinta juega al humor, llama la atención, pero después machaca la misma tesis sobre la sociedad, la violencia y el control sobre el individuo en cada plano y secuencia, resaltando las características de los personajes hasta el cansancio. Sí, ya sabemos que la sociedad te amolda, te suaviza, te vuelve un ser sin rebeldía de la peor manera. Eso queda claro a la media hora de película. Lo que sigue después es la repetición de lo mismo a través de estereotipos y subrayados. Efectivos, sí, pero no por eso menos tramposos. Lo que le hacen a Álex, Kubrick nos lo hace a nosotros.
Ahora bien, “La naranja mecánica” es una cinta importante: más de un chico se decidió a estudiar cine influenciado por ella. Y, justamente por eso, creo que se ha convertido en una cinta intocable, indiscutible, de esas que se mencionan casi automáticamente cuando a uno le preguntan sobre sus pelas favoritas. A “La naranja mecánica” no se la cuestiona, cuando me late que la intención de Kubrick era, justamente, que se la discuta lo más posible.
-”El resplandor” no me mueve un pelo. Sorry, pero es así. No me creó su ampulosidad calculada al milímetro para generar tensión y asustar. Justo alguien me decía que se sorprendía como el suspenso de “El bebé de Rosemary” fluye perfectamente. Lo contrario pasa con “El resplandor”: sus costuras se sienten en cada plano, su construcción es demasiado evidente. Ah, y la sobreactuación de Jack Nicholson me desespera, me saca de la propuesta. No sé qué me pasa con esta cinta. Quizá, simplemente, no es la película para mí. Pero nadie me puede decir que no lo he intentado.
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