El mundo castrense siempre me ha suscitado sentimientos encontrados. Ser hijo de militar ha ayudado, desde luego. Por un lado, siento admiración –o quizá la palabra sea respeto– por esa mística que se manifiesta en el genuino aprecio a la institución, la vocación de servicio, el amor al país. Hay algo de anacrónico en ese idealismo tan difícil de encontrar en otros ámbitos.
Al mismo tiempo, nunca he podido dejar de relacionar el comportamiento de las fuerzas armadas con flagelos sociales tan tóxicos como el machismo, el abuso y la violencia. La historia de América Latina resume bien la paradoja: ahí están los próceres militares de la independencia, los héroes indiscutibles de las guerras pasadas, los reclutas solidarios ante el desastre natural, pero ahí también los dictadores uniformados, los soldados violadores de mujeres, los sicarios con galones.
Me ha parecido advertir una aproximación similar en el centro de “Vino la noche”, la estupenda película documental de Paolo Tizón, que se estrenó en el pasado Festival de Cine de Lima y que a partir de la próxima semana podrá verse en el circuito comercial.
Con una cámara-narradora filtrada en la intimidad de un grupo de las Fuerzas Especiales de la FAP, la película nos muestra el entrenamiento de cadetes que se preparan para combatir en el Vraem. El ojo del director no busca denunciar lo extenuante de las prácticas, menos aún glorificar el endurecimiento del carácter, ni publicitar la carrera armada, tan solo quiere contar lo que sucede con esos cuerpos –el cuerpo es un nervio argumental del relato–, pero también lo que ocurre en la mente y alma de esos muchachos que no superan los 22 años.
Es muy interesante, por ejemplo, oír a los cadetes hablar de las motivaciones que los llevaron a ingresar al cuartel. Uno dice que solo quiere que su padre (a quien le teme porque maltrata a sus hermanos) “esté orgulloso de tener un hijo militar”. Otro, en cambio, asegura que no sabe qué hace allí, pues solo postuló sin creer que ingresaría y ahora espera el primer fin de semana libre para ver a sus padres. A otro lo vemos hablar con su madre, su “viejita”, en una videollamada, lidiando con la mala conexión para preguntarle cómo está y decirle lo mucho que la quiere. Y a otro lo vemos discutir con su padre por lo ingrato que ha resultado ser, pues nunca contesta sus llamadas.
Esos pasajes dejan ver el interior de los cadetes. Es ahí donde los reconocemos como pares. Los vemos conversar de todo y nada; comentar la película que miran en el celular de un compañero; los oímos describir sus pleitos familiares; o hablar de sus problemas del corazón. Un par de ellos tienen exnovias con las que no quieren volver, pero de las que aún están enamorados. Hay que verlos tratar el asunto: parecen chiquillos de segundo de media, torpes, exagerados, melodramáticos. Una de las exnovias escribe de pronto un mensaje de texto y el soldadito, indignado pero contento, sentencia con falso enojo: “¿Por qué regresan estas mierdas cuando uno está a punto de olvidarlas?”.
Todo rastro de humanidad, sin embargo, desaparece de golpe con la dureza de los entrenamientos. El anonimato colectivo borra de inmediato el gesto individual. Ahora todos los soldados podrían ser el mismo, se vuelven indistinguibles, identificados apenas por un número o código. Los vemos saltar en paracaídas, simular emboscadas, lanzar granadas, aplicar primeros auxilios, y hasta ahí todo parece parte de una típica rutina cuartelaria, pero enseguida llegan los desafíos más difíciles, las extenuantes pruebas de resistencia física y psicológica, la inmersión en aguas muy frías, las eternas vigilias a bajas temperaturas, el levantamiento de troncos, una y otra vez, hasta que el cansancio sea insoportable; la exposición directa a potentes chorros de agua; el avance por caminos boscosos bajo la densa oscuridad de la noche, en medio de explosiones atronadoras. De repente los jóvenes ya no son chicos ingenuos, sino hombres desconcertados en cuyos rostros afloran nítidas las marcas del temor y de la duda, porque el contacto con el horror, lo saben, es inminente. “Ayer vino la muerte y me quiso llevar”, arenga uno de los superiores, y los chicos repiten esa y otras frases que alguien compuso con la excusa de envarar la personalidad: “Sácale la lengua para que no grite, sácale las piernas para que no corra, sácale la mierda para que no joda”. Tizón explora esa mutación sin recurrir al artificio: nada de efectos especiales, ni música incidental, solo los destellos de las bombas, solo la voz y respiración de los protagonistas, solo los ruidos ambientales.
Me fui imposible ver “Vino la noche” y no pensar, por ejemplo, en “Días de Santiago”, en “La ciudad y los perros”, pero también en “Band of Brothers”, “Salvando al soldado Ryan”, “Full Metal Jacket” o “El hijo de Saúl”, ficciones que, estoy seguro, Tizón ha visto no pocas veces. Pensé también en “Teatro de Guerra”, el notable documental donde la escritora y realizadora bonaerense Lola Arias hace coincidir a seis veteranos de la Guerra de Malvinas, tres argentinos y tres ingleses, más de treinta años después del enfrentamiento. Los desgarradores testimonios de esos hombres confirman esa cruenta verdad que Paul Valery sintetizó con tanta lucidez: “La guerra es ese lugar donde jóvenes que no se conocen ni odian se masacran siguiendo las órdenes de viejos que sí se conocen y sí se odian, pero no se masacran”.
“Vino la noche” ofrece al espectador una visita guiada a la interioridad de jóvenes militares peruanos, así como el develamiento de los métodos de su formación como soldados de élite, que creen estar listos para matar y para morir. Pocas veces se ha visto en el cine nacional un espectáculo así de inquietante. Merece tener muchas semanas de proyección.
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