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El legado de Sendero, por Carmen McEvoy

"Sendero se nutre, sin proponérselo, de una tradición política que avala la violencia, celebra la mentira y utiliza la fuerza del enemigo".

Carmen McEvoy Historiadora

Abimael Guzmán

"Aún estamos a tiempo de responderle al fanatismo con ideas, rescatando la memoria como elemento de humanización". (Foto: Archivo El Comercio)

"Aún estamos a tiempo de responderle al fanatismo con ideas, rescatando la memoria como elemento de humanización". (Foto: Archivo El Comercio)

Uno de los más altos dirigentes de Sendero Luminoso –la organización criminal más letal de nuestra historia republicana– ofreció hace unos días una entrevista a “Caretas”. Haciendo gala del aire de superioridad moral que define a los terroristas y sin mostrar un ápice de arrepentimiento por el daño cometido contra el Perú, Osmán Morote renovó su apuesta por la falacia redentora compartida por los cientos de hombres y mujeres que se embarcaron en la denominada guerra popular. Así, el verdadero culpable dentro de su relato no es el preso, condenado por sus execrables crímenes, sino su carcelero: un Estado Peruano imaginado desde la soledad de la prisión. “Hace años leí en uno de los textos de Lenin que la reacción se esmeraba en convertir el derecho penal en una telaraña para cazar a los hombres como moscas, y que cuando más pugnen por liberarse, más se envuelvan”, afirmó Morote, el cientista social. Agregando que la tela de araña no puede durar “indefinidamente”, porque, aunque el encarcelamiento es duro, “jamás nos someterá” y mucho menos “debilitará nuestra profunda convicción de que el futuro pertenece al proletariado y al pueblo”.

Como muy bien lo ha anotado José Luis Rénique en su excelente libro “La voluntad encarcelada”, el senderismo define al Perú, en especial a su “Estado burgués decrépito y corrupto”, no solo con las categorías de la tradición radical (iniciada por Manuel Gonzáles Prada), sino desde las cuatro paredes de una prisión física y mental. Inventar un enemigo unidimensional (la tela de araña atrapando inocentes moscas) dota al combatiente de una misión cuasi escatológica, en la cual su voluntad se fortalece a partir de la mitificación y simplificación de la historia del Perú.

“Somos los iniciadores. Comenzamos diciendo somos los iniciadores. Terminamos diciendo somos los iniciadores […] Camaradas, la hora llegó, no hay nada que discutir, el debate se ha agotado. Es tiempo de actuar, es momento de la ruptura, y no la haremos en lenta y tardía meditación, ni en pasillos ni en cuartos silenciosos, la haremos en el fragor de las acciones bélicas”. Esta frase narcisista de Abimael Guzmán, además de revelar su ausencia de conocimiento histórico, se engarza, ironías de la vida, en una tradición decimonónica en la que la fundación de un tiempo nuevo, la eliminación del otro-enemigo y la reescritura de la historia convergen para crear el laberinto político y conceptual del que aún no logramos escapar.

En ese sentido, Sendero es una suerte de detrito histórico no procesado que revela un lado oscuro de nosotros mismos, que tanto los seguidores del “pensamiento-guía” como sus detractores no hemos enfrentado, salvo honrosas excepciones, con el coraje que dicha tarea demanda. En esta historia trágica que se inicia cuando nuestro primer presidente, José de la Mar, fue falsamente acusado y deportado del Perú, no existe la responsabilidad personal y menos la conciencia de los errores y muchos menos de los crímenes cometidos, de los que siempre se culpa a los demás.

Sendero se nutre, sin proponérselo, de una tradición política que avala la violencia, celebra la mentira, utiliza la fuerza del enemigo y mata física y simbólicamente en aras de una regeneración que nunca llega. Si el fanatismo y la falta de humanidad ha marcado nuestra historia, no sorprende que se pidan, desde siempre, las cabezas de los ministros, que los acuerdos nunca lleguen a buen puerto o que se hable, en la actualidad, de vacar al presidente de la República. Una suerte de muerte civil, ya que la física, al estilo Manuel Pardo o José Balta, ya no da réditos políticos.

Ahora que se celebran los 25 años de la captura de Abimael Guzmán por un puñado de ciudadanos que pusieron su inteligencia al servicio del Perú y se publican libros –unos con visos de novela policial y otros incluso teñidos de una “objetividad” (“decidan ustedes quienes son los buenos y los malos”) que espanta– es bueno recordar lo que el fenómeno senderista encierra. Acá me refiero a un voluntarismo irracional e inhumano que humilla, domina, maltrata, miente y destruye sin pestañear. Queriendo, asimismo, hacernos creer que esa perversión lo es todo y no existe una tradición de diálogo y civilidad en el Perú. Presentar a Sendero como un ‘deux et machina’ monstruoso no solo simplifica la discusión, sino que no ayuda a descifrar los elementos disfuncionales de la cultura política peruana que el terrorismo expresa de manera tan brutal.

En un mundo ideal, la caída de Abimael Guzmán hubiera significado el final de un estilo cruel de relación que se remonta a las guerras civiles que ensangrentaron la república y la sembraron de miles de víctimas inocentes. Sin embargo, aún estamos a tiempo de responderle al fanatismo con ideas, rescatando la memoria como elemento de humanización. Ello nos permitirá ver nuestra trayectoria personal y colectiva no como un infierno apocalíptico o un paraíso futurista, sino como un camino lleno de desafíos, pero también de grandes posibilidades de ser mejores por el bien nuestro y del Perú.

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