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Akira Kato: el maestro del vóley peruano

<strong>Metódico y disciplinado era Akira Kato, el entrenador japonés que elevó el vóley peruano a las grandes ligas mundiales. Su filosofía de trabajo ha sido considerada la base para que el Perú alcanzara, años más tarde, la medalla de plata en Seúl ‘88. Un 20 de marzo de 1982 el inolvidable maestro falleció sin cumplir uno de sus grandes sueños: ganar el mundial que se desarrolló ese mismo año en Lima.</strong> <img alt="KATO AKIRA002.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/huellasdigitales/KATO AKIRA002.jpg" width="480" height="420" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/>

Metódico y disciplinado era Akira Kato, el entrenador japonés que elevó el vóley peruano a las grandes ligas mundiales. Su filosofía de trabajo ha sido considerada la base para que el Perú alcanzara, años más tarde, la medalla de plata en Seúl ‘88. Un 20 de marzo de 1982 el inolvidable maestro falleció sin cumplir uno de sus grandes sueños: ganar el mundial que se desarrolló ese mismo año en Lima.

KATO AKIRA002.jpgLa tierra del ‘Sol Naciente’ fue el primer hogar de Akira Kato Tanabe, quien nació un 3 de noviembre de 1933. De joven era un gran deportista, extremadamente delgado y alto, además de formar parte de la selección de vóley de su país.

En mayo de 1965, Akira toma las riendas del equipo peruano por invitación de José Pezet Miró Quesada, impulsor y difusor del vóley. Cuando Kato llegó al Perú tenía 32 años. No conocía nuestra cultura ni hablaba el español. Solo traía bajo el brazo su receta para el éxito: rigurosa disciplina y trabajo y más trabajo.

Su primera acción en tierras peruanas fue inspeccionar la bombonera del Estadio Nacional. Akira solicitó que se cambiara el piso de cemento por uno de parquet. Aprendió con una facilidad increíble el español para estar sintonizado con sus pupilas.

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Recorrió el país y buscó nuevos talentos capaces de sacrificarse y trabajar duro y parejo para conseguir el triunfo. El régimen de entrenamientos pasó de dos horas interdiarias a cinco horas de lunes a sábado.
Con Akira se pasó del juego simple y temeroso, a los mates potentes sin perder la picardía propia de la mujer peruana.

Irma Cordero, Betty Saénz, Lucha Fuentes, Pilancho Jiménez, Norma Velarde, Ana María Ramírez, Ana Cecilia Carrillo y Olga Asato pertenecen a la generación que Akira preparó para ganar a los grandes equipos como Brasil y Japón.

Pilancho Jiménez lo recuerda así: “Era todo un señor. Bien caballero, nunca lo escuchamos hablar lisuras y mucho menos alzar la voz. Cuando se molestaba sólo decía -usted estar castigada- y esto significaba dos horas más de trabajo”.

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“Siempre usó un tono paternal con nosotras, sabía exigir y hacerse respetar sin usar la fuerza”, contó alguna vez Norma Velarde.

“Ustedes ser jugadoras de vóley no reinas”. Con estas palabras Akira prohibió que las voleybolistas entrenaran maquilladas y con peinados.

Sus métodos marciales e inflexibles dieron sus primeros frutos al conquistar el primer lugar en los Juegos Bolivarianos de Ecuador ‘65.

En 1967 Akira Kato demostraría a sus seguidores y detractores que para llegar a la cima se debe trabajar sin pausas ni contemplaciones. Ese año el equipo peruano viajó a Santos (Brasil) para participar en el campeonato sudamericano.

Su excelente participación preocupaba a las dueñas de casa pues el equipo peruano sería su rival en la final. Corría el rumor de que el japonés trabajaba cinco horas diarias, incluso después de los partidos. La prensa aseguraba que nuestras jugadoras estaban cansadas y daban por seguro la derrota.

Por primera vez nuestras matadoras ganaron al poderoso equipo brasileño en su cancha por 3 sets a 1.

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Ese mismo año el equipo peruano ocuparía el segundo lugar en los Panamericanos de Winnipeg y el cuarto puesto en el mundial de Tokio. En 1968, Perú obtendría el cuarto puesto en las Olimpiadas de México.

Con Akira Kato se inició una etapa de éxito para el deporte de la net alta. En muchos barrios del país miles de jovencitas soñaban con formar parte de la selección. El paciente japonés forjó una generación de deportistas de lujo, capaz de entregar el alma en la cancha.

(Lili Córdova Tábori)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio

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