"Tarata" y el cine peruano

En el post sobre “Máncora”, muchos de los comentarios buscaban dar una opinión sobre el cine peruano y sobre su actualidad. El tema de la producción nacional siempre será polémico, que últimamente (sobre todo a partir de la aparición de diversos blogs) suele llevar a la gente a extremos irreconciliables.
Lo cierto es que no se puede meter al cine peruano en un mismo saco y decir que todas las películas peruanas son de una forma: como en todas partes hay películas buenas y malas. “La teta asustada” no se parece en nada a “El premio”, ni “Tinta roja” a “El acuarelista”, ni “Días de Santiago” a “Dioses” (y eso que son del mismo director). Incluso películas que tocan un mismo tema no necesariamente se parecen entre sí: “La boca del lobo” utiliza los géneros para mostrarnos la guerra interna, mientras que “La vida es una sola” utiliza un estilo mucho más realista y observador. A su vez, “Coraje” decide irse por el lado del biopic mientras que “Tarata”, como veremos más adelante, busca una propuesta más moderna e introspectiva. Cada película responde a la propuesta de su director más allá de las temáticas que puedan tocar.Hay otro estereotipo sobre el cine peruano: es un cine lleno de calatas y lisuras. El año pasado se estrenaron, entre setiembre y diciembre, “Vidas paralelas”, “Pasajeros”, “Dioses”, “Un cuerpo desnudo” y “El acuarelista”. ¿Cuántas de ellas tenían calatas? (ok, se me dirá que “Dioses” y “Un cuerpo desnudo” tienen desnudos, pero por tener un desnudo una película no es “de calatas”. Si fuera así, todas las cinematografías podrían ser catalogadas de esa forma). Este año, ni “La teta asustada” ni “El premio” tienen calatas, y mucho menos “Tarata”. Es más: las única películas que recuerdo que tuvieron del 2003 en adelante un estreno comercial (sin contar las de Leonidas Zegarra) y que tenían como atractivo principal el desnudo femenino de alguna famosa (cosa que no está mal si se hace bien) son las “Mañana te cuento”.
Lo mejor que le puede pasar al cine peruano es que dejemos de etiquetarlo y comencemos a pensar en sus mecanismos de producción y de exhibición: en cómo hacer para que más películas peruanas se hagan y se puedan estrenar. La ley de cine que rige en nuestro país no se cumple, y ahora estamos en medio de un debate sobre dos proyectos que buscan hacer modificaciones a la ley actual. Gabriel Quispe, en la página web “Cinencuentro”, ofrece un muy esclarecedor artículo sobre el tema. Aquí el link:
http://www.cinencuentro.com/2009/06/18/ley-de-cine-impuesto-fondo-oportunidad/
Últimamente se ha hablado de un resurgimiento del cine peruano: los premios a “Días de Santiago” y a “La teta asustada”, además de las exhibiciones de “Paraíso” de Héctor Gálvez en el festival de Venecia y de “Contracorriente” de Javier Fuentes en el de San Sebastián, han hecho que se esté hablando de un nuevo cine peruano. Soy de los que creen que, a menos que no cambie la actitud del estado hacia el cine, las películas peruanas seguirán dependiendo de esfuerzos personales que no permitirán un desarrollo mayor de la producción nacional. El estado recién se acuerda del cine cuando alguien gana un premio, y en base a eso no se puede regir la política cultural de un país.
Ahora sí, hablemos de “Tarata”.
Conceptualmente, lo que quiso hacer Fabrizio Aguilar es arriesgado: tratar de hacer una película en la cual el miedo aparezca impregnado en cada uno de los momentos cotidianos de una familia. Se busca que la tensión se sienta en el ambiente, que esté incrustada en cada uno de los actos cotidianos de los personajes. El miedo rodea todo, incluidos los momentos en apariencia más relajados y felices, como las reuniones entre Claudia y su amiga, o la fiesta a la que van Claudia y su familia, y en la cual se tienen que quedar toda la madrugada por el toque de queda. Quizá ese sea el mejor momento de la película por el ambiente decadente que consigue transmitir.
Pero una película no es un concepto: lo que importa es cómo ese concepto está ejecutado. Y es ahí donde el filme falla.
Falla porque el diseño de los personajes responde a estereotipos que nunca evolucionan: el personaje de Daniel, por ejemplo, pudo haber resultado muy rico en su obsesión por descifrar las pintas senderistas de la universidad en la que trabaja, pero la película simplemente ilustra ese hecho sin generar ningún tipo de tensión, y lo va repitiendo una y otra vez. Y es justamente esa repetición la que va haciendo que el personaje, al resultar tan externa su motivación, se vaya convirtiendo en un mero esquema. Lo mismo ocurre con el personaje de la hija y su malestar casi innato: la película va repitiéndonos esa información una y otra vez pero sin generar ningún tipo de tensión o de angustia a partir de la puesta en escena, lo que hace que el mismo personaje se vaya encasillando. Vemos, de esta manera, ilustraciones de personajes que pueden vivir angustias internas o temores, pero que nunca llegan a ser transmitidas, lo que hace que sintamos toda la propuesta algo impostada.
La cinta falla también cuando comienza a acumular situaciones que tienen que ver con cómo el terrorismo se vivió en Lima. Por momentos la cinta busca ser una especie de “Greatest Hits” del terrorismo: arrestos extrajudiciales, intervención del ejército en universidades, coches bomba, desapariciones, toque de queda, entre otros. Al querer abarcarlos todos, la película se queda solo en la ilustración: ninguno de esos temas están tratados con la pausa o la tensión narrativa necesaria para que podamos sentirlos como reales. Una mayor concentración le hubiera servido al filme para que pueda trabajar mejor su propuesta.
Fabrizio Aguilar es un director con ideas interesantes: el momento de la fiesta ya mencionado y la escena en el que el protagonista y otro joven ayudan a colgar la bandera senderista resultan bien logrados. La idea de la universidad con pintas es muy buena, y en algunas imágenes está muy bien aprovechada. Hay un intento por hacer una abstracción del terrorismo, por representarlo a partir de escenarios, de objetos y de ambientes (la caminata entre carpetas amontonadas al momento de colgar la bandera es lograda justamente por el aspecto difuso, casi ininteligible del espacio) que resulta muy interesante, pero que se diluye en el intento de la película por querer abarcar tanto.
“Tarata” busca arriesgar y mostrarnos el terrorismo a partir de otra óptica, cosa que siempre es saludable. Lástima que también represente un paso atrás en la carrera de Aguilar, después de la apreciable “Paloma de papel”.
Este post es una invitación para hablar de “Tarata”, pero también para que opinen sobre cine peruano y sobre las propuestas que existen para cambiarlo. A debatir entonces.

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