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Tiendas de tecnología, como en la casa del herrero...

Si vives en Lima y necesitas algún componente, parte, accesorio, pieza o periférico para tu computadora, las mejores opciones suelen ser las mismas: elegir tu galería preferida en la avenida Garcilaso de la Vega o la que está antes del final de la avenida Arequipa. Puedes encontrar casi todo. Pero si a ese proceso quieres aplicarle algo de tecnología a comprar algo de tecnología, la cosa puede ir muy mal.

Me explico. Desde hace unos días cuento con una nueva PC de escritorio –de la cual les contaré en detalle más adelante- y necesitaba periféricos adecuados, para realizar mejor el trabajo. Le pedí consejo a los que saben y me recomendaron un teclado que venía en combo con un mouse, de la marca Razer, especial para quienes vamos a arrancar en el tema del ‘gaming’.

 

 

Luego, me pasaron el link con una oferta en una conocida tienda, de las que hablo al inicio de este post. Había la posibilidad de hacer compra en línea. Me animé y empecé el proceso.

Primera alerta: había que registrarse. Tuve un error en colocar la contraseña. Pedí que me enviaran un enlace para recuperarla a mi correo de Gmail. Hasta el día de hoy lo sigo esperando. Tuve que registrarme con un correo corporativo.

Segunda alerta: su página parecía hecha en los primeros años de este milenio y además no cargaba correctamente.

Tercera alerta: había la posibilidad de un chat en línea. Lo inicié y a los minutos recién me contestó el encargado. Le hice una pregunta específica. No respondió nunca. La sesión expiró. Al rato, recibo en mi correo electrónico un mensaje diciéndome que el producto estaba disponible solo en uno de los locales. Les contesté por esa vía… pero la conversación terminó ahí.

Fueron tres alertas claras a las que no les hice caso. “Lo importante es que funcione su sistema de venta en línea”, me dije. Seleccioné el producto, procedí a cancelar. Algo en mi interior me hizo elegir las opciones pago en efectivo y recoger en tienda. Se generó la orden de compra. La imprimí y al día siguiente fui a recoger el producto.

Llegué a la local en donde me habían indicado que había el producto. Había varias personas llevándose impresoras, tarjetas de video, monitores. Llegó mi turno frente al mostrador y le indiqué a la señorita que venía a recoger mi pedido. Entró al sistema. Buscó y buscó. Efectivamente. No existía. Era como si yo me estuviera acercando por primera vez a la tienda. La visita a su web nunca sucedió. Para hacer corto el cuento, habían existencias del producto, lo mandaron traer del almacén, pagué y me fui.

Sin embargo, me puse a pensar. ¿Qué diferente sería todo si estas tiendas, en las que sabes que probablemente encuentres lo que estás buscando a precios muy razonables, tuvieran un mejor servicio de venta en línea? ¿Acaso no les generaría mayores ventas? ¿No sería más cómodo tanto para el usuario como para el vendedor? Incluso la posibilidad del pago contraentrega o el recojo en tienda podrían ser tomadas también como oportunidades de negocio. ¿O será simplemente que en un negocio en donde el centro es la tecnología, la aplicación de esta es lo que menos interesa?

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