Vaya vacaciones

Desde hace casi 3 años que vivo fuera, específicamente en Madrid. Tengo que reconocer que no han habido vacaciones en las que no volviera a Lima. Esto no es algo de lo que me sienta orgulloso, no porque no extrañe mi patria sino porque debería aprovechar la oportunidad para conocer nuevos lugares. Esta vez se me volvió a presentar una oportunidad, tenía una semana libre así que Perú no estaba en mis planes, decidí ir a Estambul.Organicé mi viaje en dos días y, por supuesto, nada empezó como lo había planeado. Para ingresar a territorio turco como turistas, a diferencia de ciudadanos de otros países latinoamericanos y de los europeos que pagan directamente diez dólares en el aeropuerto de Estambul, los peruanos necesitamos visa. Semejante detallazo fue simplemente ignorado por mí. Digamos que me confié y actué con un sentido de la aventura bastante tergiversado. Como consecuencia de esta ligereza quedé retenido en el aeropuerto internacional de Estambul por aproximadamente 4 largas horas, perdiendo de esta manera mi traslado al hotel. Durante este interminable periodo de espera, en el que me confundí con mobiliario del aeropuerto casi me muero al ver cómo un grupo de policías turcos golpeaba brutalmente a un ciudadano de no sé dónde y no sé por qué. Al percatarse que yo observaba todo me gritaron que me alejara, todo esto en turco o inglés, la verdad es que no llegué a distinguir el idioma debido a los nervios.
Después de este triste episodio y previo pago de 100 euros me dejaron entrar en este hospitalario país. No puedo dejar de mencionar que mi mochila la encontré media hora después sin ayuda y sin tener que dar pruebas a nadie de ser su propietario. Luego me las tuve que arreglar para llegar al hotel con un taxista que no entendía ni pío de inglés y yo ni pío de turco (fantástico lenguaje el de las señas). La forma de conducir del taxista hizo que me sintiera en una combi, la forma frenética de tocar el claxon era música para mis oídos, los semáforos que solo servían para adornar las calles formaban instantáneas en mi mente de mi infancia en la desorganizada Lima. En pocas palabras, me sentía como en casa.
El taxi no me dejó en la puerta del hotel porque, según entendí, había mucho tráfico y me saldría más barato y rápido bajarme ahí y llegar caminando al hotel. Veinte minutos después de preguntar a todo el mundo (repito, fantástico lenguaje el de las señas) llegué al hotel, cansado, con medio día perdido, pero sano y salvo. Ya instalado en mi habitación me di cuenta que mi guía había desaparecido, ¡la había dejado en el taxi!, solo tenía un par de mapas de la ciudad, menos dinero, mucha cólera, pocas ganas y hambre, muchísima hambre. No había probado bocado desde el avión, así que ya de noche decidí aventurarme a saciar mi estómago de buen peruano.
Mi hotel no era un 5 estrellas, estaba en una zona, digamos, casi céntrica, pero no muy bonita. Encontré un restaurante que me pareció adecuado, pero luego de una infructuosa comunicación y un precio altísimo para tan “pequeño manjar” decidí andar sobre mis pasos y volví al hotel a pedir algo de comer y gastar más de lo debido.

Desperté al amanecer por un ruido muy extraño. Esa es una de las horas de oración en las mezquitas, los megáfonos de las muchísimas mezquitas que hay en Estambul suenan a la vez, produciendo un sonido envolvente que me hizo estremecer. Todo esto es muy místico, el sonido me puso la piel de gallina. Ya recuperado por la energía positiva obtenida y con las ganas de aventura renovadas salí a la calle, tomé el tranvía, bajé en la estación de Sultanahamet, y el espectáculo visual empezó a iniciarse por sí solo. Es impresionante cómo en una ciudad se pueden encontrar dos culturas distintas, la occidental y la oriental, de la mano sin que una estorbe la otra.
Sin guía tuve que dedicarme mucho a la observación, es así como logré cruzar el Bósforo en un ferry público y llegar al lado asiático de Estambul. Sí, señores, estuve en Europa y Asia en menos de 35 minutos, fue muy gracioso.
Los días pasaron, conseguí la guía y todo fue más fácil. En una oportunidad, después de recorrer sitios muy feos y algo peligrosos, logré llegar al bar de boza que tanto quería (la boza es una bebida hecha a base de trigo fermentado que es consumida principalmente en países del este). Ya de antemano sabía cómo se decía una boza en turco y fue gracioso porque nadie se dio cuenta que no era de allí, me sentí como en casa.
En un restaurante escuche “Sabor a mí” en turco, llegué a ver el Mar Negro y conocí palacios de ensueño. Turquía me recordó muchísimo a mi querida Lima, hay mucho desorden, desorganización y viveza, pero también se siente mucho la picardía, la comida es bastante condimentada y se siente el calor de gente. Antes que me olvide, me crucé con un peruano que trabajaba en un crucero y tenía unas horas libres, así que caminamos un rato. No cabe duda que estamos en todos lados… así fue mi semanita por la lejana Estambul.
Nicolás V. Arboccó, España
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