Atrás

Foto: tacit requiem
Aturdido, esa es la palabra que mejor describe mi estado aquel día. El sonido brusco de un avión al despegar hizo que reaccionara de aquel trance inexplicable en el que me sumí. Lamenté en el alma que ya no hubiese vuelta atrás; atrás, donde dejaba a mi madre, aquella mujer que fue madre y padre para su hijo, que desgastó y desgasta sus manos por ver a aquel niño tan inquieto con el mejor porvenir. Una mujer tan valiente que dejó ir a su único hijo a los 16 años a pesar de que ese muchacho nunca se había separado de ella por más de dos meses. Sabiendo que se les destrozaría el corazón a ambos al verse tan lejos, contenía el llanto para que el muchacho la viese firme, pero aquella mentira duró poco, la destrocé cuando me abalancé sobre ella para besarla y abrazarla sabiendo que no lo iba a volver a hacer en un buen tiempo. Corrieron las lagrimas pero no el llanto porque la arrogancia de mi edad me decía que tenía que parecer valiente para dejar tranquila a mi madre.
Atrás también dejaba a mi otra madre. Sí, porque tengo dos madres. Claro que una legalmente es mi abuela, pero solo legalmente porque aquella otra mujer también puso el hombro en el arduo trabajo de corregir al muchacho inquieto y loco que tenía como nieto, para ella su décimo hijo, a quien tantas veces aconsejó y consoló en sus llantos. Ese hijo, que se le iba haciendo un hombrecito y que para ella era el más guapo de todo el barrio, se le iba y no soportaba la idea. Se veía tan vacía sin su muchacho alborotando la casa con sus risas y sus locuras. No quería ver como se alejaba de ella, pero tuvo que hacerlo porque de otro modo no hubiese podido darme la bendición y tantos besos.Nunca pensé que fuese a llorar por una mujer y mucho menos a tan temprana edad, pero sucedió: dejé a mi primer amor. Solo el día de hoy entiendo que el primer amor no es tu primera novia ni la del primer beso, sino aquella chica que se desvivió por ti, con la que caminabas tan orgulloso sujetándola de la mano para que todos vieran que esa niña tan bella era tu novia; en fin, esa mujer que te hizo descubrir tantas cosas.
Atrás quedaba mi vida, las mujeres a las que amo con locura y mi familia, esa mezcla tan pintoresca de tíos y primos (creo que todos los que tenemos familias grandes somos afortunados. Mi madre tiene ocho hermanos y cada uno de ellos tienen como mínimo un hijo. Imagínense ustedes nuestras Navidades, cumpleaños, matrimonios y todas las fiestas habidas y por haber. Como buenos peruanos siempre encontramos un motivo por el que celebrar). También dejaba a lo que se podría llamar la extensión de mi familia: mis amigos. Pero no amigos de cualquier tipo, a los que uno llama amigos por que sí, sino amigos de verdad, de esos que conoces desde que tienes uso de razón, que estuvieron ahí siempre, a los que no le importa dejar de comer para que tú lo hagas también, de los que arriesgaban su integridad por defenderte de algo o alguien, esos que saben escucharte cuando más los necesitas y saben qué hacer para levantarte el ánimo, con los que compartiste tantas cosas, las primeras borracheras, las clases, fiestas, penas y muchas, muchas alegrías; simplemente eso, amigos.
El sonido del avión no es muy cómodo, creo yo, y mucho menos cuando te hacen volver en sí y te hacen ver las cosas de una manera tan fría. Nunca había sentido tanto miedo. Volaba hacia Madrid a vivir con mi padre, un desconocido, si les soy sincero, ya que en mis casi 17 años solo lo había visto una vez. Es decir, me transportaba hacia una vida totalmente nueva, país nuevo, cosas nuevas, amigos nuevos y familia nueva. En Madrid me esperaba mi padre y su familia, familia que desde ese momento iba a tratar de suplantar momentáneamente a la mía.
Desde aquel día han pasado poco más de dos años. Mi adaptación fue bastante rápida, ahora mismo estoy cursando el segundo año de Derecho en la Autónoma de Madrid, algo con lo que soñé toda mi vida. Llevo una relación bastante buena con mi padre, su esposa y mis hermanos. Tengo nueva gente a mi alrededor, gente que me ha dado mucho, gente a la que quizás llegue a considerar amigos -un comentario bastante injusto ya que tal vez hayan hecho tantas cosas por mí que ya los tendría que considerar como tales- aunque creo que ya empiezo a hacerlo a sabiendas de que nadie reemplaza a nadie, es solo que ahora tengo más amigos aún.
Hace un tiempo tuve una novia, malagueña ella, que hoy es una gran amiga y también me ha dado y me sigue dando cosas. Seguramente hoy por hoy es uno de mis pilares por estos lares. Tengo una comunicación continua con mis dos madres, mi familia y mis amigos. Hace un par de meses estuve en el Perú y seguramente por eso estoy tan tranquilo nuevamente por aquí. Hoy en día soy consciente de que todo esto tenía que pasar. Me tuve que hacer hombre de una manera violenta y enfrentar las cosas con la cabeza siempre en alto, tal y como sabemos hacerlo nosotros los peruanos, consciente de que los momentos difíciles llegarán, pero tendré que erguirme y dar el siguiente paso con más fuerza.
Hoy amo al Perú con más énfasis. Soy un embajador camuflado para todo aquel que quiera saber de mi tierra. Creo que somos un país maravilloso que se encamina hacia el cambio que tendrá un solo artífice: nuestro pueblo. Nosotros somos los únicos que podemos hacer que las cosas caminen verdaderamente. No nos esperancemos de gobierno alguno, sino pongámosle ganas a la vida y sigamos haciendo grande a un país que se lo merece y espera por ello.
Tras todo este relato he sacado una conclusión: solo me gusta el ruido de los aviones si van para Perú.
Miguel, Madrid.
P.D.: Ahora que volví, vi que mucha gente aún bota la basura por la calle sin tener cuidado de guardar sus ciudades. Les ruego encarecidamente que corrijamos aquellas cosas que a primera vista parecen nimias, pero que en verdad tienen mucha importancia. Recuerden que el cambio empieza desde las cosas más pequeñas, que para cambiar un país antes hace falta cambiar uno mismo. Eduquemos a nuestro hijos con ello. Gracias.
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