La casa rosada

Después de todo, nuestras diferencias era lo que nos atraía y nuestras extrañamente opuestas formas de ser siempren eran motivo de risas. Un día, “estúpido día”, todo dejó de ser atractivo y divertido. Todo se volvió extrañamente horrible.
Yo estaba trabajando en la computadora cuando él llegó del trabajo y empezó a fumar dentro del apartamento. Enojada con su actitud, rocié el neutralizador de olores. Esto lo enfureció tanto que repentinamente, con sus 1,90 metros de estatura, de un solo ¡zas!, cual avalancha, me arrancó el rociador de la mano y me arañó el dedo menique en la parte donde nace la cutícula, provocando que gotitas de sangre empezaran a caer sobre mi blanco vestido.
Mis 1,63 metros reaccionaron arrojándose encima de él. Sin pensar, en cuestión de segundos, yo estaba casi enroscada en su cuerpo tratando de darle una lección. “A una dama no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, decía mi abuelo. En medio de tal lucha, mis heroícos hijos aparecieron, me desenroscaron del atrevido y el lío se salió de los límites. Aquel extraño momento se tornó en un drama tremendo, y más aún cuando los insultos empezaron a brotar despavoridamente de uno y otro lado.
El susto y la sorpresa de todos por tamaña explosión nos llevó, a mis hijos y a mí, a parapetarnos en el dormitorio de ellos. Los insultos seguían y él golpeaba la puerta insistentemente queriendo entrar. Nunca lo había visto así, ¡¡¡tan furioso y tan presto a hacernos daño!!! Lo vi en sus ojos.Mientras tanto, pensaba que la solución era llamar al 911, pero la vergüenza de hacer un lío mayor me contuvo. Otra opción apareció… Aquella voz en la otra línea me dijo que debía salir de ahí inmediatamente y me indicó el lugar en donde encontrarnos. Tomé lo necesario y salimos. De pronto, mis hijos y yo estábamos en medio de cuatro paredes rosadas. Un camarote y la cama para mí. Nuestras vidas estaban ahora bajo el paraguas del Gobierno. Para ser más precisa, del Estado de Nueva York.
La noche había sido larga. Al día siguiente, aún somnolienta y sin poder procesar lo ocurrido el día anterior, solo atiné a seguir instrucciones. Recibí una tarjeta para retirar 600 dólares y otros 500 o un poco más para alimentos. Todo me lo dieron de emergencia. De pronto, estábamos viviendo en aquel cuarto de paredes rosadas. Tenía una cocina eléctrica, refrigerador, horno microoondas, televisor, utensilios básicos para cocinar y servir la comida; nos dieron sábanas, toallas y accesorios de aseo personal para los tres. Estaba impresionada por tanta generosidad y de la rapidez con la que el sistema ayuda a mujeres que, como yo, reportamos este tipo de abusos. ¡Eso fue increíble!. Nunca se me había ocurrido que esto existiera. ¡Nunca se me hubiera ocurrido que esto me pasaría a mí!
A la semana de llegar a aquel lugar, estaba sentada en una mesa con aproximadamente 10 mujeres más. Cada una se indentificaba por su nombre y contaba el estado de su situación: No recuerdo haber llorado tanto en mi vida como aquel día.
Ahí estaba Rene, la presidenta de las residentes. A ella, el esposo la puso de patitas en la calle y no le permitía ver a su hijo, solo por atreverse a exigir más atención y protección y porque tuvo la osadía de sacar su maestría en Sociología. Se casó cuando era muy joven y vivió dependiendo de él por 10 años hasta que un buen día él le dijo que tenía una nueva mujer y que ya estaba harto de ella, y simplemente la echó, prácticamente sin nada; así, medio vestida como estaba, a patadas, arrastrándola de los cabellos para dejarla fuera de su casa… Ella dice que nunca pudo hacer nada para reclamar sus derechos pues el esposo es un juez poderoso. Además, le tenía mucho miedo. Las peripecias que pasó viviendo sola la volvieron una mujer muy insegura y cuando creyó que había encontrado un poco de alivio y paz en su vida, un ángel apareció. El angelito resultó ser alguien de alguna mafia y ella tuvo que salir huyendo. El tipo este la encontró y le dio tremenda paliza, la mantuvo encerrada y durante un año no solo la golpeó sino que la violó… Había escapado nuevamente y ahora estaba ahí, conmigo, a mi lado. Fue ella quien me abrazó y, tomando mi mano, me dijo: esto pasará también.
Laura, una afroamericana. Un galán tocó su corazón y apenas cuatro semanas después se ofreció muy gentilmente a pagarle la luz y el agua de su casa. Ella se negó, por supuesto, pero el galán tomó sin permiso los recibos y simplemente los pagó. Para evitar el enojo, muchas flores adornaron su casa además de cuanta consideración él expresaba por abnegada madre y adorable mujer. Felizmente, la inteligente Laura no dudó en denunciar el hecho, pues cómo era posible que alguien a quien prácticamente acababa de conocer se tomara semejante atribución. No se equivocó. El tipo ya estaba listo con sus maletas para mudarse a su casa, exigiendo sus derechos… ¿¿¿cuáles derechos??? Él empezó a acosarla al grado de amenazarla de muerte, razón por la que tuvo que salir de su propia casa. Y allí estaba ella con sus dos hijos; lejos, muy lejos, de su hogar.
Cynthia, con su acelerada forma de hablar. Aquel día tenía el pelo castaño casi rubio. Al día siguiente se cambió el color a negro y lo mismo hizo con su hijo. Tenía delirio de persecución y antes de salir o entrar al edificio miraba por todas partes. La última vez que la vi se había ido a comprar un helado y vi lo contenta que estaba mientras lo saboreaba cuando subiamos en el ascensor. Un par de horas después, unos policías que se identificaron como miembros del FBI llegaron a arrestarla. El marido la había denunciado por secuestrar al hijo de ambos. Lo único que ella había hecho fue escapar de las garras del abuso, y su viaje desde Washington, tratando de encontrar ayuda, se acabó en un abrir y cerrar de ojos. Su millonario marido, un inmigrante ruso, la encontró ahí en apenas tres días. Nadie pudo hacer nada para evitar que se la llevaran. Ella había hecho caso omiso a una orden de restricción judicial y ante ello la ley no podía defenderla. ¡¡¡Se la llevaron presa!!!
Elizabeth, una juvenil hondureña de ojos muy lindos y tiernos 19 años. Se casó con un hombre 15 años mayor que ella a quien amaba y respetaba. Pero, como ella dice, aquel espantoso día se le cruzaron las tuercas y abusó de ella, y abusó de ella y abusó de ella… Y abusó y abusó… Aún no puede creer que su gentil, noble, tierno, dulce y comprensible esposo haya cometido semejante barbaridad. ¿¿¿Por qué???… Nunca más volveré a creer en un hombre, decía.
Muchas mujeres en este país están sufriendo los estragos de una vida violenta junto a sus esposos, quienes regresan después de participar en la guerra con Iraq. Así llegó Shoshaya, mi vecina, una jamaiquina embarazada, casi a punto de dar a luz. El esposo la golpeó a pesar del embarazo. Ella y su hijo de 8 años llegaron en pleno otoño con su ligera ropa de verano desde Tampa (Florida), escapando del veterano de guerra.
Poco antes de nuestra salida, llegó María. Ella era lesbiana y había sido abusada físicamente por su ex pareja. Por alguna razón que ya no supe, el ex esposo la agarró a golpes en la calle un día que al parecer la siguió. Y, aunque ella lucía muy masculina, no pudo superar las fuerzas de aquel brutal asalto.
Elsa. Todavía sigo pensando en Elsa. Estaba embarazada también y el novio, padre del bebe. La insultó, le pegó y la sodomizó. Esto fue lo más horrible que escuché durante mi estadía en aquel lugar. Y me partió más el corazón saber que el desalmado era nada más y nada menos que peruano.
Estas son solo algunas de las muchas historias que tuve la -no sé si decir mala o buena- suerte de escuchar. Y todas, aunque he cambiado algunos nombres, son historias reales. Cuando pienso en estas mujeres y lo comparo con lo que a mí me pasó aquel “estúpido día”, me pongo a pensar que tal vez yo abusé del sistema. Hice drama por nada y muchos meses después de salir de aquel lugar sigo buscando la verdadera razón por la que tuve que pasar por ahí, ¡con mis hijos varones! Tal vez ellos tenían que aprender alguna lección. Supongo que yo también, al igual que mi esposo.
No voy a contar cómo fue mi reconciliación porque eso es lo menos importante. Lo importante es hacer de conocimiento público y llamar la atención. Hay muchas mujeres que sufren de maltrato, no solo físico sino también psicológico y emocional. Muchas no lo denuncian por miedo y por vergüenza. Mi intención es alertar que esta plaga se está expandiendo en todos los niveles y en todo el mundo, y está ocurriendo, a veces, sin razón aparente, como me pasó a mí. Yo diría que es una enfermedad social. Todos somos parte de esta sociedad y debemos hacer algo, ¿no creen? No tiene sentido seguir ignorándolo y hacer como si no existiera, o decir “nada de eso pasa en mi casa”. ¡¡¡Mentira universal!!!
Me invitaron a participar en seminarios sobre violencia doméstica y, especialmente, a escuchar los trabajos y, aunque pocos, los importantes informes de los logros que la ciudad y el Estado de Nueva York están teniendo al ayudar a las mujeres, niños y también hombres que se ven envueltos en una situación similar. Esta es una de las ciudades que más logros ha alcanzado respecto a este tema, y esto incluye ayuda y terapias psicológicas para personas abusadas; lo mismo que terapias de manejo del temperamento y, sobre todo, información para prevenir, controlar y evitar ser víctima de violencia doméstica.
Aquí les dejo un link para que si en algún momento algún o alguna compatriota se ve envuelto(a) en una situación parecida, al menos sepa a dónde puede acudir. Ojalá nunca tengan que usar estos servicios y ojalá más hombres se atrevan a hablar del tema también. Muchos de ellos cuando eran niños vieron algo parecido y ya mayores repiten lo que vieron.
Marlene Ronan, Estados Unidos
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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