Sobre gustos y colores...no han escrito los autores
Hace poco en este blog se publicó un artículo que envié tiempo atrás. En él hablaba de las diferencias culturales entre un país cualquiera y nuestro Perú. De manera general, citaba algunos ejemplos y en una de las líneas mencioné al “aguadito” que cocina mi mami, un aguadito de menudencia (con cuellitos, alitas y patitas de pollo).
La patita de pollo levantó polémica. Algunos peruanos comentaron con asombro que no podían ni imaginar comerse una patita de pollo. A mí esos comentarios de sorpresa me causaron gracia. Una amiga mía aquí en Holanda sugirió que la patita se había vuelto famosa y que merecía una pagina de Hi5 o Facebook, eso sí, manicure (¿o pedicure?) de por medio.
Al inicio pensé en escribir este artículo a manera de broma, quería empezar con algo así como “Érase una vez una patita” o empezar al estilo de la antipática Laura Bozzo “¡Que pase la patita!” (ja,ja me río yo sola). Sin embargo, al final me di cuenta de que el tema es serio y que da para mucho más que una simple broma, además de darme la excusa perfecta para hablar de las diferencias culturales en la comida.Una de las cosas que sin lugar a dudas se extrañan más al salir del Perú es la comida. El peruano está acostumbrando a comer rico y somos tan afortunados que, gracias a la diversidad de nuestra tierra, comemos fresco y variado.
En la página de promoción del Perú perumuchogusto.com (les sugiero leer la introducción) hacen una descripción perfecta de lo que significa la comida para el peruano. Copio aquí algunas líneas, porque según mi modesto entender, encierran en gran medida el sentir de los peruanos respecto a nuestra comida:
“Cuando oiga decir a un peruano que la nuestra es la mejor cocina, recuerde siempre que este nada ingenuo atrevimiento nos lo da el pensar que si de sexto sentido se trata, los peruanos tenemos dos veces el del gusto.
Comer en el Perú, es un viaje en sí mismo. Desde el prodigioso mar peruano del que salen como nadando nuestros cebiches, pasando por los Andes y sus cientos de variedades de papa, hasta la Amazonía, cargada del exotismo de una cocina misteriosa y natural, tenemos una sola gran ruta que hace del Perú un único territorio, la ruta que delinean nuestros sabores.
Cocinar bien y entender de buen comer es tal vez la costumbre más extendida entre los peruanos. Comemos de todo y en todas las ocasiones. Cuando nacen nuevos, cuando mueren viejos, cuando los niños se hacen adultos, cuando queremos decir la verdad o alguna que otra mentira, para seducir, convencer o amar. Un testigo sin omisión es siempre una mesa bien servida!..”
Por todo lo antes mencionado, es lógico sentirnos orgullosos de nuestra comida y es lógico también que esta sea una de las cosas que más extrañamos y más comparamos con la comida del lugar al que llegamos. Esto, unido a nuestro temperamento, nos hace caer en extremos y en un poco de intolerancia, afirmando que lo nuestro es mejor que todo lo demás (¡pero es que sí lo es! ja,ja). ¿Qué puedo decir? También yo me he sorprendido a mí misma cometiendo este “atropello” a otras culturas.

La lista de platos típicos peruanos es innumerable. La patita de pollo es parte de la cocina popular y parte de nuestro riquísimo bagaje culinario, que igual no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Una patita de pollo (en mi caso sin uña) en un aguadito es tan rica como una patita con maní, un cau-cau, un mondonguito a la italiana o unos anticuchos! Todos ellos son “menudencia” y todos ellos arrugarían la frente de un extranjero promedio, y por lo que veo, la de algunos peruanos también. La comida peruana es tan variada y el Perú tan diverso con su costa, sierra y selva que también es comprensible que no por ser peruanos nos tenga que gustar todo lo que se come en el Perú.
Vivo en Holanda hace siete años, los primeros dos años no lograba acostumbrarme a muchas de las cosas que son tan diferentes aquí. A pesar de ser muy libre de ideas y no tener ningún problema en probar todo lo nuevo sin limitarme o encerrarme en que lo mío es lo mejor, igual extrañaba la comida peruana. El primer año me pasé preguntando en el foro de peruanos de El Comercio dónde podía conseguir el ají amarillo y el ají especial para cocinar en Holanda (muy difícil, hasta ahora lo tengo que traer de Perú para hacer un estofado o un ají de gallina como Dios manda). Además, también me quejaba de no encontrar muchísimas otras cosas más (limones, frutas, choclos, gelatina, manjarblanco, etc.). Sin embargo, con el tiempo aprendí que no era tan difícil, que quizás sabía algo distinto, pero que con un poco de arte tampoco era tan diferente (¿o será que ya me acostumbre?). Ahora ya sé que tengo que ir a la sección de “productos exóticos” en algunos supermercados, al mercado de los turcos o a un “toko” (tienda de productos extranjeros) y que encontraré casi todo lo que busco.
La comida holandesa es, para un peruano, muy simple. En realidad, hay muy poco “típico” holandés. Aquí se come mucho pan de molde y mucha papa, al holandés promedio no le gusta mucho el arroz. Prefieren las papas y la pasta. Además, aquí un almuerzo es un pan de molde con algo adentro, normalmente frío (el primer año yo me quejaba de pasarme el día tomando “desayuno” por la cantidad de pan de molde que se come al día). La única comida caliente es la de la cena.
Una comida típica aquí es un “prakkie”, es decir, papas sancochadas aplastadas como para puré y mezcladas con alguna verdura de estación. Esto, acompañado con alguna porción de carne, mayormente cerdo o salchichas. Además de esto hay muy poco típico, alguna sopa, un tipo de buñuelo, un tipo de alfajor, el arenque (pescado crudo ahumado) y por lo demás muchas cosas adaptadas de otras culturas (de Indonesia, China, Vietnam). Como ven, nada sofisticado, muy simple, pero no por eso menos rico.

Comerme el arenque (haring) el primer año fue una experiencia horrible. Lo detesté. Sobre todo porque me lo dieron a comer según costumbre holandesa (agarrándolo de la cola y recibiéndolo con la boca abierta). Ni más, me dije. Sin embargo, lo volví a probar un año después a insistencia de mi suegro, luego una vez más y otra, hasta que hace poco terminé comprándolos yo misma. Ya no me parece malo, eso sí con cebollitas y dentro del pan. Mi esposo tuvo una experiencia similar con el cebiche. El primer año lo detestó, decía que era pescado crudo (a pesar de que le expliqué que se cocinaba con el limón) y que además tenía demasiado limón.
Sin embargo, deberían mirarlo ahora. Comía un poquito a insistencia mía, luego empezó a picar de mi plato y ahora, en cada viaje a Perú, él se pide un buen plato de cebiche para él solo (¡y con canchita por favor!).
Este es el gran choque cultural aquí en Holanda para un peruano acostumbrado a comer tan variado, entonces se entiende que nos pongamos tan nacionalistas en lo que a comida se refiere. Sin embargo, trabajar en una empresa multinacional aquí en Rotterdam y viajar un poco por varios países me ayudó a controlar ese grito de “no hay nada mejor que la comida peruana”. Tengo colegas de diferentes nacionalidades: holandeses, chinos, tailandeses, griegos, alemanes, rusos, turcos, afganos, antillanos, franceses e italianos. La hora del almuerzo es una hora de fiesta porque, a excepción de los holandeses y alemanes, todos los otros llevamos algo que no sea solo pan. Algunas veces he llevado algo peruano, una causa, un ají de gallina, un arroz con pollo, que han causado sensación entre mis colegas. Pero de la misma manera me he tenido yo que sacar el sombrero por los platos tailandeses, antillanos e italianos, entre otros.
Igualmente, viajando por otros países como Portugal, Grecia y Turquía he probado platos muy buenos que me han hecho controlar un poco, aunque no del todo, mi excesivo orgullo por la comida peruana y me hacen recordar que, aunque algo sea muy rico para mí, no tiene por qué serlo para la otra persona y viceversa.
Mi madre aún me sigue enviando mis sobrecitos de comida peruana para cuando me antojo de cosas que definitivamente no podré encontrar aquí (mazamorra morada, olluquito, carapulcra). Ya sé que no es lo mismo, pero con un poco de arte transformo la comida del sobrecito en una buena réplica del original (como dice el dicho: a falta de pan, buenas son tortas). Con lo demás me las apaño bastante bien y sobre todo ya no me quejo. Ahora comemos muy democráticamente en casa: internacional, holandés y ¡peruano!
Buen provecho.
Anyela Ramos, Holanda.
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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