¡Mamá!

Qué maravilloso fue escucharte llamarme así por primera vez. Especialmente porque para mí el camino hacia la maternidad no había sido el usual.
Todo empezó hace 14 años. Yo estaba en casa, en el baño, con un libro sobre las piernas y el pantalón bajo las rodillas. Era un libro sobre un método natural descubierto por el doctor australiano John Billings, que permite a las mujeres controlar su fertilidad. En el libro proponían usar este método para evitar el embarazo, en lugar de tomar anticonceptivos o usar antipáticos dispositivos o condones. Pero yo había comprado el libro para usarlo al revés porque llevaba 3 años de casada y no quedaba embarazada. Yo quería ser madre. Pero la naturaleza me lo negaba.
Sentada en el baño, estaba leyendo sobre el tiempo durante el cual una mujer es fértil: 12 horas para quedar embarazada. Si en ese lapso no se dan las condiciones románticas o pasionales propicias y el óvulo no es fecundado, entonces a esperar hasta el siguiente mes. Claro, qué difícil, solamente 12 horas. Incluso hasta para las mujeres que no tienen problemas, coincidir con esas 12 horas no es siempre tan evidente – pensé.
El timbrazo del teléfono me sacó de mis cavilaciones, y atrapé el inalámbrico que tenía a mis pies. Esa llamada era la respuesta que había estado esperando los últimos 6 meses. Esa llamada cambiaría mi vida.
Seis meses antes tu papá y yo habíamos iniciado los trámites necesarios ante la Oficina de Adopciones en Lima. Habíamos decidido irnos a vivir al Perú, dejándolo todo en Noruega. Una vez instalados empezamos las entrevistas, evaluaciones, visitas de los funcionarios a nuestro hogar, cantidad de trámites rabiosos; documentos y fotografías y una biografía de cada uno de nosotros, explicando nuestras motivaciones y razones; obtención del visto bueno como pareja preadoptante; rechazo de nuestro expediente al cabo de 15 días por ser mi marido extranjero y haber residido menos de dos años en el país; nuestra respuesta aludiendo a la Constitución peruana y el párrafo sobre la discriminación; viernes santo visitando siete iglesias pidiéndole a Dios ayuda; y poco después la entrevista final con la Directora de la Oficina de Adopciones en la que reconoció que había un vacío en la ley al tratarse de parejas mixtas (peruana con extranjero o viceversa), y dio una respuesta positiva a nuestra petición. Dios siempre escucha.
Al final de todo esto, solamente nos quedaba esperar esa llamada en la que un día de junio nos comunicarían que la Oficina de Adopciones nos había designado un niño en adopción. Un niño, de casi 7 meses de edad, varón. “Deben acercarse a nuestras oficinas para darles la información que tenemos sobre el niño, y si ustedes aceptan a este niño, les entregaremos el documento con el cual podrán ir a verlo al hogar donde se encuentra. Felicitaciones”.
Colgué el teléfono casi temblando de la emoción. ¡¡¡Estoy dando a luz!!!, grité. De un salto salí del baño y con un nudo en la garganta llamé a mi esposo inmediatamente para comunicarle la maravillosa noticia. Llamé a mi madre, a una tía muy querida y a una amiga. Entre llantos y llamadas, “mi parto” duró 3 horas.
El libro sobre el método Billings yacía todavía en el suelo del baño. Al levantarme para atrapar el teléfono lo había dejado caer. No lo necesitaba más. Ni ese libro ni todos los otros documentos que había leído sobre la fecundación in vitro, ni los folletos de clínicas donde por 3.000 dólares por cada intento quizá podríamos ser padres.
En la Oficina de Adopciones nos mostraron la fotografía de un bebe con rostro inexpresivo. Viendo tu rostro pensé en el dolor que habría sentido tu madre biológica al tomar tremenda decisión empujada por su desesperada situación, y se me nublaron los ojos. ¿Cómo no íbamos a aceptar ser padres de tan lindo angelito?
Un par de días después de la llamada, fuimos a verte por primera vez, hijo de mi corazón. La directora del hogar nos dejó estratégicamente solos a los tres en una salita del hogar donde habías pasado tus primeros meses de vida. De rato en rato se abría la puerta y dejaba entrever las sonrisas y miradas del personal del hogar y su cariñosa complicidad. En aquella salita me miraste seriamente, inclinando la cabecita para un lado y para otro. Me estudiaste. Te dejaste cargar por mí y por tu papá. Nos aceptaste. Sonreíste y te dejaste amar.
Un año y medio después de recibirte, volvimos a vivir un día feliz como este, cuando recibimos a tu hermanita, en la salita de otro hogar de Inabif.
Después de 6 meses de “embarazo”, horas de trámites en el Palacio de Justicia, y sin desembolsar un centavo éramos tus padres oficialmente. No es nada comparado con el costo económico y psicológico de la fecundación in vitro, que a veces funciona y a veces no. Y mucho menos comparado con el tiempo y los costos de la adopción en Noruega: hasta 4 años de espera y los más de 15.000 dólares que cobran las agencias de adopción, sin incluir los gastos de viaje al país de procedencia del niño.
Y desde luego, no es nada al compararlo con la inmensa felicidad que sentí el día en que tú, mi primer hijo, me dijiste por primera vez: ¡Mamá!
Lucy Hermoza de Rigal, Noruega
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