Tiempo de volver

Desde que estaba en el aeropuerto de Toronto esperando mi vuelo hacia Lima ya tenía los síntomas de la ansiedad, del nerviosismo, porque, caray, iba a regresar a mi patria después de una larga ausencia. Desgraciadamente había tenido que esperar para volver, por eso mi ansiedad era grande. Mi esposo, quien me había oído hablar del Perú una y otra vez durante años, trataba de calmarme, pero también estaba ansioso porque era su primer viaje a mi tierra.Durante meses había ejercitado mi memoria cerrando los ojos y tratando de recordar lugares, calles, plazas y avenidas. Recorría mentalmente la avenida Arica, la plaza Bolognesi, el Paseo Colón y la avenida Arequipa, hasta que llegaba a Miraflores y caminaba por la avenida Larco hacia el malecón. También recorría con la memoria las calles de San Isidro, El Olivar, las tiendas, forzaba los recuerdos para traer de vuelta cada mínimo detalle. Había días en que me decía que iría al centro de Lima para recorrer el Jirón de la Unión, la Plaza de Armas, la Catedral, la avenida Abancay, el mercado central y el barrio chino y sus calles aledañas que me traían tantos recuerdos.
Pero esta vez sería diferente porque no recorrería todos esos lugares con mi mente, esta vez iría personalmente a visitarlos. Además, la emoción de volver a ver a mis seres queridos era lo que me causaba esa sudoración de manos y esa ansiedad en mi pecho. Por otro lado, le había prometido a mi esposo que lo llevaría a recorrer algunos de los lugares más hermosos del Perú y hacer que el tiempo se estirara porque había mucho que ver.
Traté de dormir durante el vuelo, así se me haría mas corto el viaje. Cuando finalmente aterrizamos, cuando pude por fin pisar el suelo peruano, me entraron de pronto unas ganas locas de besar el piso (no, no lo hice, tranquilos). Llegaba por fin a mi tierra a encontrarme con mi gente, mi idioma, mis costumbres.
Pasar por todos los trámites de migración se me hizo eterno. Al salir del área restringida, la familia y los amigos estaban ahí, esperándonos llenos de alegría, con carteles, con flores, con llanto, con abrazos eternos. Era la hospitalidad del peruano que se ponía una vez más de manifiesto. Mi esposo no salía de su asombro ante estas demostraciones de afecto. Todos habían sido muy generosos de esperar por nosotros en el aeropuerto pese a que llegamos muy tarde en la noche y terriblemente cansados, pero no importaba, ya estabamos finalmente ahí.
Días después todo fue un conjunto de visitas, desayunos deliciosos, almuerzos y comidas con la familia, con los amigos, con los viejos compañeros de colegio y del barrio. La familia había crecido muchísimo, había nuevas caras, los chicos ya no eran tan chicos, las canas habían invadido las cabezas de tíos y primos y algunos ya no estaban físicamente con nosotros.
Caminé e hice caminar a mi esposo por toda la ciudad y no salía de mi asombro al redescubrir a mi Lima tan cambiada, tan desarrollada. No traía ninguna expectativa porque había dejado esta ciudad como quien deja a una adolescente en camino al crecimiento, pero ahora regresaba a encontrarme a una Lima adulta, moderna, limpia, hermosísima y sobre todo segura. ¡Mi alegría y mi orgullo no tenían límites! Confirmé que mi identidad de peruana seguía íntegra. Pero como Lima no es todo el Perú decidimos tomar rumbo hacia otros destinos y es así que nos fuimos al norte, vimos las más hermosas playas de Trujillo y Piura, y comimos riquísimo en Chiclayo y Cajamarca.
De regreso a Lima pudimos almorzar en el Callao, visitamos los restos arqueológicos de Pachacamac, viajamos hacia las líneas de Nasca, conocimos las exquisitas playas de Paracas y vimos el increíble contraste de colores y paisajes que la linda Arequipa nos brindó. Luego nos dimos una vuelta por Ayacucho con su sinnúmero de iglesias y finalmente hicimos el tan esperado viaje a Puno, Cusco y Madre de Dios. Era como si todas mis memorias, todas mis fantasías fueran, por fin, realidad. Es bueno decir que todo no estaba como recordaba, la gran mayoría de estas ciudades había mejorado.
Sería largo contarles nuestra experiencia en cada uno de los sitios que visitamos, solo me resta decir que mi esposo se ha quedado maravillado de lo que vio, comió y bebió, y creo que ahora tenemos un nuevo embajador del Perú en Canadá.
Volver al Perú ha sido una experiencia muy enriquecedora. Qué orgullosa me he sentido de ver a mi país progresando. La cantidad de construcciones y nuevos edificios y viviendas es increíble. Sin embargo, siempre habrá quien me diga que he tenido suerte de no ser asaltada o que aun hay mucho por hacer. Es verdad, no puedo estar más de acuerdo, pero para quien regresa después de una mediana ausencia es muy alentador ver que el país ha crecido y cambiado para bien.
He vuelto a mi vida en Canadá cargada de regalos, fotos, recuerdos y emociones, pero básicamente he regresado cargada de esperanzas. Faltan algunos pocos años para me retire y quizás cuando regrese a Perú esta vez sea para quedarme.
D.Wale, Canadá
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