El sueño prestado

Llegué hace 8 años a Estados Unidos. Yo apenas tenía 15 años y mi hermanita menor tenía 10. Empezamos la escuela dos semanas después de nuestro arribo a una nueva vida. Nosotras llegamos solo con mi mamá y mi padre llegó 10 meses después por un tema de la visa.
Los cambios fueron muchos, pero cuando uno es niño ni los aprecia. Nuevo idioma y nuevos amigos, cada uno con un acento diferente. Los profesores y el estilo de las clases eran totalmente distintos a lo que estaba acostumbrada. Cambiaba de salón en cada clase y solo había 4 o 5 clases al día, fuera de que el idioma es totalmente distinto al que estaba acostumbrada. Mi madre llegaba bastante tarde a casa, ella consiguió un buen trabajo en un banco apenas llegamos, pero lamentablemente tenía que quedarse más tiempo de lo establecido. Yo tenía que salir a las 5 de la mañana para poder coger el bus a tiempo, mi hermana menor se iba horas después.
Durante los dos primeros años las cosas iban de maravillas. Mis padres tenían buenos trabajos. Yo había terminado la escuela secundaria con muy buenas notas y mi hermana menor estaba en el equipo de básquet y era la mejor jugadora de su equipo. Su futuro se veía prometedor: becas, universidad, todo tipo de oportunidades para tener una buena educación. Tuve la oportunidad de entrar al college, lo digo así ya que en muchos aspectos es posible que una persona sin papeles en este país pueda trabajar, pero bastante improbable que pueda estudiar pagando lo que los americanos pagan por su semestre en la universidad. Dios fue grande y con la ayuda de un gran amigo ingrese al college de la comunidad. Mi meta era arreglar mi situación migratoria mientras estaba en la escuela. Mis papeles habían sido alterados para así poder estudiar sin problemas. Había ingresado pero necesitaba todos mis papeles para poder graduarme y así seguir a la universidad. Mientras tanto, los meses pasaban y no veía ningún avance en cuanto a mis papeles migratorios. Mis frustraciones empezaron a salir cada vez con más y más frecuencia y las responsabilidades crecían cada día más. Sentía que las puertas se me cerraban, me sentía asfixiada de tan pocas oportunidades. Mis grandes sueños se convertían en pesadillas.
Las cosas empezaron a ponerse difíciles. Luego del 9/11 muchas puertas en este país se cerraron para muchos inmigrantes. Creo que eso no es un secreto, ya que estaba en todos los diarios del mundo. Las peleas con mi familia eran cada día más constantes, tanto así que a los 20 años decidí irme de mi casa, sin embargo, ese no fue el único motivo. Como dije al comienzo, los cambios fueron bastante grandes. Dos años antes de mudarme de mi casa descubrí que mi orientación sexual había cambiado. Mi gusto por las mujeres empezó a desarrollarse cada vez más seguido. Antes nunca había tenido ninguna experiencia homosexual. Todo empezó como un juego y terminé en una relación por 3 años con una gran mujer. Viví con ella por 8 meses y luego de sus altas y sus bajas terminamos como amigas. Ahora cada una tiene su vida, lo que realmente quedó fue una gran amistad.
Desafortunadamente mis padres no fueron capaces de aceptarlo. Mi madre hasta el día de hoy cree que en algún momento de mi vida me casaré con un hombre y tendré una familia. Pero eso está muy lejos de su realidad. Yo quiero tener hijos en algún momento de mi vida y encontrar a la mujer que desee pasar el resto de su vida compartiéndola conmigo.
Los años siguieron pasando y mi situación migratoria seguía en las mismas, no avancé por ningún lado. Seguía tomando clases en el college de la comunidad y mis sueños estaban en “stand by.” Sentía que mi vida entera estaba en pausa.
Mi licencia para manejar había sido cancelada, suspendida y ya estaba vencida. Estaba atrasada en los pagos mensuales de mi carro, a un paso de que me lo quiten. Mi madre se había quedado sin trabajo, mi padre tenía un trabajo en el que no le pagaban muy bien y mi hermana había terminado la escuela a las justas. Meses después mi mama abrió una compañía de limpieza. La situación económica en este país empezó a caer. Jamás imaginé ver a mi madre ya en sus 45 años limpiando casas ajenas luego de trabajar en una agencia de publicidad por más de una década y de llegar a este país y trabajar en uno de los mejores bancos de los Estados Unidos. Mi madre estaba limpiando casas para poder darnos un techo y darse ella una vida digna. La mala racha continuó: le quitaron el carro que con tanto esfuerzo pagaba y su crédito se destruyó de un momento a otro. En este país, sin crédito no eres nadie. Teníamos deudas atrasadas, un solo carro y trabajos mal pagados. La fe fue desfalleciendo poco a poco. Mientras tanto, las peleas se volvían más constantes.
Realmente no veía ninguna luz de esperanza en este túnel completamente oscuro en el que me había metido. Dios dejó de ser el amigo al que le hablaba todas las noches, ahora le hablaba cuando me acordaba. Mis relaciones personales estaban pasando por un momento crítico. Me vi sin nada, vacía y completamente perdida. Lo único que quería era irme de este país. Dejar de sufrir. ¡Un milagro!
Pero dentro de toda esta oscuridad en la que vivía, sabía que tenía grandes amigos, gente en con la que podía contar. Luego de 7 años me casé con el hombre más espectacular, a quien había conocido hace 8 años atrás en la secundaria. El motivo más grande era arreglar mi situación migratoria. Él quería y deseaba que yo vuele libre y cumpla esos grandes sueños de los que venimos hablando desde adolescentes. Nos casamos y meses después llegó mi cita con inmigración. Con mucha alegría fuimos para la famosa cita migratoria, y luego de horas de preguntas y de respuestas terminamos con la triste noticia de que me iban a poner en “hold”. Eso quería decir que sin residencia no podíamos irnos de viaje al Perú, por lo que no podía ir a ver a mi familia, amigos y primos que tanto deseo ver desde hace 9 años. La melancolía invadió mi espíritu y muchos de mis días. Creí que otra puerta en este país se me estaba cerrando en la cara. Poco a poco las cosas se fueron solucionando, aunque aún no tengo mi residencia tengo mucha fe en que me la darán pronto. Una de las muchas cosas que he aprendido estando en un país ajeno al mío y viviendo un sueño prestado es a vivir nuestros días siendo positivos, dejando el dolor y la nostalgia a un lado.
Andrea Quijano, Estados Unidos
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