Una historia como tantas

Han pasado más de 7 años desde que pisé el aeropuerto de Fiumicino en Roma. Recuerdo las ansias y las ganas de ver a mi madre después de casi 18 meses. Dejaba en el Perú un trabajo del cual fui despedido de un día a otro con un “hasta acá nomás, compadrito”. Luego de 7 años ahí fue un bocado amargo que me costó digerir, tenía una relación muy problemática y una cadena de trabajos con una fecha de duración muy corta; el dinero era poco y tuve que abandonar la universidad porque nunca me gustó depender de los míos, esto sin contar que la situación de mi familia era bastante precaria. Cuando se habló de la posibilidad de que uno de los miembros de la familia le diera el alcance a mi madre en Roma el primero en apuntarse fue mi hermano mayor, pero por algunos problemas que surgieron al final la posibilidad cayó sobre mí. Partí con un dolor muy grande, pues aunque mi relación era bastante problemática, amaba mucho a esta persona, y dejar a mis hermanos menores era el más grande de todos los sufrimientos, Una vez llegado a Roma, las cosas eran como me las esperaba, pues mi madre me contó lo duro que era ser un inmigrante: llegas a un país en el que el idioma es distinto, y si bien las posibilidades de trabajo son muchas, son empleos que en el Perú muchas veces miramos con desprecio. Recuerdo que cuando encontré a una prima de mi mamá me dijo “jamás traeré a uno de mis hijos, pues acá solo se viene a limpiar los potos y los baños de los italianos”. La cosa no me indigno ni me dio miedo, dentro de mí reí y me dije que el trabajar limpiando casas y traseros de ancianos sería solo el inicio de una nueva vida.
Mi primer trabajo fue como niñero y todo gracias a otra prima de mi mamá que convenció a sus jefes de que yo podía ser un optimo “bambinaio”, y así fue. Tuve la suerte de que la última ley de regularización para inmigrantes ilegales que se hizo en Italia saliera solo 6 meses después de mi llegada. Los padres de Daniele (mi “asistido”, a quien no le limpiaba el trasero pero limpiaba su casa) se ofrecieron a regularizar mi situación. En ese tiempo mi historia de amor terminó, un poco por la lejanía y otro poco porque dicha persona trataba de sacar ventaja del hecho de que estaba lejos y pensaba, como piensan muchos, que llegando a este país yo encontraría el dinero en los árboles, nada más lejos de la realidad. Recuerdo cuando, tratando de economizar, un día me quedé con un pan con mortadela y una lata de Fanta como almuerzo y cena. Al inicio vivía con una familia en un apartamento de una sola habitación donde se comía, se veía televisión y se dormía, pero a pesar de la precariedad en la que me encontraba estaba bien con ellos pues se sentía mucho el calor humano de estas personas y cada domingo que mi madre podía descansar (pues ella trabajaba como doméstica cama adentro) estaba con ella y la llevaba a conocer Roma (pese a que llevaba más tiempo que yo en la ciudad, no la conocía) y sus fabulosos monumentos, los que yo conocí en mis momentos libres en aquel invierno frío del 2002.
Un año y dos meses después de llegar a Roma comencé a frecuentar a un estudiante de medicina que conocí vía Internet. Él se estaba especializando en enfermedades infecciosas y una noche en su automóvil, mientras nos acariciábamos, me dijo que había descubierto unos nódulos que no le gustaban y me pidió hacer un test del VIH, pedido al que no reaccioné bien, pues nunca había hecho una prueba de estas. Decidí hacer la prueba un 14 de febrero y pasé una semana de infierno, una semana donde el único que notó la tristeza en mis ojos fue Daniele (mi asistido). El 21 de febrero del 2003 me enteré que era seropositivo, el mundo se me derrumbaba y no veía ninguna esperanza. La noche anterior una señora polaca se había suicidado arrojándose a los rieles de la metropolitana luego de haber recibido la noticia de que tenía cáncer a los intestinos. La idea de hacer algo similar me pasó por la mente, no sabía a quién llamar ni cómo decírselo a mi madre. ¿Cómo explicárselo a mi novio, a mis hermanos, a aquellos con los que había compartido algo de intimidad? Ahora tendría que cargar un peso más: ser homosexual, ser inmigrante y ahora también ser seropositivo. El médico que me dio la noticia me dijo que no me debía preocupar por nada, que en Italia las medicinas y la atención médica estaban aseguradas para todos, regulares y no regulares, extranjeros e italianos, trabajadores y desocupados. Ese era un gran aliciente para seguir, además de mi familia y las pocas amistades que había logrado hacer en Roma, amistades que con el tiempo se mostraron como tales.
Un año después, en el 2004, conocí a quien se convirtió en mi relación más importante. Al inicio no le comenté nada acerca de mi estado de salud, pero como no se puede tapar el sol con un dedo, en el 2006 se me cayó todo el teatro porque un ataque epiléptico nubló la tranquilidad que había logrado mi familia (con los años mi madre había logro traer a mis hermanos menores y a mi papá, todos por la vía regular). El ataque sobrevino cuando salí a almorzar (trabajaba como asistente y recepcionista en una oficina), aunque yo solo recuerdo que me desperté en el hospital. Mi ex novio y hoy mejor amigo se encargó de que me transfirieran al hospital de enfermedades infecciosas, donde estuve internado por 5 semanas. Fue ahí que se enteró de que por 2 años había estado con un seopositivo. Su reacción ante la noticia no fue la que esperaba: contra lo que yo hubiera imaginado, me abrazó y me dijo que no había nada de qué preocuparse, que lo importante era mi salud. Las 5 semanas que estuve en el hospital no faltó un solo día, llegaba a las tres de la tarde y se iba a las 8 de la noche.
A principios del 2007 conocí a quien fue mi ruina sentimental (¿será que como todo peruano acomplejado tengo una debilidad por los rubios, cuanto más blancos y más rubios mejor?). Perdí la cabeza, me dejé llevar por el corazón. Fue una historia muy linda con un final horrible, después de casi 12 meses decidió dejarme por motivos de trabajo. Y lo hizo apenas con una llamada telefónica justo en la semana que íbamos a comenzar a vivir juntos. Tuve que regalar muebles y entregar la casa que habíamos alquilado pagando una penalidad y él no se presentó ni siquiera a llevarse sus pertenencias. Dicen que el sufrimiento por el final de una relación dura la mitad de lo que duró la relación, pero en mi caso duró por mucho tiempo. Sin embargo, una vez más tomé la situación entre mis manos, me inscribí en un gimnasio, comencé a hacer la terapia para el VIH y mi ex pareja, a pesar de que había comenzado otra relación estando aún con él, se convirtió en mi mejor amigo, tan eso así que ahora estamos más unidos que nunca.
Ahora estoy solo y contento y me pregunto cómo hubiese sido mi vida si no salía del Perú. Probablemente en Lima me contagié de VIH. Pensando en un amigo que falleció allá por falta de dinero para costear sus medicinas pienso en lo afortunado que soy al estar por acá. ¿Cuál hubiese sido mi destino laboral y cuál mi destino sentimental?
En estos 7 años he vivido en este país muchas cosas, como la muerte de Juan Pablo II, la elección de Benedicto XVI y la celebración por la obtención de la Copa del Mundo del 2006, eventos que no hubiese podido vivir en otro lugar. Sin embargo, la nostalgia por mi querida Lima está siempre ahí. Doy gracias a mi madre y a mi familia por quererme y aceptarme como soy, al Perú por ser el país que me vio nacer y que me da tantos motivos para estar orgulloso, a mis amigos, a Italia y sobre todo a Roma, que se ha convertido en mi ciudad, una ciudad que a mi familia y a mí nos ha dado la oportunidad de comenzar otra vez.
E. Rodríguez, Italia
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)