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Yuri Gagarin: viaje a las estrellas

Se cumple medio siglo de la muerte del cosmonauta ruso, cuya odisea espacial influyó en el curso de la Guerra Fría y borró los límites entre la ciencia y la ficción.

Yuri Gagarin

Fascinado por la sensación de liviandad, Yuri Gagarin orbitó el planeta en menos de dos horas, antes de que su cápsula volviera a la Tierra. [Foto: AP]

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Por Gabriel Meseth

“¡Allá vamos!”, bramó Yuri Gagarin a la torre de control. La frase revolucionaría la historia de la exploración galáctica. La madrugada del 12 de abril de 1961, la estepa kazaja del cosmódromo de Baikonur se iluminó con el fogonazo del despegue de la Vostok 3KA-3. La rudimentaria nave estaba compuesta por una estrecha cabina en cuyo interior apenas cabía Gagarin, de 1,57 de altura, y un módulo cónico de propulsión. La misión era precedida por dos programas que evidenciaron la fuerza de la Unión Soviética: el primer satélite artificial en órbita, Sputnik 1, y el viaje de Laika, la perra adoptada de las calles de Moscú, donde las condiciones de supervivencia eran más arduas que en el firmamento.

Fascinado por la sensación de liviandad y las gotas de agua que flotaban en el aire, Gagarin orbitó el planeta en menos de dos horas, antes de que su cápsula volviera a la Tierra y disparara su asiento eyectable a 23 mil pies del suelo. Aterrorizados, unos campesinos de la región de Saratova vieron a Gagarin, embutido en su escafandra naranja y con el casco en forma de pecera, descender en paracaídas. Se presentó ante ellos como un camarada venido del espacio, y solicitó un teléfono para comunicar a Moscú el éxito de su tarea. Yuri Gagarin se había convertido en el primer humano en navegar el cosmos.

De familia obrera, Gagarin vivió una infancia difícil entre las granjas colectivas de la Rusia estalinista y la invasión nazi de Moscú. Herrero y estibador en su primera juventud, se ofreció como cadete de la fuerza aérea. Su resistencia física y aptitudes para la mecánica celeste le permitieron acceder al programa Vostok. Tanto sus superiores como sus pares lo señalarían como el candidato perfecto para la aventura sideral. “El éxito del primer vuelo cósmico despierta en toda la nueva generación de nuestra patria el ímpetu y la valentía”, escribió en sus memorias. “Nuevos hombres volarán al cosmos por rutas inexploradas de la naturaleza y poniéndolas al servicio del hombre y de su bienestar, al servicio de la paz”. Condecorado por Nikita Jrushchov como héroe de la Unión Soviética, Gagarin gatilló con su hazaña la rivalidad tecnológica entre las dos potencias confrontadas durante la Guerra Fría.

                         —El lado oscuro de la Luna—
Que el primer cosmonauta fuera soviético sería un duro golpe para el capitalismo. Tras derrotar al Eje, las naciones victoriosas de la Segunda Guerra Mundial compitieron en la confiscación de misiles suborbitales y el reclutamiento de científicos alemanes que habían desarrollado armas de destrucción masiva para el Tercer Reich.

Cuando la URSS empezó a desarrollar su capacidad nuclear, Estados Unidos perdió el monopolio de la bomba atómica. El surgimiento de dos poderes antagónicos no solo se ceñiría al territorio bélico y la seguridad nacional. Se extendería por todo el sistema solar. Con el lanzamiento de satélites artificiales como nuevas herramientas de espionaje, y con misiones para el sondeo de Marte y Venus, la conquista del espacio se convirtió en una de las más visibles demostraciones de superioridad.

Comisionado en 1957 por el presidente Eisenhower, el proyecto Vanguard se destinó al lanzamiento del primer satélite estadounidense. Pero el cohete no alzó vuelo: fue un fracaso convertido en vergüenza nacional al ser televisado en vivo desde Cabo Cañaveral.

Con Yuri Gagarin convertido de inmediato en una celebridad, la situación ya era inadmisible. Tres semanas después de la órbita del Vostok 3KA-3, Alan Shepard sería el primer astronauta de la NASA en viajar al espacio. Aunque pudo ejercer control sobre su nave, no logró dar la vuelta al planeta.

El rezago de la NASA frente al programa Vostok fue crucial para que el recién electo John F. Kennedy apostase por el programa Apolo para llevar al hombre hasta la Luna. En estricto secreto, la Unión Soviética redirigió todos sus esfuerzos hacia el mismo objetivo. Una carrera librada entre crisis nucleares y que resultaría fatal para ambos bandos, con tragedias como la ocurrida en 1967 durante una sesión de entrenamiento del Apolo 1, cuando un cortocircuito prendió en llamas la cabina oxigenada donde se hallaba toda la tripulación. Aquel mismo año Vladimir Komarov, piloto del Soyuz 1, perdió la vida en el aterrizaje de una nave plagada de desperfectos. Fue el precio a pagar para que Neil Armstrong, al mando del Apolo 11, camine por la Luna para izar las estrellas de la bandera americana ante 600 millones de televidentes.

"Odisea del espacio"

Escena de 2001: "Odisea del espacio". La película de Stanley Kubrick cumple 50 años y fue la que mejor retrató la epopeya espacial de fines de los sesenta.

La carrera espacial determinó el espíritu de la época, y difuminó las fronteras entre la ciencia y la ficción. La colonización del cosmos fue inspiración para, entre otras, la saga Dune (1965), de Frank Herbert, serie seguida con fervor religioso que relata los enfrentamientos entre distintas civilizaciones que se disputan el control de diversos recursos hallados en los planetas más hostiles. El planeta de los simios (1968), con Charlton Heston esclavizado por una banda de primates y escapando para hallar la Estatua de la Libertad derribada a orillas de una playa desierta, servía como metáfora de la pugna ideológica que amenazaba con dominar el mundo.

Pero ninguna película indagaría la exploración del universo como 2001: odisea del espacio (1968), que este mes celebra medio siglo de vida. Punto de quiebre en la filmografía de Stanley Kubrick, 2001 supone la gran explosión creativa de un director obsesivo, involucrado en cada detalle del diseño de las naves, los trajes de astronauta y efectos especiales, como la levitación de un lapicero, que en aquella época tardó varios meses en lograrse. Una liberación de las convenciones narrativas para componer una sinfonía visual de cuatro movimientos en torno a la evolución humana y los misterios del cosmos.

Aunque recibida con malas reseñas —el New York Times le recriminó falta de imaginación—, 2001 se convirtió en éxito gracias a la comunidad hippie que iba a verla bajo la influencia de sustancias psicotrópicas. David Bowie sería uno de sus principales defensores, y su primer hit se inspiraría en la película. Odisea del espacio permanece como un objeto extraño, un enigma irresuelto, como demuestran las múltiples interpretaciones del monolito extraterrestre que viaja por el tiempo. Algunos de los pronósticos que Kubrick aventuró para el futuro siguen alimentando tanto al género fantástico como a la exploración científica, desde el viaje a Júpiter hasta la inteligencia artificial, representada por uno de los grandes villanos del cine: la computadora HAL 9000. Sus imágenes, en sintonía con la música de Strauss o Krzysztof Penderecki, aún conservan una fuerza perturbadora y hechizante.

               —El hombre que cayó a la Tierra—
Odisea del espacio apareció el mismo año de la muerte de Yuri Gagarin. Transformado en estrella, el cosmonauta recorrió todo el mundo, desde Japón a Brasil, para presentarse ante multitudes que ansiaban verlo en carne y hueso. La fama pasó factura; le ocasionó a Gagarin problemas con el alcohol y las mujeres. Cuando su esposa lo encontró con una amante en su habitación de hotel, Gagarin escapó saltando por la ventana. Un aterrizaje más accidentado que el de su misión espacial, que le dejaría una cicatriz en el rostro. Sin embargo, no perdería su vocación de servicio, y aportó su experiencia a los avances del programa Soyuz.

El 27 de marzo de 1968, durante un vuelo de entrenamiento, Gagarin perdió el control de su jet. La nave descendió en espiral hasta estrellarse; los cuerpos de Gagarin y su copiloto quedaron calcinados. Sus cenizas fueron enterradas con los máximos honores en el Kremlin, en una ceremonia presidida por Jrushchov. El accidente despertó una serie de teorías conspirativas, desde el impacto de un pájaro en la turbina hasta una lectura errónea de las condiciones climáticas. No hace mucho que Putin ordenó archivar las pesquisas en torno a la muerte del héroe nacional.

Las plazas públicas en el Bloque del Este se poblaron de estatuas en su honor. Aquella de titanio inaugurada en Moscú, que lo retrata como un superhéroe de Marvel, mide 42 metros. Gagarin apareció en rublos acuñados con su rostro, y en estampillas perseguidas por coleccionistas filatélicos. Su viaje fue relatado en canciones populares, y su pueblo natal rebautizado con su apellido. Un concurrido hotel de El Agustino, cuya fachada ha sido decorada con cúpulas en forma de bulbo como las que sobresalen en la plaza Roja, lleva el mismo nombre.

El bando enemigo también se rendiría ante Yuri Gagarin. Los astronautas del Apolo 11 dejaron una medalla conmemorativa en la superficie de la Luna, mientras que con el Apolo 15 viajaría el monumento al Astronauta Caído, en recuerdo de Gagarin y las víctimas de los programas Apolo y Soyuz. Hundida la potencia soviética tras la lucha encarnizada que lideró Ronald Reagan, la guerra de las galaxias pasó a una fase colaborativa entre los científicos de ambos territorios. Sin ello, no nos preguntaríamos hoy si hay vida en Marte, ni nos hubiéramos imaginado capaces de orbitar el Sol con la misión Parker Solar Probe, programada para este año.

¿Dónde estaríamos ahora si un humilde obrero no se hubiera aventurado a salir de la atmósfera?

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