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El Libertador que esperaba en una vitrina: la insólita historia del monumento a San Martín que Lima rechazó y terminó en Barranco
La escultura pedestre del Libertador, inaugurada originalmente en 1906 en Lima, fue desplazada veinte años después hasta el distrito de Barranco tras ser considerada derrotista y fúnebre. Su historia revela una serie de tensiones políticas y estéticas que definieron el paisaje urbano del centro histórico y el balneario.
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Resumen
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El monumento al general San Martín, en su primera ubicación en la entonces llamada avenida 9 de Diciembre, a pocos metros de la actual plaza Grau. Inicios del siglo XX.
En plena intersección entre la historia del arte y la política limeña, se erige un interesante fenómeno: las esculturas de la diáspora. Un proceso en el que monumentos, originalmente pensados para ser colocados en los espacios más prestigiosos de la capital, terminan desplazados hacia la periferia, sea por decisiones políticas, cambios en el gusto estético o pintorescas anécdotas. Uno de los casos más emblemáticos resulta, sin duda, el monumento al general José de San Martín, hoy ubicado en Barranco, en el cruce de la avenida homónima y el Bulevar Sáenz Peña.
En plena intersección entre la historia del arte y la política limeña, se erige un interesante fenómeno: las esculturas de la diáspora. Un proceso en el que monumentos, originalmente pensados para ser colocados en los espacios más prestigiosos de la capital, terminan desplazados hacia la periferia, sea por decisiones políticas, cambios en el gusto estético o pintorescas anécdotas. Uno de los casos más emblemáticos resulta, sin duda, el monumento al general José de San Martín, hoy ubicado en Barranco, en el cruce de la avenida homónima y el Bulevar Sáenz Peña.
La historia de esta pieza de mármol de Carrara inicia mucho antes de su inauguración. En 1892, el gobierno nacional convocó un concurso para erigir el primer monumento al Libertador en la capital. Aunque la propuesta de los escultores Silvio Nicoli y Lorenzo Roselló resultó la ganadora, la falta de presupuesto y de voluntad política mantuvo el proyecto en el limbo hasta 1906. Era una situación surrealista: mientras las autoridades discutían cómo honrar al prócer, la escultura terminada esperaba por su pedestal en la vitrina de la tienda de mármoles de Roselló, quien llevó la escultura a término a la muerte de su maestro Nicoli. Una fotografía de la época captura tal ironía: tras el cristal, la figura del Santo de la Espada esperaba mejores tiempos bajo un cartel que rezaba: “Aquí está el Libertador y su monumento que espera a ser construido”.
Vista del taller y marmolería de Pedro Roselló, ubicado en la antigua calle Baquíjano (hoy Jirón de la Unión), en 1905.
Un libertador incomprendido
Solo la intervención del coronel Lorenzo Pérez Roca permitió que la obra finalmente fuera instalada en la entonces avenida 9 de diciembre, a pocos metros de la actual Plaza Grau. Sin embargo, la alegría tras el generoso aporte duró poco. Al año siguiente de su instalación, tanto en el gobierno central como en la comuna limeña se manifestaba el deseo de reemplazar el monumento por una figura ecuestre, más acorde a la grandiosidad militar que esperaban las autoridades. Como nos explica el historiador de arte Omar Esquivel, el San Martín de Roselló despertaba suspicacias: el monumento original presentaba un obelisco tras la figura del general, coronado por una imponente imagen de la Victoria. Para los críticos de la época, esta composición remitía a la estética funeraria reproducida por decenas en los túmulos del Cementerio Presbítero Maestro. El obelisco, aunque desde los tiempos del arte egipcio era símbolo de grandiosidad y de victoria sobre la muerte, les parecía a los políticos más un mausoleo que un monumento cívico. Tal interpretación tildó a la obra de “derrotista”, y bajo esta creencia, el monumento fue sentenciado al exilio.
Marcha en paseo Colón durante las celebraciones de la jura de la bandera, en 1906.
Cuando las autoridades anuncian que la escultura podría ser donada a otra ciudad, reaccionaron los municipios de Huaura y Pisco, ligados históricamente a la expedición libertadora. También el entonces floreciente balneario de Barranco quería el monumento. Y se desató el debate sobre qué localidad debía ser la elegida. ¿Por qué se eligió finalmente este último? Para el historiador e investigador de Prolima, la respuesta radica en los vínculos políticos de Augusto B. Leguía y su “Patria Nueva”. El alcalde barranquino de entonces, Enrique de las Casas, era un aliado cercano del presidente. Asimismo, Leguía soñaba con un proyecto modernizador para el balneario: quería dotarlo con una fisonomía de ciudad, transformando sus campiñas en un entorno urbano similar a lo que se gestaba en la urbanización Santa Beatriz. Así, colocar el monumento a San Martín en Barranco era un gesto de prestigio para el distrito además de un favor político.
El que se fue a Barranco
Al decidirse su traslado al floreciente distrito de Barranco, la obra sufrió una mutilación tanto física como simbólica. Como explica Esquivel, el conjunto fue dividido en dos: la estatua de San Martín fue destinada al distrito balneario, mientras que la Victoria en lo alto del monumento fue resignificada como parte de otro conjunto escultórico, dedicado este a los combatientes de la batalla de Ayacucho, inaugurado en 1924. Esta última pieza, ubicada en una pequeña plaza de la avenida Grau, desapareció tras el terremoto de 1940. Nadie conoce su paradero.
Retrato del coronel Lorenzo Pérez Roca, quien donó el dinero para la construcción del monumento. Foto de Emilio Garreaud.
Mientras tanto, el San Martín que llegó a Barranco debió ser adaptado. Si uno observa con atención el actual monumento, notará que la punta del obelisco está truncada, pues se fabricó un ápice artificial para que la estructura no luciera incompleta.
Ceremonia de inauguración
Como lo publica el Diario “El Comercio” en su edición del 24 de enero de 1926, Barranco se vistió de gala para la reinauguración del monumento a San Martín, todo un evento de Estado que contó con la presencia de Leguía, del alcalde de Lima, Sr. Andrés F. Dasso, del ministro argentino Roberto Levillier, del alcalde barranquino De las Casas y del párroco del distrito, Santiago Bota, entre otras autoridades. El discurso del alcalde fue una pieza de oratoria clásica, calificando a San Martín como “ínclito, noble y digno guerrero en una época de titanes. Sublime en su sacrificio; incomparable en sus actitudes, ha conquistado la veneración del mundo y la admiración de la historia”. El burgomaestre no ahorraba en retórica neoclásica: “El recuerdo de su majestuosidad al pasar del tiempo y de las edades, perdura inextinguible y agigantado, cual el azular del cielo a través del abrillantar lácteo”, afirmaba, antes de agradecer al “patriota señor presidente” la instalación del monumento a pocos metros del mar.
Leguía, por su parte, aprovechó el acto para vincular su gestión con la rectificación de los errores del pasado. “Mi gestión política se ha encaminado a laborar porque se prolongue en el presente el esplendor que nos viene del pretérito, y a enmendar, a la vez, el error de los hombres de ayer”, una referencia velada a los políticos en el trance con la Guerra con Chile, país con el que se esperaba sostener un plebiscito para la recuperación de Tacna y Arica, por lo que este acto tuvo también un fuerte tinte patriótico. Esa mañana se condecoró a doña Eloísa de Liendo, tacneña cuyo civismo era símbolo de la resistencia peruana. Muestra de su fanático civismo, destacaba el diario, era por ejemplo la prohibición a sus hijos de ir a las iglesias regentadas por curas chilenos “porque el Dios de ellos, no estaba sino en los altares del Perú”, declaró al cronista.
Luego, el presidente acompañado del alcalde y de sus ministros y edecanes descendió de la tribuna oficial y, cogiendo el cordón bicolor, descorrió el velo que cubría el monumento. En este instante, la banda militar ejecutó el himno nacional. Terminada la actuación, las tropas y las comisiones enviadas por las entidades públicas desfilaron ante el presidente. La delegación oficial se dirigió entonces al Casino de Barranco, donde ya estaba dispuesto el almuerzo en honor del jefe del Estado.
Además…
El patrimonio en cinco tomos
Cinco años de restauración de esculturas del centro de Lima se desarrollan en la serie “Monumentos en el Bicentenario” publicado por Prolima.
La historia del monumento de San Martín, reubicado hace 100 años en Barranco, así como de otros 56 monumentos ha sido rescatada gracias a la serie “Monumentos en el Bicentenario”, notable emprendimiento editorial realizado por Prolima. A través de cinco tomos, un equipo de jóvenes historiadores del arte, rastreando en los archivos municipales, de la Beneficencia, del Archivo General de la Nación y de publicaciones de época como “El Comercio”, “Mundial” o “Variedades”, han logrado complementar los trabajos de restauración ya concluidos con la redacción de una historia igualmente monumental.
Efigie de San Martín en el monumento ubicado en el cruce de la avenida San Martín con el paseo Sáenz Peña.
El proyecto de investigación partió de los informes técnicos, ricos en información inédita de los expedientes de cada escultura preparada para su restauración física durante los cinco años del proyecto, de 2020 al 2024. Son alrededor de 70 artículos, acompañados por fotografías que muestran las esculturas en todos sus detalles, a cargo de los especialistas Omar Esquivel, Betsalí Curi, Herbert Bernilla, Max Espinal y Tania Pérez Díaz. Sus ensayos divulgatorios nos permiten entender una historia que va más allá del monumento. Se trata, más bien, de piezas móviles en un tablero de ajedrez urbano, estético y político.