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"Calígula": nuestra crítica a la puesta de Jorge Villanueva

Con un elenco plausible por la calidad y experiencia de sus componentes, esta versión no deja de ser espectacular

Calígula

Marcello Rivera, Kathy Serrano y Juan Carlos Pastor (Foto: El Comercio)

Es sintomático que se ponga hoy en tablas peruanas lo que fue escrito en 1941, en medio de una Europa abrumada por el nazismo, que iba destruyendo las instituciones democráticas para imponer su visión única, con el apoyo tácito de una burguesía insensible y convenida. Sintomático y pertinente, dado un Congreso tan de circo romano, como el de ahora, con una mayoría deplorable.

Una escenografía parca y a la vez sacra. Un altar/cama/sarcófago de tonalidades metálicas en medio del escenario de colores similares como la estructura posterior, que servirá de pantalla y compuerta hacia otra dimensión.

Calígula (Marcello Rivera) quiere la luna como un pierrot malévolo y desolado, compensación absurda por la pérdida de su idolatrada e incestuosa hermana Drusila (Fiorella Díaz). Se ha perdido por los recovecos de Roma y los corredores de su palacio, la corte alborotada lo busca por razones de Estado, sabiendo que si lo encuentra será para seguir sufriendo sus maldades; a causa de ello se inicia el complot para su ajusticiamiento por crímenes producidos sin motivo alguno, simplemente porque el emperador lo puede y porque quiere llegar al límite de su poder, pues ya no cree ni en los dioses del Olimpo, ni en el hombre; está aburrido y en vez de bostezar, mata. Su narcisismo se desborda inconteniblemente, pero desea que lo quieran cada vez menos; la monstruosidad de Calígula es mal equilibrada por su última esposa Cesonia (Kathy Serrano), que si bien lo "ama" lo secunda en sus adulterios y crímenes, y por Escipión (Juan Carlos Pastor), huérfano a causa de la maldad de su amigo el emperador; solo él y Quereas (Carlos Victoria), patricio y tribuno, se dignan a decirle las cosas en su cara.

"Calígula es la historia de un suicidio superior", comenta el escritor de la pieza, Albert Camus, el mismo que sorprendió al mundo académico en su libro "El mito de Sísifo" con su ahora trillada frase "No hay más que un problema filosófico realmente serio, y ese es el suicidio".

Con un elenco plausible por la calidad y experiencia de sus componentes, la puesta de Ópalo dirigida por Jorge Villanueva le dona al público limeño una versión completa del texto del premio Nobel que, sin dejar de ser espectacular, definitivamente da que pensar. La performance corporal del protagonista es intensa y polifacética: Infarinato se contorsionará como una virgen venérea semidesnuda a cambio de óbolos obligatorios, haciéndose adorar por sus escandalizados y asustados súbditos. Rivera nuclea un espectáculo bien articulado que, de acelerar el 'timing' coreográfico, contribuiría a contener la atención del espectador.

"El hombre muere y no es feliz" es el 'leitmotiv', la frase de fondo en torno a la cual gira la pieza, es un problema existencial, político y ético ineludible. La obra no tiene respuestas, solo pretende recordarlo.

DATO
Drama: Albert Camus.
Dirección: Jorge Villanueva Bustíos.
Actúan: Marcello Rivera, Kathy Serrano, Carlos Victoria, Pold Gastello, Ismael Contreras y otros.
Hasta el 10 de junio en el Auditorio ICPNA Miraflores (Avenida Angamos Oeste 120). Entradas en Atrápalo.


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