Resumen

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De izquierda a derecha:  Miguel Iza (padre), Ebelin Ortiz (madrastra), Amaranta Kun (hermanastra mayor), Sergio Llusera (rey), Tania López Bravo (Cenicienta), Manuel Gold (príncipe/hada) y Lilian Schiappa-Pietra (hermanastra menor). A los extremos los guardaespaldas del rey.
De izquierda a derecha: Miguel Iza (padre), Ebelin Ortiz (madrastra), Amaranta Kun (hermanastra mayor), Sergio Llusera (rey), Tania López Bravo (Cenicienta), Manuel Gold (príncipe/hada) y Lilian Schiappa-Pietra (hermanastra menor). A los extremos los guardaespaldas del rey.
/ Anthony Niño de Guzmán/ El Comercio
Por Diana Mery Quiroz Galvan

Las palabras tienen el poder de destruir y de sanar. Pero ¿qué pasa cuando estas se tergiversan? En la versión contemporánea de “La Cenicienta” escrita por Joël Pommerat, la historia parte de un malentendido y de un hecho que casi no es tomado en cuenta por el relato de los hermanos Grimm. Cecilia, el personaje principal, cree escuchar a su madre enferma hacerle un último pedido que jura cumplir. Desde entonces aquella promesa se convierte en el constante recuerdo de un doloroso momento y en el mayor impedimento para que la jovencísima muchacha, como es llamada en la obra, continúe con el normal desarrollo de su vida. El director Gilbert Rouvière comenta al respecto que “en esta versión hay zonas oscuras que no se han tocado antes. Ahonda en la aceptación del duelo y trabaja mucho sobre el inconsciente. Pero no es una obra de teatro triste por hablar de la muerte, sino que la vemos como un evento inmenso que pasa en la vida todas las personas y los intentos por sobrellevarlo. Tiene mucha alegría y humor”.