La idea del transporte sostenible aspira a una movilidad segura, eficiente y con el menor impacto ambiental posible. Es decir, todo lo contrario a lo que vivimos en Lima, cuyo transporte se caracteriza por su inseguridad, congestión, contaminación e improvisación. Hay algo fundamental que subyace a este problema y es que quienes vivimos en Lima sentimos un gran recelo a sentir la ciudad como nuestra.
No hemos sabido apropiarnos de los espacios públicos y hemos dejado que gestiones municipales ineptas normalicen la idea de que la ciudad es un espacio de tránsito, solo para verse. Que las plazas solo se deben contemplar y los parques deben mantenerse enrejados. Prohibido jugar, prohibido hacer deportes, prohibido marchar. Una ciudad que no es nuestra no nos invita a vivirla y, si no buscamos vivirla, solo nos interesará movernos en ella lo más rápido posible y nada es más rápido que nuestro propio auto. Sin embargo, hemos sido presas de la tragedia del terreno común y el espacio público, un recurso limitado, que ha sido sobreexplotado por los autos hasta llevarnos al colapso. Es un escenario que parece no tener solución.
Una ciudad con transporte sostenible es aquella donde todo queda cerca y a todo podemos llegar caminando; es lo que se denomina la ciudad de los 15 minutos. Sin embargo, las dinámicas urbanas son presas de un proceso ineludible: la centralización. Este mecanismo funciona como una fuerza entrópica que se produce espontáneamente, a partir de las dinámicas individuales de la misma gente. Sin planificación, dejados al libre albedrío del mercado, las ciudades tienden a acumular sus bienes y servicios en algunos núcleos y a precarizar las periferias.
Es común pensar que el transporte masivo es la única solución y, efectivamente, hay ciertos servicios que, por su naturaleza y especificidad, no pueden replicarse, como un aeropuerto, un hospital especializado, una universidad. Para ellos es inevitable contar con transporte masivo, seguro, eficiente y ecológico. Pero hay algo más trascendental, y es justamente lo que mueve a las personas a diario: el trabajo, el hospital de primer nivel, la escuela, el instituto, la comisaría, el banco, el mercado, las oficinas de atención de los servicios públicos, los espacios de ocio, cultura y esparcimiento. Todos estos servicios necesitan estar lo menos centralizados posibles porque es lo que nos mueve la mayor parte del tiempo. Es lo que nos hace sentir como propia nuestra ciudad y dejar de verla como un espacio de tránsito.
¿Qué alternativa tenemos? Elijamos a gente preparada para gestionar la ciudad. Apostemos por quienes prioricen al ciudadano antes que a la obra. Por quien apuesta por las áreas verdes abiertas antes que el cemento enrejado. Esa es la solución.
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