El Gobierno Federal de Australia acaba de sorprender al mundo prohibiendo expresamente que los menores de 16 años puedan tener cuentas en redes sociales como TikTok, Snapchat, You Tube, Instagram, Facebook, X y otras. Esta medida entrará en vigencia el próximo 10 de diciembre, pero la lista de redes sociales incluidas en la prohibición podría ir ampliándose en el tiempo.
La idea no es perseguir al usuario menor de edad –no es que vaya a haber un área de la policía buscando adolescentes infractores–, sino más bien trasladarle a las empresas propietarias de esas redes sociales la responsabilidad de implementar mecanismos de exclusión efectivos, a riesgo de pagar multas de hasta US$33 millones si no lo logran.
La ministra de Comunicaciones australiana, Anika Wells, ha dicho que con esto su gobierno busca enfrentar de lleno problemas como el ciberbullying (que las redes sociales facilitan que ocurra las 24 horas al día, los siete días de la semana), el acceso a contenidos inapropiados para menores de edad y la exposición a depravados sexuales.
El psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt, que ha sido en estos últimos años el principal proponente a escala global de esta prohibición, celebró la medida y señaló que es lo más gravitante que ha ocurrido hasta hoy para combatir lo que él considera una epidemia de salud mental en los jóvenes, que se explica en buena medida por el efecto de las redes sociales.
Haidt afirma en su libro “The Anxious Generation” que las redes sociales básicamente han redefinido la interacción social en la niñez y la adolescencia, desplazando el contacto personal e incrementando masivamente los índices de ansiedad, depresión y autolesión, particularmente en las niñas.
Aunque algunos científicos disputan la magnitud del problema, existe una creciente preocupación en torno a cómo los algoritmos de las redes sociales –que responden a intereses comerciales– y la búsqueda permanente de validación ajena en la forma de ‘likes’, influyen en la construcción de la autoestima.
Terry Flew, codirector del Centre for AI, Trust and Governance de la Universidad de Sydney, confía en que lo hecho por Australia generará un efecto dominó en el mundo. Si para cumplir con esta nueva regulación, las empresas demuestran que sí pueden implementar mecanismos de exclusión de menores de edad efectivos (como ya está haciendo Meta en anticipación a su entrada en vigencia), pues otros gobiernos les van a exigir lo mismo.
Otros especialistas, como Nicholas Carah del Centre for Digital Cultures and Societies de la Universidad de Queensland, piensan que los adolescentes van a encontrar formas de sortear la prohibición porque, en el fondo, les ha tocado vivir una época en la que no puede estar uno al margen de la interacción virtual. Es en las redes sociales, más que en la interacción personal, donde encuentran sentido de comunidad.
Carah piensa, en esa línea, que en lugar de prohibir el acceso lo que debería hacerse es motivar una conversación, en la que se escuchen las voces de los propios adolescentes sobre cómo imaginamos redes sociales desprovistas de todo lo malo que hoy encontramos en ellas. Unicef Australia, en tanto, afirma que dilatar el acceso a las redes sociales está lejos de ser una medida suficiente si no se trabaja en mejorar los mecanismos de seguridad en aquellas para cualquier usuario.
Esta es una discusión que, debo confesar, me desafía como padre pero también como ciudadano. Sé por mi propia experiencia lo despiadadas que pueden ser las redes sociales con una persona, particularmente alguien tan vulnerable como un adolescente. Y sé también por mi trabajo, cómo estas inyectan combustible al fuego del tribalismo, la polarización y la posverdad, carcomiendo las democracias.
Creo que ha llegado el momento de que las empresas propietarias de las redes sociales se hagan responsables de todo lo que están ocasionando.
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