
Escucha la noticia
Como una caja de chocolates
Resumen generado por Inteligencia Artificial
Accede a esta función exclusiva
Resume las noticias y mantente informado sin interrupciones.
Esta semana se cerró la nómina de los postulantes a la Presidencia de la República que competirán en los comicios del próximo año. Como consecuencia de alguna tacha, tal o cual nombre podría ser retirado más adelante de la lista, pero ninguno agregado. Hablamos, pues, de un universo de ofertas electorales vasto – porque, con todo, es difícil que acabemos con menos de 35 candidatos -, pero al mismo tiempo acotado. Un dilatado estuche desde el que los aspirantes a ceñirse la banda embrujada nos dispensarán mohines y guiños coquetos hasta el día en que debamos acudir a las urnas. Esa circunstancia trae a la memoria una imagen y una máxima sugeridas originalmente en la película “Forrest Gump”, que Tom Hanks protagonizó allá por 1994. En ella, el personaje principal, un norteamericano de mediana edad con leves problemas de retraso mental, le comenta a una extraña que su madre siempre decía que la vida es como una caja de chocolates. “Nunca sabes lo que te va a tocar”, añade. Y la verdad es que las semejanzas de lo expresado en esa sentencia con la situación que enfrentamos los peruanos al inicio de cada campaña electoral son pasmosas.

Los chocolates de una caja se presentan a nuestros ojos tratando de seducirnos con sus formas y envolturas, con las promesas de sabores soñados que consignan sus etiquetas… Pero ya se sabe que todo eso es un engaño. Uno puede llevarse a la boca un bombón que se anuncia como de pura vainilla, y descubrir luego que escondía dosis atosigantes de pistacho. O probar otro que se promociona como de una dulzura sin coartadas, para finalmente revelar un indiscutible talante “bitter”. Pues bien, en esta pequeña columna tenemos la impresión de que la experiencia por la que pasamos los ciudadanos de este melancólico rincón del planeta cada cinco años no es muy distinta.
–Chunchulí de lagarto–
Los peruanos podemos, en efecto, inclinarnos un día por cierto candidato que se vende como sano y sagrado, para más tarde caer en la cuenta de que venía relleno de licor. O quizás por otro que se proclama con gusto a potencia mundial y sin embargo termina dejando una resaca a tocino rancio en el paladar. Es decir, antes de votar, solemos pasear una mirada escéptica o golosa por la confitera donde ellos se exhiben, pero en realidad, nunca sabemos lo que nos va a tocar. Si no se tratase de personajes de ficción, uno se sentiría tentado a pensar que la señora Gump anduvo de observadora internacional en algún proceso electoral nuestro antes de acuñar su famosa máxima y transmitírsela a su hijo.
En cualquier caso, la figura evocada es útil para describir el trance de incertidumbre en el que nos encontraremos muy pronto los votantes. Pasadas las fiestas, treintaitantos individuos librarán una lucha sin cuartel por captar nuestra atención y nuestra preferencia, envolviéndose en platinas que habría que sospechar emparentadas con la minería ilegal. Podremos revisar etiquetas y hacernos ideas – ilusiones, más bien – sobre lo que viene adentro, pero la experiencia enseña que nada nos prepara para el desenlace habitualmente ingrato que nos aguarda al final del trabajoso ejercicio. Esto es, para el momento en el que la golosina que imaginamos de fino cacao y corazón de frambuesa desnuda su auténtica entraña de chunchulí de lagarto o pajarraco de rapiña. Un momento que llega más temprano que tarde en los periodos de gobierno y que, en honor a la verdad, revela siempre a la postre un mismo gusto, inconfundible e indigesto. Terrible ironía en un país que se jacta de ofrecerle al mundo los sabores más exquisitos y singulares.

:quality(75)/s3.amazonaws.com/arc-authors/elcomercio/576ce1cb-163a-44d7-be53-f15033a7c944.png)









