Los aeropuertos

Foto: Rolly Reyna / Archivo
Era una tarde de agosto de los comienzos de la década del 90 y el país todavía sentía la resaca de los 80. Yo tenía 17 años y creo que era la primera vez que pisaba un aeropuerto, en este caso el Jorge Chávez. Recuerdo muy bien esos momentos como si todo estuviera en cámara lenta. Había lágrimas, rostros entristecidos y se escuchaban sollozos mezclados con buenos deseos. No, no era yo el que partía del Perú, el que se iba era mi padre. Junto con mi madre y mis hermanas lo vimos partir. Al tercer llamado, caminó rumbo a aquella puerta, nos dio una última mirada y la cruzó. Ya no lo pudimos ver, era como un truco de magia, de pronto la persona que tienes al lado desaparece. Se nos quebró el corazón, y en mi cabeza resonaba aquella frase que él repetía los días previos: “es para nuestra mejoría”, aunque en aquellos momentos no le encontraba sentido. Esa escena en el aeropuerto quedó marcada en mí, sin imaginar que se volvería un “deja vú” con el paso de los años.
Él la sufrió como todo inmigrante en Estados Unidos. A pesar de tener parientes allá, la tristeza de dejar a su familia lo envolvía y la soledad se apoderaba de él. Me imagino que habrá querido volver una y mil veces, pero algo se lo impedía: el tratar de darle a sus hijos las oportunidades que no tuvo o las que quizás no supo aprovechar en su juventud vivida en un barrio movido de La Victoria, donde yo también crecí.
Siempre decía que la educación era lo mejor que me podía dejar. “Siempre estaré para apoyarte”, escuchaba. Al año, ingresé a San Marcos, donde pude apreciar realidades muy distintas. Yo era uno de los afortunados que solo tenía que estudiar sin la necesidad de trabajar para mantenerse. Ante esa oportunidad que no todos tienen solo quedaba aprovecharla. Llegó el día de mi graduación y lamentablemente mi padre no pudo estar, me refiero físicamente, porque en realidad lo estaba en cada momento.
Luego nuevamente el aeropuerto, primero a despedir a mi hermana Claudia que se unía a mi padre y, después, a mi hermana Johana. Parecía que todo estaba destinado para que nos uniéramos en la tierra del Tío Sam. Sin embargo, el mundo da vueltas y Europa me abrió los brazos para desarrollar mi profesión.
Esta vez era mi turno. Nuevamente el Jorge Chávez, otra vez la cámara lenta. Ahora me despedía mi madre queriendo hacerse la fuerte sin poder lograrlo. “Te voy a llevar de paseo a Europa”, le dije para consolarla, sin ningún resultado por supuesto, pero igual se cobró la promesa.
Era el aeropuerto de Schiphol en Holanda. Habían transcurrido dos años y allí estaba esperándola. Ya el avión había aterrizado hacía una hora, todos los pasajeros salían menos ella. Preocupado y con un ramo de flores en las manos, pensaba que algo había ocurrido. En esos momentos se te cruza todo lo inimaginable por la mente, hasta que la vi aparecer. Se le veía nerviosa, no sé cómo hizo para explicar sin una pizca de inglés a los de la aduana que las hojas de plátano que llevaba eran para hacer los tamales favoritos de su hijo, y que esa botella conteniendo un líquido amarillo radiactivo es la bebida gasificada más popular del Perú. Me cuenta que después de probar la Inca Kola la dejaron pasar. Apenas me vio, me dio el abrazo más fuerte que una madre le puede dar a un hijo.
Sé que la vida que llevo en Europa, en términos de lo que pueda extrañar, de lo que he dejado en Perú, del tipo de trabajo que realizo, no se compara con lo que mi padre tuvo que vivir. Es muy diferente llegar como profesional que llegar a buscar un trabajo no calificado. Aquí he conocido varios peruanos haciendo todo tipo de trabajo y en cada uno de ellos veo a mi padre sacrificándose por sus hijos.
Llegado el momento, luego de 10 años de separación, nos vimos en otro aeropuerto, esta vez era el Douglas en Charlotte, North Carolina.
-Has sacado cuerpo-, me dijo,
-Tú también-, le respondí tocándole su barriga, lo que no evitó un muy esperado y sentido abrazo. Fue uno de los días más felices de mi vida.
Orlando Yañez, Reino Unido
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